sábado, 30 de agosto de 2014

Capítulo II - Terror en Whitby

El aire marino perfumaba de sal todos los jardines solitarios de Whitby. Y ante los ojos de cualquier persona, aquello era romántico y hermoso, la suave bruma nocturna atravesando los arbustos y las flores resplandeciendo de blanco y rosa a la luz de la luna, pero para Johnny y para Kate no lo eran.
Para aquellos niños los jardines de Whitby por la noche eran tenebrosos campos de desolación. Un asesino brutal andaba suelto, un hombre que venía de Londres y había asesinado a la señora Westenra y a su hija Lucy, en su propia casa del Crescent.
Los niños temían encontrarse con el cadáver de la señorita Westenra en cualquier momento.
Eran huérfanos, nadie daba nada por ellos. Los niños pasaban las noches en los parques, y en el bosque, como animales. Mientras, la gente toda no se atrevía a salir, no desde que se supo que los asesinatos habían llegado a Whitby.
Tenía que ser un mismo hombre, el de Whitby y el asesino de Londres. Todo el mundo decía eso, aunque los niños pensaban que era imposible que el asesino hubiera matado en Londres y luego allí en una misma noche.
De todas maneras, si tenían razón, nadie los oiría; pensaran lo que pensaran nadie los tomaría en cuenta.
Hambrientos recorrían el campo cerca del cementerio, que no estaba muy lejos del puerto… ni de la villa Hillingham. Pero ya estaban muy cansados como para seguir deambulando y alejarse de allí.
La noche estaba clara, el cementerio apacible descansaba bajo un tenue brillo blanco. Se podía ver con claridad por todo alrededor.
Johnny y su hermana pasarían allí la noche, y si tenían suerte, al día siguiente alguien les daría algo de comer. Así que con una sonrisa en el rostro, los dos niños se durmieron.
Ya el hambre no les causaba dolor, ni insomnio, ni nada. Sus pequeños estómagos estaban acostumbrados.
Así era como la ilusión infantil y el espíritu de la infancia los hacía sobrevivir.
La niebla lo cubrió todo, como tela rasgada atravesaba el cementerio y bañaba el mundo de blanco fantasmal. El frío era insoportable.
Pero esa noche una persona se apiadó de aquellos dos huérfanos, una señora vestida de traje largo y bordado, muy elegante. Deambulaba por el cementerio sola y triste, llorando la muerte de su madre; eran tan tristes sus lamentos que en las casas aledañas se llegó a oír su voz.
Los niños abrieron los ojos y vieron la figura allí parada frente a ellos. Era muy hermosa la joven señora.
-¿Por qué llora, señora?- la niña enseguida notó los ojos de la mujer, y los lamentos la habían despertado.
-Perdí a mi madre- sollozó la mujer.
-Lo lamento mucho. Sabe, nosotros también perdimos a nuestra madre… ya ni recuerdo su rostro- le contó la niña.
La mujer se apiadó de las criaturas y soltó un lamento de tristeza.
Los dos niños se levantaron del banco, muy contentos de encontrarse con un ángel como aquel. La señora le tomó sus rostros con las manos, muy frías manos, y les sonrió.
-Están solos y pasando hambre- dijo con pena. Luego hubo una pausa, y el rostro de la mujer comenzó a cambiar, ya no era tan dulce ni triste –Mis niños queridos…-
Las manos de la mujer dejaron de acariciar los rostros de los niños, ahora, y con inusual velocidad, los habían agarrado con fuerza por el cuello:
-Pero yo voy a hacer que ya no sufran más- fue lo que dijo.



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Al día siguiente la comunidad de Whitby se despertó en medio del pánico.
Cerca del cementerio estaban los cadáveres de dos niños huérfanos, tirados como basura y sin una gota de sangre en sus cuerpos ni en los alrededores. El crimen compartía las mismas características del de la casa del Crescent, con la particularidad de que esa noche varios testigos afirmaban haber oído los lamentos de una mujer recorrer los campos y el cementerio.
La gente aterrorizada esparció el rumor de un fantasma que se lamentaba por la noche, y las muertes debían ser culpa de ese fantasma. Lo que había matado a los niños, también había matado a la señora Westenra. Ahora la gente del lugar no dudaba.
El monstruo estaba allí.

