lunes, 3 de noviembre de 2014

Epílogo

Y un nuevo siglo llegaba.
Y para Ilona y Alexander muchas cosas se había llevado el anterior. Demasiadas cosas.
Paseando por las laderas de aquella montaña, a la luz de la luna llena, Ilona recordaba todo lo que dejaban atrás, como si su vida entera muriera con el siglo pasado.


Jonathan Harker, a Lucy y al profesor Van Helsing, todos ellos se fueron con los 1800s. Y ahora había un espacio desconocido abriéndose ante sus ojos.
Alexander sentía que la vida en ese nuevo siglo sin Van Helsing iba a ser algo aburrida, y cuando recordaban eso, a ella le parecía ver que por sus ojos cruzaba una sombra de tristeza.
Pero ahora eran conde y condesa, de Transilvania, y su castillo era un lugar al que la gente normal evitaba ir. Decían que ellos eran raros, las supersticiones eran cada día peores. Y de vez en cuando se mencionaba el mito de Drácula. Pero ante eso Alexander decía:
-Esta generación morirá en un abrir y cerrar de ojos, y todo comenzará con las nuevas generaciones. Algunos vendrán a husmear, buscando verdades a las leyendas, y a nada llegarán. Así es, así ha sido y así siempre será- y cuando él decía eso, observaba sus dominios extensos a pies del castillo, montañas llenas de lobos y seres siniestros- Ahora las leyendas dicen que Drácula es en realidad Británico, y que vive en Londres- y se reía con ganas.
-Supongo que tú tienes algo que ver con eso también, mi amado- decía Ilona.
-Sí, supongo que algo de mis aventuras en Londres quedó como parte del mito- añadió con ojos soñadores –Sólo mitos, nada más. Habladurías, leyendas, y la verdad que algunos puedan saber, morirá así como murió con Van Helsing, con Harker y con todos los de La Orden del Dragón-




---*---*---*---

Y así todo lo que dejaban atrás, en el pasado, quedaba en las memorias intangibles; y los rastros de aquellas vivencias eran como huellas indelebles marcadas en sus almas con profunda nostalgia.

---*---*---*---

Y no importaba lo que pasara, ordinario u extraordinario, el mundo seguía su curso.
Las viejas leyendas apenas sobrevivían. Y las verdades que pocos conocían, morían con ellos.
De resto, todo se veía en la televisión y en las películas como ficción.
La mujer cerró el periódico riéndose disimuladamente después de ver el anuncio de una nueva película que llegaba a los cines en esa época. Se llamaba "Dracula Untold", y la verdad era que ella ya no se molestaba en preguntarse qué podría tener eso de realidad.
Cuando dejaba de hacerle gracia el ver todo eso, le llegaba un profundo sentimiento que no sabía cómo definir.
Estaba sentada sola en un restaurant a orillas de Danubio con El Puente de Las Cadenas muy cerca del restaurant, luciendo muy elegante y sofisticada. Ya no sostenía el periódico en sus manos, ahora una tableta digital último modelo entrelazaban sus dedos pues debía revisar sus mensajes, como siempre que lo hacía a la hora del almuerzo. Era el trabajo después de todo.


En eso suena su teléfono celular y ella atiende con rapidez, esperando oír una voz especial. Pero en vez de eso, quien la llamaba era su secretaria:
-Doctora Grayson, sus pacientes ya se encuentran en el consultorio- le recordaba la mujer. Y en efecto, se había tardado mucho allí, pues ella no solía llegar tarde a su trabajo. El asunto de la película le había distraído con recuerdos ancestrales, y ningún ser humano era capaz de entender, por lo que no podía hablar con nadie. Excepto con él, y el viejo Reinfield.
Los extrañaba, ya llevaban dos semanas lejos.
"Viviremos en Hungría un tiempo" había dicho hacía ya 10 años, y ahí estaban.
Y siempre era así, en todos los países del mundo, una temporada, otra. Y siempre era la Doctora Grayson ¿Por qué no? Ilona y Alexander Grayson llevaban vivos más de cinco siglos, y Reinfield aún seguía vivo, nadie sabe cómo, y la humanidad ante todo eso seguía inmersa en su ordinaria y corriente vida.
La ciencia lo explicaba todo, afortunadamente para ellos.
Ilona muchas veces se encontraba con gente que ya no quería vivir, con chicos que ya no soportaban el aburrimiento. Ella no podía decirles lo extraordinario que tenían frente a sus mismos ojos. Eran simplemente profesionales de la medicina, de la ciencia. Y nadie sospechaba todo lo sobrenatural que había en ellos.
No podían sospecharlo, pero sí aparecían, de vez en cuando, cuerpos muertos, por aquí y por allá, sin una sola gota de sangre.
"Cultos satánicos" decían, otros, los más mente abiertas, entonces consideraban que era el Chupacabras.
Alexander y ella tenían problemas frecuentes con los jóvenes, con los vampiros neófitos. Eran muy imprudentes, pero eso no venía al caso en esos momentos.
Nuevamente se había quedado perdida en sus pensamientos, dejando el tiempo correr, y con los ojos fijos en el Danubio, pues el lugar era muy bonito y muy fino, el puente unía las dos partes de Budapest, así que la zona era bastante elistezca. Ellos no escatimaban gastos.
Es cuando otra llamada de teléfono la hace poner los pies sobre la tierra otra vez.
Y esta vez era él.
-Hola- su voz era la misma de siempre, pero sin los acentos de antaño; la forma de hablar, todo había
cambiado. Ahora hablaban todos con modismos de la época. El modernismo era escueto y rápido, y a Alexander, que había dejado hace mucho de ser Transilvano, ya casi no tenía ni el acento Británico.
-Hola- respondió ella con una sonrisa.
-Te extraño, amor-
-Yo también ¿Todavía estás en Italia?-
-Sí, y quiero que vengas conmigo. Esto aquí tomará un tiempo más-
-Deberé dejar la clínica otra vez- dijo sin ningún tono en particular.
-Eres una mujer de mundo, mon chere, ellos lo saben. No importa, ya sabes. Todo lo aceptan porque eres importante, eres algo que ellos no entienden pero saben que eres superior-
En verdad no importaba, la doctora Grayson se iba, se mudaba de país y ya. Clínicas, hospitales, tiempos sin ejercer, así iba, y ella siempre tenía trabajo, porque tenía altas recomendaciones, valioso premios y reconocimientos. Simplemente eran excéntricos.
Así era feliz también. Ésa era si vida errante entre los humanos. Pero en realidad su vida verdadera era de noche, y en otra realidad.
-No, no me importa. Quiero estar contigo, no soporto tenerte lejos-
-Nunca, mi amada-
Deseaba regresar a Transilvania un tiempo, al castillo donde fue tan feliz. Algún día volverían, tenía todo el tiempo del mundo.
-Dime, yo te compro los pasajes- insistía él.
-Cuando quieras, Alex- ella rio traviesa.
-Si sueno un poco ansioso- reconocía Alexander – Es que… de vez en cuando me imagino que ya no te tengo… y, bueno- Alexander no pudo continuar, no le gustaba que sus miedos, y sus temores arruinaran su felicidad.
-Mi amor, siempre estaré contigo. Eternamente tuya, recuerda- y esas palabras encerraban demasiado.
Terminaría con el almuerzo, regresaría a la clínica, impecable, perfecta, muy profesional, y era una vampira caminando a pleno día, era algo muy moderno; pero no era tan maravilloso, era un esfuerzo, era antinatural y peligroso igual, no tenían muchos poderes así.
El mundo moderno era diferente, las reliquias sagradas tampoco ejercían los mismos efectos de antes, y los vampiros podían moverse en el día. Era ridículo en realidad.
Ansiaba con locura la noche, y en la noche tomaría el primer vuelo a Italia porque deseaba estar en sus brazos otra vez. Y ¿Cuándo regresarían a su villa Francesa? No lo sabían, no importaba.
FIN

