El aire marino perfumaba de sal todos los jardines solitarios de
Whitby. Y ante los ojos de cualquier persona, aquello era romántico y
hermoso, la suave bruma nocturna atravesando los arbustos y las flores resplandeciendo de blanco y rosa a la luz de la luna, pero para Johnny y
para Kate no lo eran.Para aquellos niños los jardines de Whitby por la noche eran tenebrosos campos de desolación. Un asesino brutal andaba suelto, un hombre que venía de Londres y había asesinado a la señora Westenra y a su hija Lucy, en su propia casa del Crescent.
Los niños temían encontrarse con el cadáver de la señorita Westenra en cualquier momento.
Eran huérfanos, nadie daba nada por ellos. Los niños pasaban las noches en los parques, y en el bosque, como animales. Mientras, la gente toda no se atrevía a salir, no desde que se supo que los asesinatos habían llegado a Whitby.
Tenía que ser un mismo hombre, el de Whitby y el asesino de Londres. Todo el mundo decía eso, aunque los niños pensaban que era imposible que el asesino hubiera matado en Londres y luego allí en una misma noche.
De todas maneras, si tenían razón, nadie los oiría; pensaran lo que pensaran nadie los tomaría en cuenta.
Hambrientos recorrían el campo cerca del cementerio, que no estaba muy lejos del puerto… ni de la villa Hillingham. Pero ya estaban muy cansados como para seguir deambulando y alejarse de allí.
La noche estaba clara, el cementerio apacible descansaba bajo un tenue brillo blanco. Se podía ver con claridad por todo alrededor.
Johnny y su hermana pasarían allí la noche, y si tenían suerte, al día siguiente alguien les daría algo de comer. Así que con una sonrisa en el rostro, los dos niños se durmieron.
Ya el hambre no les causaba dolor, ni insomnio, ni nada. Sus pequeños estómagos estaban acostumbrados.
Así era como la ilusión infantil y el espíritu de la infancia los hacía sobrevivir.
La niebla lo cubrió todo, como tela rasgada atravesaba el cementerio y bañaba el mundo de blanco fantasmal. El frío era insoportable.
Pero esa noche una persona se apiadó de aquellos dos huérfanos, una señora vestida de traje largo y bordado, muy elegante. Deambulaba por el cementerio sola y triste, llorando la muerte de su madre; eran tan tristes sus lamentos que en las casas aledañas se llegó a oír su voz.
Los niños abrieron los ojos y vieron la figura allí parada frente a ellos. Era muy hermosa la joven señora.
-¿Por qué llora, señora?- la niña enseguida notó los ojos de la mujer, y los lamentos la habían despertado.
-Perdí a mi madre- sollozó la mujer.
-Lo lamento mucho. Sabe, nosotros también perdimos a nuestra madre… ya ni recuerdo su rostro- le contó la niña.
La mujer se apiadó de las criaturas y soltó un lamento de tristeza.
Los dos niños se levantaron del banco, muy contentos de encontrarse con un ángel como aquel. La señora le tomó sus rostros con las manos, muy frías manos, y les sonrió.
-Están solos y pasando hambre- dijo con pena. Luego hubo una pausa, y el rostro de la mujer comenzó a cambiar, ya no era tan dulce ni triste –Mis niños queridos…-
Las manos de la mujer dejaron de acariciar los rostros de los niños, ahora, y con inusual velocidad, los habían agarrado con fuerza por el cuello:
-Pero yo voy a hacer que ya no sufran más- fue lo que dijo.
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Al día siguiente la comunidad de Whitby se despertó en medio del pánico.
Cerca del cementerio estaban los cadáveres de dos niños huérfanos, tirados como basura y sin una gota de sangre en sus cuerpos ni en los alrededores. El crimen compartía las mismas características del de la casa del Crescent, con la particularidad de que esa noche varios testigos afirmaban haber oído los lamentos de una mujer recorrer los campos y el cementerio.
La gente aterrorizada esparció el rumor de un fantasma que se lamentaba por la noche, y las muertes debían ser culpa de ese fantasma. Lo que había matado a los niños, también había matado a la señora Westenra. Ahora la gente del lugar no dudaba.
El monstruo estaba allí.