Capítulo I - Amante Nocturno



El viento hacía golpear la lluvia fuertemente contra el cristal esa noche mágica. Mina abrió los ojos y el resplandor de la mañana ya se colaba por entre las cortinas.
Él no se movía, y tampoco podía sentir ella ninguna clase de movimiento en su pecho. Él era extraño, lo abrazaba muy fuerte y aun así no podía sentir los latidos de su corazón. A veces parecía que no latía nada en él.
¿Estaba dormido? No lo sabía, ella despertó de un profundo sueño, pero él seguía allí igual, acunándola en sus brazos, y tal vez sin dormir en toda la noche.
Nunca parecía cansado. Alexander no parecía cansarse con nada, no sudaba, y a pesar de toda la pasión que pudiera sentir, no se sonrojaba nunca tampoco.
El sol pronto nacería en su totalidad, dándole un poco de luz a la oscura y nebulosa Londres.
Entonces sintió que Alexander se movía.
Ella se levanta y le sonríe, y él le besa con suavidad su frente, y se despide.
Parecía apurado por alguna extraña razón. Aquella despedida era muy a su pesar, pero Mina no se sorprendió de eso, simplemente lo dejó ir, y no supo cómo ni cuándo, pero, como en una exhalación, Alexander Grayson desaparecía de su vista.
Como siempre lo hacía.
Ese día fue era como estar en un sueño, Mina Murray no sabía si en realidad había sido todo un sueño. No era la primera vez que soñaba con el misterioso Americano…
Pero sacudía esos pensamientos, se negaba a aceptar que su cuerpo le decía que fue real, muy real. Así sonara imposible.
Había ocurrido después de la gran tragedia que sacudió Londres, pero Alexander no había muerto, Alexander volvió a ella y supo que era a él a quien amaba profundamente.
Sin embargo una nueva tragedia llegó a Mina apenas regresa a casa, humedecida por la molesta llovizna matinal. La señora Westenra había muerto, y su buena amiga Lucy había desaparecido. Y no bastando con eso, también hallaron muerta a Lady Jayne Weterby. Aquella noticia sacudió su mundo y a todo Londres, puesto que los asesinatos fueron realmente espantosos.
Mina no odiaba a Lucy, ella la había perdonado, y ante aquella noticia llora desconsolada, y todos sus sueños se desvanecen ante la cruel realidad.
La señora Westenra había aparecido asesinada en su casa de Whitby, y mucho se temía que Lucy hubiera corrido la misma suerte, pero su cuerpo estaba desaparecido.
-Mucho me temo, señorita Murray, que horrendas tragedias vendrán a nuestras vidas- el doctor Van Helsing se había aparecido esa mañana en el consultorio con rostro demacrado y pálido. Su voz temblaba. Encontró a la señorita Murray allí sola y desconsolada por la noticia.
-¿Qué habrá sido de mi querida Lucy? ¡Qué horrible tragedia!- exclamó la atormentada chica.
-Señorita Murray- Van Helsing la tomó por un brazo, con demasiada firmeza. Mina nunca había visto al doctor con tal angustia como aquel día –Hay un monstruo en Londres-
-¿Un monstruo?- susurró Mina con un estremecimiento -Doctor ¿Será el hombre que mató a la señora Westenra y a Lady Jayne?-
-Sí- contestó Van Helsing.
-Pero... ¿Cómo puede estar tan seguro?-
-Lo sé, señorita. Y lo sabe su prometido Jonathan-
Mina reaccionó apartándose de Van Helsing, y zafándose de su mano.
-Jonathan no es mi prometido. Terminamos hace tiempo- replicó disimulando su enojo –Y le pido por favor que no confíe en él-
-Discúlpeme- rectificó el doctor, pero luego fue al grano –Escuche, la cuestión es que hay que cuidarse de ese hombre que está detrás de esos asesinatos- prosiguió sin dar muchos detalles. Mina meneaba la cabeza –Escuche lo que le digo. Y dígaselo a su padre también-
-Tal vez Alexander Grayson sepa algo…- Mina pensó enseguida en su salvador y su corazón dio un vuelco de amor.
-NO- Van Helsing dio un salto, pero luego recuperó la compostura- No, ese hombre tampoco debe acercarse a nosotros-
-¿Qué dice, doctor? El señor Grayson…- acalorada Mina no entendía la actitud de Van Helsing.