miércoles, 29 de octubre de 2014

Capítulo XXV - Partida de un amigo

Alexander lo presintió todo.
Estaba muy cerca de aquella casa donde no estaba invitado, caminando lentamente, cuando había sucedido aquello, y se preocupó. Ella era todavía una recién nacida, un vampiro neófito e inexperto. Pero no debía temer, ella era diferente, estaba ya seguro que sola lo había logrado.
Era su creación más importante, el primer vampiro que era parte de él, y por eso podía.
Y ahora no había nada de prisa.
Sin embargo se preguntaba por qué.
Bufó fastidiado y tomó acciones, sus ojos se tornaron rojos y los afilados colmillos salían, lastimando sus voluptuosos labios.
Las reliquias sagradas las odiaba pero aprendería a lidiar con ellas pues no estaba dispuesto a dejarse vencer más por eso. Y en cuanto al ajo… Van Helsing tenía su casa como una tienda de ajos, pero cuidar a Ilona podría más que todo eso.
Se acercó, y vigiló, y en la casa se oyó su voz:
-Sabes que estoy aquí-
Estuviera donde estuviera…él lo oiría.
La casa estaba oscura, y había algo más: no estaba el olor a ajo.
Alexander se acercó a la puerta, pero no necesitó abrirla puerta pues ésta se abrió sola, y la oscuridad le dio la bienvenida.
-Por supuesto- contestó una voz conocida desde el interior.
-Abraham-
Alexander no podía pasar, pero la puerta estaba abierta.
-Puedes pasar-
Oyó eso y no lo creyó, Alexander no se movía, pero podía pasar perfectamente a la casa. ¿Qué nueva trampa estaría esperándolo?
No entró.
La mansión lucía otra vez limpia, no como la última vez que la vio. No había ni ajos, ni crucifijos. Y los recuerdos invadieron su mente indeseablemente y sorprendido estaba de que su años como aliados ahora los recordara con cierta nostalgia.
Pero ya no tenía razón para desear ser un hombre normal. Ahora tenía a Ilona con él.
Entonces lo vio, a través de la oscuridad. Van Helsing encendió una vela y con tranquilidad puso su maletín en el piso junto a la chimenea y su figura se mostró clara. La estaca sagrada y terrible, el martillo, colgaban de su mano, y tenía una espada filosa en su cinturón. Pero él estaba sentado en el sillón de la sala, dándole la cara a la chimenea.
-¿Qué nueva diablura es ésta, cazador?- gruñó el vampiro.
-Puedes pasar, no hables así desde la puerta, Drácula. La mala educación no es lo tuyo-
Alexander Grayson se rio, y su siniestra carcajada retumbó por los rincones y paredes.
Entonces Van Helsing se puso de pie, y ya había un poco más de luz en el recinto. Y cuando Alexander lo vio… era como ver a un hombre 10 años más envejecido.
-Qué tonto te ves con sus palitos, Van Helsing, y tus joyas- se burló el conde.
-Sí, muy tonto, conde de Transilvania, tan tonto que acabo de destruir a cinco de tus hijos- habló Van Helsing imperioso, pero estaba sudando, y parecía costarle estar de pie - Tú, serás inmensamente poderoso, pero igual tienes inmensas y tontas debilidades, y yo las conozco todas-
-Lo sé, sabes hacerlo- reconoció Drácula -Mataste a Lucy al fin- comentó como si nada –Ella era... feroz-
-No, Drácula, a Lucy la mataste tú- corrigió el hombre –Yo le di la paz a su alma-
-¿Lo que piensas hacer conmigo ahora, tonto?-
-Tal vez-
Entonces Alexander Grayson dio un paso, entró a la casa y comenzó a acercarse a Van Helsing, paso a paso.
-No tengo intensiones de dejarte hacerlo, Van Helsing. Yo estoy ahora mejor que nunca- decía con los ojos clavados en el hombre, pero éste era inmune a su poder -Y como ya habrás notado, vuelvo a ser el conde de Transilvania, recupero lo que fui hace siglos antes de que La Orden me lo arrebatara todo. Y, tal vez no te has enterado de los últimos acontecimientos…-
Van Helsing titubeó y no se entendía en verdad por qué. La situación era realmente desconcertante.
-Dime ¿Por qué hablaste de mí a la Scotland Yard? Ahora estás dando vueltas por ahí y no atacas de frente- se burlaba.



-¿Dónde está Mina Murray?- pensó el profesor ante eso, con el corazón encogido.
-Muerta- le respondió Alexander con una sonrisa.
Entonces Van Helsing soltó un grito ahogado y se llevó la mano libre a la boca. En la otra colgaba la estaca con el martillo, muy débil, como si no pensara usar nada de eso.
-Monstruo… maldito- empezó a decir –He fracasado, he fracasado…-
Y el tono de Van Helsing alarmó a Grayson.
-Te equivocas, Abraham, lo que pasa es que no lo entiendes- Alexander se acercó más, pero todavía no estaba a la ofensiva, no había razón. Lo desconcertaba demasiado la actitud de Van Helsing -Tal vez sólo vemos el lado horrible de esta maldición. Pero ella me ha hecho ver el lado bueno-
Van Helsing palideció horriblemente. Entonces el vampiro lo decidió, aprovecharía ese momento de debilidad para agarrarlo por el cuello.
Pero cuando Alexander se lanzó sobre su víctima… algo lo detuvo en seco.
Silencio, el hombre se quedó paralizado frente al vampiro en un instante en que se sintió en el vacío de la muerte.
Alexander abrió mucho los ojos, frente a él, y con expresión atónita su boca semiabierta armada de colmillos asesinos temblaba.
-Abraham…- balbuceó. Y no era precisamente por el crucifijo que todavía llevaba el cazador en su cuello, el crucifijo lo toleraba. Lo que no toleraba era lo que había notado en él – Te mordieron-
El hombre titubeó, y las armas no se mantenían firmes en sus manos, cayeron al piso inofensivas.
-Sí-




-¡En la guarida de Lucy, te mordieron!- exclamaba Alexander impresionado.

-Uno de ellos… sí. Después de todo, mi lucha no fue tan gloriosa ya ves- tomó aire y prosiguió –Soy un cazador de vampiros, supongo que no siempre iba a resultarme bien –y luego agregó severamente -Estoy totalmente perdido, Alexander-
Alexander no sabía qué sentía, ya no tenía el impulso de matarlo… Van Helsing no había muerto, por lo tanto la infección del vampiro seguía en él. Moriría si no era transformado. Pero si vivía, sería como Reinfield tal vez. Y ahora ¿Qué iba a hacer? Acaso… ¿Se transformaría?
-Ganaste, Alexander- le dijo con una voz terrible, adivinando las cavilaciones del vampiro. Jamás sería como él.
-No… - el vampiro se negaba.
-Yo no viviré así- dijo Van Helsing –No seré un monstruo como tú, un lacayo de tu poder. Aquí se acabó, ganaste, porque no puedo luchar contra ti-
El vampiro se tambaleaba del desconcierto. Todo era demasiado absurdo.
-Destrúyeme, Alexander. Quise enfrentarte, pero no pude. Tal vez por eso empecé a hablar de ti, tal vez te dejé entrar para...- las palabras se trabaron en su boca.
-¡No!- retrocedió –¡Lucha Van Helsing, maldita sea!- estalló de furia. Pero Van Helsing no atendió a su mandato –¡LUCHA!-
No podía hacer nada. No iba a hacerlo, no así. Su peor enemigo estaba ahí derrotado, no se lo merecía. Ése no era el combate que él buscaba, ése no era el final que esperaba.
-Bien, si no lo haces tú lo haré yo- dijo entonces Van Helsing serenamente.
-Abraham- balbuceó el conde tratando de recuperar la compostura –Yo de verdad no quería esto-
Van Helsing le devolvió un gesto. Era terrible la tristeza que había en el cazador, no la soportaba.
-Supongo que ahora nos despedimos- se encogió de hombros ante eso y Alexander asiente.
-Ilona ha regresado, Abraham, ¿Y sabes algo? Ella y yo jamás nos hubiéramos reunido de no ser por ti- era la primera vez que Alexander lo admitía, esa curiosa e irónica verdad. Tal vez, la verdadera razón que le impedía matarlo- Tú lo hiciste-
Van Helsing bajó la mirada.
-Ella se ha encargado de La Orden del Dragón- le dijo Alexander –Cumplimos, los dos. Te puedo asegurar que nos hemos vengado-
Él confiaba en su palabra, aunque fuera su enemigo, Van Helsing supo que era verdad y asintió aliviado.
-Tu familia ha sido vengada- le dijo finalmente el vampiro.
Abraham Van Helsing soltó una sonrisa, dio la media vuelta hacia su maletín y se dispuso a guardar sus cosas otra vez.
Alexander no podía creer eso, lo que estaba pasando. Hacía mucho tiempo que no sentía tal desconcierto.
A la final no le quedaba más, así que el humo blanco comenzaba a aparecerse a su alrededor, porque Van Helsing moriría, y él dejaría que se fuera en paz, según su decisión. Así que era la última vez que lo veía, su más grande adversario tenía aquel fin, y se sentía muy extraño, porque no era el adiós a un enemigo.


-Adiós, Abraham- antes de irse, dice como últimas palabras al profesor y luego desapareció por completo.

Capítulo XXIV - Ira milenaria

Lord Ruthford era un hombre soltero, y esa noche había bebido hasta tarde, tratando de ahogar la angustia que tenía después de lo que había hecho.
Le pesaba en la conciencia, y ahora estaba ebrio y se tambaleaba camino a su casa en Leicester Square, y de nada le valía su posición, su dinero, su prestigio, ni nada en momentos en que solamente tenía su despreciable existencia de compañía.
No había tenido noticias de nadie, ninguno de sus hombres se había aparecido en todo el día. Y tendría que rendir cuentas a La Orden, y siendo él el nuevo jefe después de la muerte de Browning, un fracaso podría costarle la vida.
"¡Qué estupidez!" Bramó mientras cruzaba una calle. ¿Cómo pudo alguien como él, haber sido tan necio? Pero no fue su inteligencia lo que había actuado en realidad, fue su orgullo.
Las pesadas botas retumbaban sobre el empedrado, y una llovizna comenzaba a caer.
Un hombre a esas horas muy rara vez se topaba con alguna dama en aquella soledad. No en aquellas calles. Pero esa noche Lord Ruthford tuvo esa suerte.
Le faltaba una cuadra para llegar a la entrada de su acomodada casa, pero en la esquina, justo pasando por el Noel Coward Theater, estaba parada una mujer de esbelta figura, que hizo que sus pies se detuvieran en seco.
Estaba demasiado perplejo como para decir un "buenas noches", era absurdo. Lo que la mujer le inspiraba era algo muy desagradable, y quiso pasar de largo.
-Buen señor- habló y Ruthford dio la media vuelta, y recibió un fuerte impacto cuando distingue el rostro de la mujer a un metro apenas de él. Era Mina Murray.
Él no era muy hábil para ver con claridad en la noche, pero a la mujer la estaba notando con la nitidez de los ojos de un niño, y a plena luz del día. Era Mina Murray, no había duda, pero estaba diferente.


-Paseando a altas horas de la noche, no es muy de caballeros decentes- canturreó la aparición.
-Y mucho menos lo es de damas decentes- habló instintivamente, como él solía hablar. Pero esa vez no era nada apropiado.
El rostro de la mujer ardió, su blanca piel tornándose rosada y con unas pupilas azules que brillaban como las de un animal o algo así.
Ruthford entonces retrocedió.
-Usted jamás me consideró una dama- el tono de Ilona pasó de la burla a la tristeza y el silencio de la noche se vio interrumpido por aullidos de lobos.
La piel de Ruthford se puso como la de una gallina, y recordó las noticias sensacionalistas que mencionaban los periódicos. Nunca creyó que algo así le importaría alguna vez, pero esa noche estaba pasado de tragos.
-Tan poca cosa ¿No? Sólo una chica, pequeña y frágil ¿No es así?- mientras él más retrocedía, ella más se le acercaba.
-Señorita Murray- carraspea ignorando sus temores -Yo en verdad lamento nuestro pequeño altercado…- el hombre se sacude con fastidio de su chaqueta algunas gotitas de llovizna.
-"Pequeño"- la mujer rasguñó con sorna dicha palabra.
Ahora estaba frente a él, bloqueándole el paso. Lord Ruthford no supo cómo. Tenía todas las razones para estar inquieto, obviamente.
Jamás consideró a una mujer como algo preocupante, algo que lo intimidara, pero ahora era distinto.
Habían lágrimas en el rostro de Mina Murray pero nada de debilidad.
Ella jamás había sentido tanta sed, nunca creyó posible algo así, sed de sangre… era intolerable, irresistible. Jamás creyó que fuera capaz de matar, pero ahora su realidad se había transformado en otra cosa.
-No se me acerque, se lo advierto- asustado, y humillado por la prepotencia de tan insignificante chica, Ruthford la enfrenta –Váyase a su casa, niña estúpida. Veo que no le preocupa en lo absoluto que le hagan el favor de reunirla con su padre-
-¡No!- exclama ella -Quiero que me pida perdón-
Sin dar crédito a lo que oía, él quiso reírse.
No estaba lo suficientemente borracho como para actuar como un estúpido. Lord Ruthford se paró alto y erguido frente a Ilona, altanero y arrogante, y la miró con desprecio y lascivia.
Pero Ilona era un bloque de hielo, y le devolvía las miradas con sorna.
-Usted debe pedirle perdón a Mina Murray, señor Ruthford- ordenó la mujer con fiereza. Ruthford permanecía como una muralla de hierro, aunque por dentro sufría la humillación de estar totalmente asustado por esa mujer que lo enfrentaba sin miedo.
-Mina Murray puede pudrirse en el infierno- dijo al fin y le dio una bofetada, esperando que la chica cayera al piso sangrando, y perdiendo dientes por su leve golpecito.
Pero tal cosa no ocurrió, lo que le ocasionó la bofetada fue un intenso dolor en la mano.
Ahogó un grito mientras que ella ni se movía, y su mano temblorosa le dolía intensamente, y frente a él lo que vio fue un reflejo blanco de un rostro, pero con ojos encendidos como el fuego, y una boca que se abría horriblemente.
Aquello no podía ser Mina Murray, pensaba con horror, aquella cosa no era humana. Y sus piernas le fallaron, resultando él el debilucho, el "aleccionado". Pero no tuvo tiempo de más nada.
Los gritos se ahogaron en su propia garganta ensangrentada, cuando la cabeza voló por el aire. El cuerpo casi seco de sangre, desmembrado, sin brazos ni piernas, quedaba desmembrado en plena calle, y todo en un período de tiempo de segundos. Obra aquella de una ira milenaria, una ira desatada al fin después de tantos años.
Y la figura femenina desapareció en el aire.
Así comenzó su venganza.


Como si estuviera viviendo en una pesadilla, Ilona viajó tras un rastro de dolor, y avivada por los tormentos de sus recuerdos, y su nueva vida inmortal se hizo fuerte e indestructible. Y fueron varios los que cayeron víctimas de su ira esa noche. En Cripplegate, en Lambeth, en Moorgate, de hecho en muchas partes, hombres eran sorprendidos en sus casas, en sus propias camas, y con sangre pagaron por los pecados de sus ancestros.
La Orden del Dragón vio su fin esa noche.
Un castigo más allá del entendimiento de los hombres.
Desde entonces, entrar a La Orden era presagio de muerte. El miedo se había esparcido hasta convertirse en leyenda. Lo que fuera que haya matado a toda una generación sagrada, poblaba las pesadillas de muchos.
Y no hubo explicación. Aterrorizaría a Londres, y ya la Scotland Yard no podría culpar a un solo individuo por eso.
El nombre de Alexander Grayson sería sustituido por otras cosas, otros rumores. Era demasiado desconocido lo que había llegado a su mundo. El amanecer traería un nuevo horror, y se olvidarían de él, que después de todo, no era más que un Americano.