-Señorita Murray, no debe acercase a ese tal "Grayson", por favor- con angustia, el doctor vuelve a tomar del brazo a Mina –Hágame caso. Es peligroso, muy peligroso…-
La reacción de Mina fue notoria ¿Por qué Van Helsing dudaba así del nombre de Alaxander?, se sentía ofendida por esas insinuaciones. Quería defender a Alexander con todo su ser, pero respetaba al profesor demasiado, así que se quedó callada y muy perpleja –No deben acercarse a Grayson, nadie. Hay cosas muy peligrosas en Londres que rodean a ese Americano…-
-De todas maneras él se fue- susurra ella molesta. Todo aquello estaba haciendo que Alexander se marchara de Londres –Aquí nadie lo quiere. Nunca lo han querido-
-¿Está segura de que se ha ido?- reaccionó alarmado - Si se ha ido es por algo, señorita. Vea las cosas, ¡Por favor!-
-Si se ha ido es por todo lo que le han hecho- su mirada esta roja y húmeda. Pero Mina era muy fuerte en realidad.
El doctor Van Helsing ocultaba algo, notaba Mina, y no podía entender nada de aquello. No podía creer que él también tuviera la misma actitud del traidor de Jonathan. Creía que Van Helsing era diferente, pero tal vez algo le había dicho Jonathan.
Aquel día ya era demasiado extraño como para soportar ahora que le dijeran que su amado era un hombre peligroso.
Afligida no sabía qué hacer y se sentía muy cansada. Pero una cosa sí sabía, y era que confiaba en Alexander y que no quería tener a Jonathan Harker cerca nunca más.
Cerca del mediodía, Mina se acerca otra vez a la Mansión Carfax… pero desolada se queda cuando encuentra todo muerto y vacío. Ya no había nada del encanto de la noche anterior. Era como si de verdad todo hubiera sido un sueño, incluso Reinfield había desaparecido. Todo estaba como si hubiera estado abandonado por años.
Todo fue un sueño, ella, su encuentro con Alexander…
Las palabras de Van Helsing la atormentaron todo el día. Había empezado totalmente feliz pero ahora ya no estaba segura de esa felicidad. Todo era confusión y tinieblas.
Pero su corazón seguía latiendo por él, y esa noche, cuando creía que estaba sola y su añoranza era insoportable, se encuentra con Alexander Grayson, allí en su habitación en medio de la noche.
No se asustó en lo absoluto, sino que volvió la felicidad a su ser. Si ella estaba en un sueño, pues ese sueño era bienvenido.
-¿Cómo…?- balbuceó pensando en preguntarle cómo había llegado hasta allí. Pero dudaba tanto que no se atrevía a preguntarle nada.
-Mina…- Alexander le habló con su suave voz, y la silueta del hombre vestido de negro se le acerca a la cama en silencio total –Yo no quise dejarte sola esta mañana, pero…-
-Alexander ¿Estás bien? Han ocurrido cosas, yo tengo miedo- tembló la voz de ella
-Sí, lo sé- le dijo él –Lamento mucho lo de tu amiga. Pero ella también te traicionó- le recordó pero Mina no podía ver que él tenía una mirada terrible. Aquellos ojos sobrenaturales permanecían ocultos en las sombras.
-Dime, por favor ¿Estás en problemas?- ella le preguntó directamente. No olvidaba las insinuaciones de Van Helsing.
-Tú no corres ningún peligro, Mina, confía en mí- le dijo –Lamento mucho lo de la señorita Jayne también, pero lo que ocurrió, ocurrió…-
-Alexander, dime qué pasa- Mina no ignoraba que había algo demasiado extraño en Alexander Grayson. Y todas esas cosas ocurridas últimamente estaban relacionadas con él. Algo terrible pesaba sobre sus hombres y ella quería ayudarlo -¿Dónde está Reinfield? ¿Te están persiguiendo?-
-Reinfield está enfermo, me temo- suspiró Alexander. Con cariño su mano se posa sobre el rostro de Mina –Tú sólo tienes que confiar en mí. Te amo, con todo mi corazón-
-Yo también te amo, demasiado- ella respondió con lágrimas ardientes. No entendía a aquel hombre, pero su corazón confiaba plenamente en él. Y lo amaba profundamente.
-No llores, por favor. No tienes nada qué temer-
Juntos estaban otra vez, así fuera sólo de noche. Siempre de noche. Su amado Alexander ya no salía más de día, la noche era su mundo y ella lo aceptaba así.