Capítulo XXIII - Historial de pecados

Aquel hombre estaba muy seguro de lo que hacía, se veía demasiado familiarizado y parecía haberse invitado a sí mismo a la casa.
-Mucho me temo que el señor Grayson tal vez no pueda atenderlo en este momento- se disculpa Reinfield sin mostrar ninguna expresión –Es un poco tarde para estas visitas ¿No le parece?-
-Claro, es porque el señor Grayson solamente se aparece de noche. Por eso hemos venido a esta hora- el agente hizo una mueca que no le causó ninguna gracia. Reinfield sabía que los arrestos los hacían mucho de noche, para atrapar a la gente en las casas.
Empezó a inquietarse, pero no precisamente por la seguridad de su Amo.
-Por favor- pidió el agente otra vez. Y no había ninguna señal de que aceptara las escusas.
-Veré si el señor Gray…- al fin cede pero no concluye su oración porque alguien lo interrumpe.
-Gute abend!- exclama la voz desde el interior de la oscuridad. Adentro, la mansión estaba toda oscura.
Alexander Grayson se aparecía por la sala muy relajado y contento. Reinfield al fin respira.
El agente responde al saludo con un ademán y se quita el sombrero. Los conocía a ambos, pero solamente de nombre. Nunca había visto a la gente de Energías Grayson en persona, y mucho menos a Alexander, pero le habían hablado mucho de él.
Cuando se acerca a la luz, a entradas de la casa, el agente McGrath admira toda su presencia con cierta incredulidad. Nunca pensó que iba a tener aquella impresión, no alguien como él, acostumbrado a lidiar con los peores sujetos. Alexander Grayson lo intimidaba pero no veía por qué.
Era joven, pero había en él algo muy muy antiguo, y su aspecto impecable era anormal. Todo era anormal. Aquella casa, el extraño sirviente y él. Ya el agente no se sentía tan seguro.
-¿Puedo ayudarles en algo?- el anfitrión estaba muy al tanto de la impresión que causaba en su visitante, y lo disfrutaba.
-Señor Grayson- el agente intentó retomar el asunto que lo llevaba allí.
-Tiene suerte de encontrarme, señor, hemos estado muy ocupados y ausentes de Carfax después de todo lo que pasó-

Muy feliz, Alexander se acerca al individuo, y de los dos, el que estaba asustado era el agente.
-Lamento informarle que además de las denuncias que ya habíamos recibido antes contra usted, ahora tenemos otras más-
-¿Denuncias? ¿Contra mi persona? No me diga- canturreó Alexander.
-Tal vez no ha enterado de que su socio y amigo Jonathan Harker está ahora desaparecido-
Alexander Grayson mostraba falsa perplejidad, e intercambiaba miradas con Reinfield.
-Señor, toda la gente que ha estado relacionada con usted está muerta o desaparecida ahora. Varios miembros de la prestigiosa Orden del Dragón, los que más estuvieron en contacto con usted, fueron asesinados horriblemente- poco a poco el agente recobraba el temple, pues no estaba solo, sus hombres estaban en el carruaje. Después de todo, Alexander Grayson no era más que un hombre, y aunque tuviera a su matón allí con él, habían dominado a hombres peores antes –Ahora también Jonathan Harker, y como si no fuera suficiente, cinco miembros más de La Orden también están desaparecidos -
-Oh, entiendo. Por eso están ustedes aquí. Y supongo que alguno de esos raros de La Orden puso la otra denuncia-
-En realidad no. La denuncia la hizo otra persona amiga de usted-
Alexander alzó una ceja adivinando en seguida de quién se trataba.
-Algún estúpido Holandés, que no tuvo el valor de venir él mismo a enfrentarme-
-Y no me atrevo a pensar, señor Grayson, cuánta gente más está muerta o desaparecida, de la cual no nos hemos enterado todavía-
-¿Están aquí para arrestarme entonces?- se rio perdiendo la paciencia. Tenía otras cosas más importantes de qué ocuparse.
-Yo no he dicho nada de eso, lo ha dicho usted…- entonces el agente se ve interrumpido por otra cosa, por algo que vio más allá de sus anfitriones –Oh, disculpe, no sabía que había una dama presente-
Reinfield no la había visto hasta ahora, y Alexander tampoco se esperaba tal aparición. Cuando giró para verla se le abrieron mucho los ojos. Era la señorita Mina, a primera vista, aunque su cabello ya no era crespo sino bastante liso y le caía negro sobre sus hombros y por casi todo su pecho.
La mujer estaba con su camisón blanco y limpio, resplandeciendo en medio de la sala oscura de la mansión, su ropa parecía tener bordados de oro. Frágil pero firme, ahí estaba.


-Es…- Alexander no salía de su sorpresa- Ella es mi esposa Ilona- la presenta.
-¡Oh, entonces ahora es casado!- el agente McGrath no podía ver algo peor. Si Alexander era raro, la mujer aquella lo era más. Joven, bonita, sí, pero era como admirar a una muerta.
Alexander no respondió a eso. Pero el jueguito se había acabado:
-Bien, señor McGrath, escuche- cambiando de tono, y Alexander clava sus ojos otra vez en el individuo. Y cuando hizo eso, el agente se quedó sin respiración –Escúcheme muy bien- y su mano blanca y fría se alzó hacia el rostro del individuo. Aquella mano le tomó el rostro y los ojos implacables no se despegaron de los de aquel hombre.
Ilona observaba aquello con fascinación desde su rincón oscuro, Reinfield sonreía con sorna. Y Alexander tenía al hombre bajo su poder.
-Están confundidos, eso es todo- dijo con serenidad. Y luego la mano blanca se retiró, y los atormentantes ojos del vampiro dejaron de mirar al agente de la Scotland Yard.
-Tal vez todo sea un error, señor Grayson. La verdad no hay nada que pueda inculparlo a usted de esas denuncias- dijo al fin el agente, con el rostro pálido, sudoroso y enfermizo –Investigaremos bien todo, no se preocupe-
Acto seguido el hombre volvió a colocarse su sombrero, y se lo acomodó con gracia. Alexander le sonríe y el agente se dispone a marcharse.
-¡Reinfield! Acompaña a nuestro amigo, por favor- ordena a su sirviente.

---*---*---*---

El carruaje traqueteó de regreso a la calle y la niebla de la noche se lo tragó por completo.
-¿No le preocupa eso, señor?- Reinfield cierra las puertas y regresa a mirar a Ilona que seguía estando en el mismo lugar.
Ahora Alexander iba con ella.
-Pronto nos marcharemos de aquí. Que hagan ellos lo que quieran- le dijo mientras la tomaba en sus brazos –Lo último que nos importa ahora es la Scotland Yard-
-¿Qué fue lo que hiciste?- ella se tranquiliza, pero estudiaba a Alexander con curiosidad.
-Lo hipnoticé. Hacía tiempo que no lo hacía, cuando pretendía ser un hombre normal, me olvidé de algunas habilidades-
-¿Eso es posible?-
-Yo puedo, y tú también podrás-
-¡Tengo mucho miedo, Alexander!- al fin confesaba, y el frágil cuerpo de Ilona, todavía débil, temblaba de frío pues su cuerpo muerto empezaba a tener vida sobrenatural. Alexander la abrazó para darle calor con su ropa, y ella percibió su olor con más intensidad. Podía oler todo. Todo lo que había a su alrededor y lo que había en los terrenos de afuera. Olía la tela de cada una de las prendas que llevaba puestas Alexander.
-Ven, te enseñaré algo hermoso-
Y así la pareja deja solo a Reinfield en la sala y van al patio de atrás, a la terraza donde una vez estuvo Mina. Y se movieron como un espíritu, desaparecieron de su vista.

---*---*---*---

Estaba blanca y resplandecía de neblina iluminada por la luz de la luna, allí donde murió Mina. Ilona se estremeció aún más y se apretó contra el pecho de Alexander. No sabía por qué la había llevado a aquel lugar otra vez.
-Aquí moriste pero ya no es malo- él intuyó lo que la atormentaba -Fue una transición nada más. Me ayudó a hacer lo que me negaba a hacer-
Las sensaciones regresaban a su cuerpo y ya ella no estaba tan insensible y tampoco tan débil.
-¿Estamos… muertos? ¿En serio lo estamos?-
-Algo así-
-No es tan malo, ya no. Me siento mejor- reconoció pero luego dijo con agobio –Pero tengo mucho miedo-
-El miedo estará siempre allí, pero juntos podremos sobrellevarlo-
Aves nocturnas canturrearon tenebrosamente en el jardín, y los cúmulos donde había enterrado Reinfield los cuerpos se veían con facilidad.
-¿Este es nuestro nuevo mundo?- reconoció Ilona a la noche.
-Sí-
-¿Qué ha sido de Lucy, Alexander?-
-Fue destruída, pero no lo hice yo. Lo hizo alguien que debo ir a ver esta noche-
Entonces Ilona recordó el rostro de su profesor de la universidad.
-El profesor Van Helsing- murmuró.
-Y esta noche voy a ir a verlo, porque es una amenaza para ti. No lo permitiré-
Entonces Ilona se aferró a él llena de terror.
-¡No te vayas, no me dejes sola!- lloraba como una criatura atormentada.
-Debo hacerlo. Y Reinfield te cuidará, no te preocupes. Ahora nosotros no somos los amenazados, lo son todos los demás-
-Es que no entiendes. Tengo miedo de lo que siento- ella cambió de tono –¡De lo que quiero hacer!-
Alexander la tomó de las manos con gentileza y la miró a los ojos.
-¿Estás lista?¿Tan pronto?- habló enigmáticamente.


-Tengo mucha hambre y mucha ira- decía Ilona y los ojos se le encendieron.
-Ya yo te enseñé cómo. Con eso es suficiente- sonrió él –Ellos son sólo insectos en nuestras manos, no tienes nada de qué temer- y entre sus labios se vieron los colmillos, asomando en una mueca sanguinaria.
Al principio parecía insegura pero se paseó por la terraza, por el jardín, y algo parecía llenarle todo el cuerpo. Un sufrimiento de años, todo le estaba alimentando el alma. Y recobraba fuerzas.
-Eres más fuerte de lo que esperaba, y sabes muy bien lo que tienes que hacer. Tu ira te guiará, Ilona- dijo la sombra a su amada -Ve, que salga eso que tienes dentro. Ve, mi amada- y le dio un beso en los labios.
Reinfield salió a la terraza para ver a Ilona otra vez, todavía hipnotizado por aquella cosa extraordinaria. Pero ya entonces habían desaparecido los dos. Se fueron. Entonces se rio con ganas, y dio la media vuelta para regresar y cerrar las puertas, como hacía todas las noches.

Capítulo XXII - Recién nacida

Abrió los ojos y lo primero que percibió fue un halo de luz intenso y blanco, pero luego, poco a poco, fue distinguiendo formas oscuras y lo que antes creyó era luz, ya no la había.
Ahora tenía sus ojos plenamente abiertos y miraba un techo de cortinas con ornamentos tenebrosos. Y entonces se da cuenta de que estaba tendida en una cama de dosel cálida y muy suave, cubierta hasta el pecho por sábanas negras y las cortinas estaban parcialmente abiertas.
No pudo levantarse, pero miraba con ansiedad todo a su alrededor. Pero no podía recordar nada.
No se sentía mal, de hecho, no sentía absolutamente nada. Sin embargo no tenía fuerzas ni siquiera para levantar la cabeza de la almohada.
Tampoco podía hablar. Pero no se asustó.
Giró los ojos y entre las cortinas que cubrían su lecho encontró que no estaba sola.
Su corazón debió dar un vuelco por la sorpresa… pero no ocurrió. No sentía nada en ella ¡Ni siquiera los latidos de su corazón! Y un frío terrible se adueñó de su piel y no sabía si era precisamente por el miedo, era externo, como si no perteneciera a su cuerpo. Y empezó a inquietarse por lo desconcertante que le resultaba todo eso, y su instinto la hacía querer moverse aunque la debilidad no la dejaba ni levantar un dedo.
-Tranquila, Ilona- la gentil voz le decía, y un hombre se aparecía frente a ella, y sus ojos lo estudiaron y no recordaba haber tenido tal visión, tan nítida y llena de colores, clara como a plena luz del sol. Sólo recordaba un mundo opaco, borroso… -No te angusties-
No podía reconocer al principio a aquel caballero de camisa blanca, traje negro y gran capa. Pero algo sintió en su mundo sin sensaciones físicas, algo profundo que iba más allá de lo tangible, y entonces empezó a recordar imágenes.
El caballero tenía un rostro hermoso, y estaba allí sentado en la cama, totalmente preocupado por ella.
-Lo que te pasa es normal- le dijo –Al principio debes morir, y todavía debes estarlo. Pero no debes tener miedo-
Alexander calló, por un tiempo era eso lo último que deseaba para su amada, pero las circunstancias lo obligaron. Ahora no sabía si lo que siempre fue su maldición, era ahora una gracia.
-Morir…y pasar a esto es una transición muy difícil. Pero tú, mi amada, tendrás lo que yo no tuve: un maestro que te ayude a superarlo-
La mujer en la cama lucía apacible, como la criatura más bella de la creación. Aunque ojos humanos no hubieran pensado lo mismo.


-Tu cuerpo ha muerto, tus fluidos ya no existen. No hay nada vivo en ti ahora, no puedes sentir lo que sentías en vida, Ilona, amada, no todavía. Y solamente la sangre robada da la vida a esta existencia-
Los labios rojos empezaron a moverse al fin, pero no salía nada de aire, de ningún pulmón.
-¿Vlad?- logró emitir un sonido y se sorprendió de su propia voz sin aliento.
Los ojos de Alexander Grayson brillaron y ella pudo admirar lo bellos que eran.
-Me recuerdas- soltó él con un susurro, siempre necesitando esa confirmación, esa certeza.
Ella todavía no podía creer lo que ocurría, mucho menos lo entendía. Él tampoco lo entendió, para él fue todo mucho peor, pero ahora tenía la oportunidad de hacer que ella no pasara por lo mismo. Ahora lo veía, muchas cosas estaban encontrando paz en su interior.
-Tu mente recordará- él se tranquilizó –Eso es inevitable. Miles de vidas albergarás de ahora en adelante-
-¿Qué ha pasado?- la voz de Ilona era desgarradora, y tenía definitivamente un tono más grave que el de Mina Murray.
-Has regresado, amor. Hemos regresado los dos… de la muerte-
-No…- ella intentó moverse, impactada por aquella afirmación, resisitiéndose, pero daba pena. Era un ser débil, inerte todavía.
-Te ayudaré, debes beber mi sangre otra vez, y vivirás-



---*---*---*---

Afuera no ocurría nada más que un viento frío mientras un coche traspasaba el puentecillo directo a la entrada principal de la mansión. Y ya Reinfield lo sabía, así que allí estaba, parado bajo el arco de entrada a la mansión, muy a la expectativa.
Era la peor noche para tener visitas, visitas otra vez. Reinfield no sabría qué hacer, el Amo solamente se dedicaba a Ilona que estaba en cama y aún no despertaba.
El coche llegó a la entrada, y a la luz de un farol de gas, no pudo ver nada que le indicara que el coche era de alguien de La Orden del Dragón. Había pasado todo el día recogiendo los cuerpos y enterrándolos en el patio de atrás, y no estaba listo para enfrentar más gente de La Orden.
Había pasado un día, un día desde la matanza de la noche anterior, un día desde la muerte de Mina, y dos días que ellos estaban ocupando la mansión Carfax otra vez. Parecía mucho más tiempo.
Pero la gente que venía en aquel coche no sabía que habían venido en muy mal momento: la noche.
Los caballos se detuvieron frente a la entrada, provisionalmente arreglada, y Reinfield esperó, aparentando normalidad total.
No tardó mucho en bajarse un caballero con sombrero de copa que afortunadamente no era Lord Ruthford (recordaba la desagradable pero crucial visita del hombre ayer por la tarde) Y tanto mejor, Reinfield no podría controlar la ira de estar frente a los hombres que asesinaron a Mina Murray.
-Buenas noches, señor Reinfield-
"Señor" pensó el hombre. Sin duda no era Lord Ruthford ni nadie de su gente. Entonces adivinó quienes eran en realidad, y no se tranquilizó.
-Scotland Yard- Reinfield se inclinó con cortesía. Pero no se apartaba de la entrada de la casa.
-Así es, agente McGrath- se presentó con ligero ademán.
Al no decir nada Reinfield, el hombre habló:
-¿Se encuentra el señor Grayson en la casa?-

---*---*---*---

-¿Qué ha pasado?- Ilona parecía inquietarse por momentos -¿Dónde estoy? Todo es diferente, tú estás muy diferente-
Alexander la tomó de la mano y ambas pieles eran frías.
-Ilona…- él no sabía cuánto estaba ella lista para saber todo –Todavía estás muy débil, debes fortalecerte primero-
-No, dime. ¿Por qué… por qué me ofreces sangre. Tú sangre? No sé quién eres- Ilona estaba muy débil como para quitar su mano de la de él.
Él no dijo nada, entonces el rostro impecable y sobrenatural de Ilona mostraba signos perturbadores.
-Yo nunca he sabido lo que tú eres- le reprochó con terrible lucidez– Pero ahora recuerdo. Yo era otra persona ¿Dónde está esa chica?- soltó con espeluznante lucidez.
-Ella ha muerto para que tú vivas-
-Yo recuerdo- poco a poco la mujer de la cama recobraba vida y algo de movimiento, y su mano apretó la de Alexander. Recordando –Fue toda una vida, yo tenía una familia, recuerdo-
-Sí, tenías una vida, y lamentablemente no puedo tener todas las respuestas. Soy sólo un ser de la noche, un espíritu y a veces no sé quién soy-
-Vlad- exclamó ella con más fuerza.
-Lo fui una vez, ahora soy Alexander Grayson, y vivimos en Londres… en el año de 1891-
Ilona no estaba en posición de negar nada, debía escuchar la verdad. Y ya no había vuelta atrás. Alexander quiso ayudarla a recostarse de la cabecera para no estar más allí tirada. Debía oírlo y aprender.
Era como una niña recién nacida. Estudió la habitación entera entre maravillada y perturbada, y afuera de la ventana brillaba la luna.
-Yo te ayudaré. Yo estoy a tu lado, aprenderás, y serás muy fuerte, Ilona- y con Alexander a su lado como apoyo, no corría ningún peligro.
-Me mataron, todos ellos- entonces ella recordó pues la imágenes estaban regresando a su mente despiadadamente–Me mataron, y a ella también. ¿Cómo es posible? ¿Por qué? Dime ¡Me mataron dos veces!-
-Pero ya eso no ocurrirá nunca más, mi amada- su voz sonó muy severa –Ahora eres fuerte e inmortal y tal vez ésta sea nuestra venganza ¿Lo ves? Aquí estás, y ya no podrán contra ti-
Entonces, ya no soportaba todas las imágenes que venían a su memoria, y un brillo terrible iluminó las pupilas azules de Ilona, y su rostro cambió por un momento, y no había nada de la joven que fue en vida y mucho menos la recién nacida débil que había sido desde hacía unos momentos. Los ojos llorosos se transformaron y los colmillos nuevos y filosos aparecieron entre sus rojos y carnosos labios. Entonces Alexander se corta a muñeca y le ordena:
-Bebe de mi sangre-
Y ella lo hizo, impulsaba por algo más allá de su entendimiento. Bebió de la sangre de su esposo, vivo otra vez.

jueves, 9 de octubre de 2014

Capítulo XXI - A las puertas del infierno

El lugar apestaba a muerte.
El hombre caminó sigilosamente por el suelo enlodado de la colina, pisando fuertemente para no caerse con sus botas.
El puente de piedra era muy poco transitado en esos días, pero aún pasaban por allí los carruajes que iban a la campiña, dejando atrás la congestionada Londres.
Una persona normal no encontraría nada particular en aquel lugar, pero Van Helsing conocía muy bien el olor. Y ahí había un nido infecto, y él lo encontraría.
El sol brillaba tenuemente entre la neblina, pero se sentía su calor. Mortal para cualquier nosferatu.
Los lugareños no se acercaban porque hacía poco se habían encontrado cuerpos a orillas del riachuelo, totalmente desangrados. Así que se temía la existencia de algún animal peligroso por los alrededores, pero él no comentaba nada al respecto. Él tomaba su maletín y se iba a recorrer escondrijos y parajes siniestros.



Llegó hasta bajo el puente, y las piedras desgastadas presentaban un aspecto bastante ruinoso, y se apresuró a investigar antes de que lo alcanzara el medio día, y luego la tarde y finalmente la terrible noche.
Nada atrajo su atención, pero el olor era más fuerte. Finalmente sus ojos dieron con una apertura escondida en una sombra, justo en la columna más ruinosa del susodicho puente. Y Van Helsing se dirigió directo allí.
Pensó en Grayson, y en que él podía andar en las sombras así fuera de día, pero sacudió sus temores pues ningún vampiro era como El Caído. Entraría al escondrijo y ningún ser podría atacarlo.
Adentro era asfixiante y húmedo, pero él soportó la oscuridad y el aire. Encendió una antorcha que llevaba en su maletín… la estaca sagrada rozándole la mano, bastante cerca, y después de encenderla con un cerillo empezó a iluminar el lugar: entrando por la apertura en la piedra, obviamente había un camino abierto en el interior del suelo.
Pero no era muy profundo, agachado Van Helsing no se equivocó, pudo entrar a una pequeña cámara bajo tierra, excavada y acomodada por manos humanas… y que contenía varias cajas…
El alma se le heló, porque por más acostumbrado que estuviera a esas andadas, jamás se estaba de verdad listo para enfrentar a un no-muerto, y en ese caso, a varios.
Una de las cajas llamó más su atención y decidió empezar por ésa, sin detenerse a analizar mucho las cosas. Eran cajas de madera comunes y corrientes, así que supo que sus habitantes eran vampiros inferiores, tal vez neófitos.
Abrió la caja sin dificultad, la tapa de madera superpuesta llena de polvo que casi le hace estornudar. Y sin hacer nada de ruido se movía, tal vez solamente el fuerte latido de su corazón era lo que más se escuchaba en aquel recinto.
Nunca se estaba totalmente listo, sudaba y las manos le temblaban. Van Helsing sacó su estaca y su martillo para estar listo, también llevaba una filosa espada, pero nada de eso le alivió el impacto de ver el rostro del ser oculto bajo la tapa de la caja.
Así que Lucy Westenra también había caído en sus manos. Lo sospechaba, pero albergaba todavía una vaga esperanza de que se equivocara.
Pero tampoco se equivocó.
Debía matarla, era espantosa a pesar de tener una belleza superior a la que tenía en vida…
La joven abrió los ojos cuando Van Helsing la descubrió, lo que le provocó un terrible escalofrío.
-Profesor- dijo el ser con serenidad, y sus ojos muertos estaban casi blancos en aquel momento. Recobrarían la vida cuando ella se alimentara otra vez –Entonces usted…- empezaba a descubrir lo que era, y todavía le quedaba algo de la antigua Lucy- Vaya sorpresas he tenido yo este año ¿Eh?-
-Lucy, cuánto lo siento- lamentó Van Helsing alzado al lado de la caja –Sé que Alexander Grayson te hizo esto…-
Ella torció la boca en una mueca horrible al oír aquel nombre.
-¿Dónde está él? Dime y te vengaré- le ordenó el hombre. La mujer evadía su ojos –¿Dónde está Drácula, Lucy?-
-Sigue en Londres, Van Helsing- le respondió la vampira, paralizada ante la visión del crucifijo que colgaba del cuello del cazador- Él está ahí todavía, en Londres, en su propia casa-
La vampira le dijo todo con serenidad. Y lo más sorprendente era que no parecía tener intensiones de resistirse a nada.
-Van Helsing- volvió el ser a decir con una sonrisa que no se sabía si era de burla o de satifacción –Estoy en el infierno. Usted es mi salvador entonces, vaya cosa-
Van Helsing no titubeó, rápidamente procedió a su labor terrible y sin piedad colocó la estaca en el pecho de Lucy.


Y los espantosos gritos sobrenaturales que venían de la guarida bajo el puente apenas se oyeron en los alrededores.

---*---*---*---

Ilona parecía estar dormida, pero su aspecto en aquella cama era peor que el de un cadáver, y no se podría decir por qué, su belleza era sobrenatural ahora. Era un ser que estaba a puertas del infierno, y de alguna eso se veía en su materia. Si algún ser humano normal la viera, no podría soportarlo.
-Ilona, muy pronto despertarás- le decía él, expectante, sentado al lado de la cama, en la penumbra –Y sé que no será fácil-


Reinfield había llegado a la habitación en ese momento para encontrarse con el Amo, y llevaba una carpeta de papeles en su brazo.
-Deberás alimentarte, de ellos- murmuraba el Amo cabizbajo, hablándole a la muerta.
-¿Señor?-
Alexander se fijó en su sirviente, o más bien, su abogado, y admiró su presencia. Parecía todo un señor. Reinfield se encargaría de Carfax de ese día en adelante.
-Qué bueno, los papeles- dijo al verlo. Se irguió en la silla -¿Tenemos todo en orden para la venta?-
-Sí, afortunadamente-
-Bien, ése será tu trabajo, lo último que tienes que hacer aquí en Inglaterra-
El hombre obervaba nervioso el cuerpo en la cama. Alexander prosiguió:
-Mi vengadora pronto despertará y la Orden del Dragón conocerá su ira, Reinfield. La ira de Ilona-
Ésas fueron las palabras de Alexander Grayson ese día, esperando la noche, lo que se venía cuando Ilona regresara de la muerte en aquel cuerpo.

Capítulo XX - Un mundo mejor

Mina Murray moría y ya no había vuelta atrás.
Cuando Reinfield los encontró, soltó un grito ahogado al ver el espectáculo que se presentaba ante sus ojos: en el suelo estaba tendida Mina, inerte, y arrodillado a su lado estaba el Maestro: y parecía un cuadro trágico, él arrodillado ahí y tomando a su amada con sus brazos, tal como María hacía con Jesús al pie de la cruz en la famosa obra de "La Piedad" de Miguel Angel.
 Y la vida se le iba rápidamente.
Ella miró a Alexander que estaba allí a su lado, y, para su sorpresa, sonrió tranquilamente. Él tenía el bello rostro totalmente compungido por el dolor, pero aquella sonrisa… aquella sonrisa le estaba hablando y sus facciones se relajaron.
"Tómela" le había dicho siempre Reinfield, y él estaba justo ahí parado como un espectador.
Estaba terriblemente perturbado, pero algo en su interior seguía cuerdo, y pasarse el resto de la eternidad solo otra vez, le resultaba mucho peor.
Los ojos profundamente azules del ser miraron a su Mina que poco a poco dejaba de respirar, y sus ojos dulces que no dejaban de mirarlo, se cerrarían para siempre. Entonces, el vampiro supo lo que tenía que hacer y a pesar de que luchó por mucho tiempo contra ese instinto, ahora no lo detendría.
Cuando los párpados de la joven finalmente se cerraron, Alexander susurró y su voz entró en la mente moribunda de su amada tendida en su regazo:
-Eres mía, Mina Murray, mía eternamente. Carne de mi carne, sangre de mi sangre, vida de mi vida. Tú acudes a mi llamada, y yo te digo ahora "ven"-
Y entonces Reinfield lo vio todo, los colmillos afilados de la feroz boca acercándose al blanco cuello de la señorita Murray, y el beso de sangre sobre el tierno cuello de Mina era como nunca antes lo había visto, un beso suave pero igualmente sangriento.
Jamás el Amo había sido tan gentil, y Mina jamás imaginó sentir tal excitación, en lo pocos segundos que restaban de su consciencia y su vida.
-¡Bebe de mi sangre!- con ojos encendidos como los del can Cervero en el mismo Hades, Alexander ordena mientras saborea por primera vez en sus labios la sangre de Mina Murray –Serás vengada Mina, ahora todos y cada uno de ellos te servirán como esclavos. Eres mi compañera-
Ella apenas podía ver, y él estaba allí igual de hermoso a como era en sus noches de pasión, pero su mandato era terrible. Él se abrió la camisa blanca y con una uña afilada como garra se rasgó el pecho, y ella atendió a su mandato, si no bebía de su sangre se asfixiaba.
Y así, Mina Murray dejaba de existir.

---*---*---*---


El silencio era agobiante en toda la mansión Carfax a pocas horas del amanecer.
Los cuerpos de los muertos seguían tendidos en donde habían quedado, a nadie le importaba. Toda la sangre esparcida, y los pedazos de carne pudriéndose ya, por aquí y por allá. No importaba. No por ahora.
Reinfield había permanecido en vigilia como un animal nocturno la noche completa, y en ningún momento flaqueó su energía ni voluntad. Algo nuevo fluía en él, lo sabía, era un humano totalmente esclavizado por el Amo de la noche.

Mientras, él estaba recostado de su sillón como si jamás hubiera pasado nada, con la negra capa arreglada e impecable, y el rostro oculto por las sombras.


-Y ahora ¿Qué planea hacer, señor?- el sirviente lucía su traje impecable otra vez, y todo parecía ser como era hacía unos meses, cuando el Amo trabajaba en la Compañía Grayson y casi que podía sentirse un hombre normal –La señorita Murray y yo le dijimos a aquel individuo que venderíamos la propiedad. Ahora no sabemos qué hará Lord Ruthford después de esta noche. Qué hará La Orden del Dragón-
-Mina y yo ya no viviremos aquí, Reinfield- finalmente Alexander habla, como si estuviera despertando de un sueño.
El Amo había llevado a Mina a una de las habitaciones y allí permanecía, y Reinfield no sabía si lo que estaba en aquella cama era un cuerpo ya sin vida… u otra cosa.
-Nos vamos, nos vamos a Transilvania al castillo de mi padre-
Reinfield ladeó la cabeza.
-Oh, sí- prosiguió Alexander al ver su gesto -Voy a reclamar lo que es mío. Es mi castillo ahora, y ya no seguiré en este maldito lugar- sonó bastante soñador. Había una enorme serenidad en Alexander Grayson como Reinfield jamás había visto.
Parecía que su alma estaba al fin en paz.
-Pero...- Reinfield tenía muchas cosas en la mente todavía, pero suponía que con el tiempo se aclararían- ¿Y ella?- preguntó con recato.
-Ilona- pronunció en un susurro –Ha regresado, y sé que ahora no hay un mundo para ella. No aquí en Londres, aquí ya no había nada. Pero estoy seguro que en un futuro…-
"En un futuro" Alexander ya no hablaba de la vida eterna como una maldición.
-En un futuro habrá un mundo mejor para Ilona-
Reinfield entendía por qué el Amo finalmente había hecho lo que había hecho. Nunca quiso hacerlo para poseer su alma, y no lo hizo así.
Sonrió, y Alexander, creyó ver, también sonreía.

Capítulo XIX - Adiós a Mina Murray

Un trueno resonó con furia infernal en el cielo y la mansión Carfax se estremeció ante el golpe de un poderoso rayo.
Una extraña tormenta de rayos se acumulaba, como un remolino de nubes centellantes y terribles.
Fue como si el día se hubiera aparecido por un momento y Mina pudo ver los hombres que habían entrado y que ahora la rodeaban por el frente y por los lados. Desconocidos, altos, bien vestidos, pero armados con filosas espadas y miradas despiadadas.
Vio la muerte allí en segundos, atrapada por sorpresa, indefensa y presa de seres que ni los monstruos del infierno eran así. No había maldad peor que la de los hombres. Mina lo supo en ese momento, y ni lo peor de Drácula alimentándose de sangre humana era tan malo.

---*---*---*---

El trueno que retumbó por las salas vacías de la mansión hizo que Reinfield se sobresaltara de tal manera que casi pierde el equilibrio, se tuvo que sostener con una mano del viejo carillón que tenía enfrente de sí.
El corazón le quedó acelerado, y sudaba. Ya era la hora y en cualquier momento esperaba la figura aparecerse entre la neblina blanca sobrenatural. Entonces oyó un grito que le desgarró lo oídos, y los lobos donde quiera que estuvieran empezaron a aullar.
El hombre supo que era Mina, y el sonido venía de la terraza que daba al jardín trasero. Allí estaba Mina. Sin pensarlo corrió, y saliendo del comedor tropieza con una sombra. La sombra era muy humana, un hombre pequeño porque muy pocos tenían el inmenso porte que tenía Reinfield, así que difícilmente lo dominaría.
-Un intruso- exclama en voz alta muy sorprendido, aunque ya con tanta experiencia al lado de Alexander Grayson, Reinfield tenía ciertas habilidades.
El hombre iba a matarlo, pero su mano se vio sujeta por el fuerte brazo de Reinfield con una rapidez sorpresiva. Pero era ingenuo si pensaba que solamente un hombre estaba allí para matarlo, otro se apareció por atrás salido de la oscuridad y con una pistola en la mano apunta hacia Reinfield.
Pero un golpe hizo volar la pistola de la mano del otro intruso.
Los lobos aullaban y nadie sabía de dónde venían esos lobos. No había tales animales sueltos en Londres. Pero oírlos alegraba mucho a Reinfield, aunque fuera un presagio mortal para la mayoría que los oía.


Un tercer intruso aparece cuando Reinfield logra dominar a los dos anteriores, uno más venía al ataque mientras forcejeaban.
-¿Qué está ocurriendo en esta casa?- tronó furiosa la voz del dueño, una niebla blanca se cuela por entre los escasos muebles que quedaban en el lugar –Intrusos saqueadores malditos-
Alexander había regresado a la Mansión, entrando majestuosamente a su propiedad, tal como su sirviente esperaba, y se encuentra con eso: Un insulto, una provocación directa. Ya no lo toleraría más.
Furioso, se acerca a los que mantenían a su sirviente aprisionado y los hombres perplejos no entienden cómo ni cuándo se había colado Grayson adentro de la mansión, y estaba frente a ellos ahora, cuando no había señal alguna de que el hombre estuviera en la propiedad.
Otro rayo feroz ilumina la noche con estruendo.
-¿Grayson?- grita con rabia uno de ellos, pero fue lo último que dijo ya que de un zarpazo, el cuello se le rebana en dos, desprendiendo casi su cabeza.
Despachado uno, Alexander va por el otro y libera a Reinfield arrancándole los brazos al segundo intruso. El tercero cayó también al instante.
-¡Mina ¿Dónde está?!- gruñe furioso, todo salpicado de sangre. Pero Reinfield no sabía nada, entonces Alexander tiene un nefasto presentimiento y voltea hacia la parte de atrás. Desde allí oía su agitada respiración.
-¡Alexander!- al fin ella grita desde afuera y su voz traspasa las paredes físicas y espirituales. Soltando los cuerpos muertos y desmembrados de los hombres, él se desaparece de la vista de Reinfield.

---*---*---*---

Nunca creyó que volvería a verlo, otra vez se sentía que estaba en las prisiones de Transilvania, y Mina era arrastrada por el piso, golpeada por cuatro intrusos que la aprisionaban. Tal como la noche en que mataron a Ilona.
No podía creerlo, la rabia que tenía pasó a ser terror ante el terrible espectáculo.
La furia del vampiro se desbocó, y los hombres no tenían idea de con qué se estaban enfrentando.
No lo entendían, quién era el recién llegado de la capa negra, que ahora se lanzaba contra ellos y al que apenas podían ver.
Cayeron muertos horriblemente dos de ellos, mientras los restantes aprisionaban a Mina totalmente atontados por lo que veían. Pero Mina había notado algo terrible, uno de ellos tenían un crucifijo colgando de su cuello, de hecho, ahora reconocía a gente de La Orden, tenían objetos sagrados, al menos los que estaba viendo en ese momento a la luz de los relámpagos.
-¡Cuidado Alexander!- le gritaba a él con lo que le quedaba de fuerzas.
El vampiro siente la debilidad ante los objetos sagrados y no puede usar todas sus habilidades.
-Oh Dios mío- balbucean los intrusos que quedaban vivo, y que mantenían a Mina aprisionada- ¡Es cierto. Es cierto!-
Con ojos desorbitados reconocían a la bestia sobrehumana que tenían delante de sí, de la que se rumoreaba tanto en las entrañas de La Orden del Dragón. Pero era una bestia que no le llegaba ni por los pies a la corrupción y la maldad de la humanidad.
Expectante, Alexander no podía acercarse mucho debido a la fuerza repulsiva de los crucifijos.
-Dicen que soy el demonio- Se reía con los colmillos ensangrentados, lleno de una ira milenaria –Debería demostrarles entonces, a todos ustedes, por qué soy el demonio. Si no sueltan a Mina… ya lo verán-
Aterrados, los hombres recordaban sus órdenes y no se iban a dejar intimidar. No soltarían a la mujer, que por más que intentara hacer algo, eran demasiado fuertes para ella.
Entonces la sangre corrió otra vez, y el blanco camisón de la atormentada joven se salpicó de muerte. El vampiro atacó otra vez, pero el arma bendecida que cargaba el que sujetaba a Mina era demasiado fuerte.
Pero él no se dejaría vencer, y aunque se moviera más lento, fue a por el último hombre y… lo que vio a continuación fue que aquel hombre se despojaba de Mina como si fuera ella una muñeca de trapo, la tiró al piso como basura y… el camisón blanco tenía una gran mancha de sangre en el pecho.
Había sangre por todas partes, él no podía tomarse en serio esa sangre, no era de ella.
Esa sangre no era de ella.
El hombre que la había tirado sonreía antes de morir devorado.
"La sangre no es de Mina" se repetía Alexander, cansado y atormentado por el influjo de los crucifijos, su poder estaba casi extinto, cuando la vio a ella inerte sobre el frío piso de piedra.
Se tiró sobre ella y tomó su fragilidad entre sus brazos. Entonces descubrió el plateado puñal que le habían clavado por la espalda, y la atravesaba casi toda. Su blanco camisón no tenía nada más que la sangre ajena. Estaba empapado de la sangre de Mina.



martes, 30 de septiembre de 2014

Capítulo XVIII - La muerte toca a la puerta

Finalmente, y en algún momento y no supo cómo, Mina se queda dormida en el sillón por unas dos horas, y hubiera dormido más sino fuera porque Reinfield la despierta con cierto apremio y sin el aire ausente que había tenido durante toda la noche.
Abrió los ojos y antes de preguntarse qué pasaba, distingue que había un hombre más allí, parado bajo el marco de la puerta de entrada.
Era alto y muy elegante, y estaba muy impactado de encontrarlos allí a los dos.
-Buenas- Mina se pone de pie rápidamente para recibir al caballero que llegaba a Carfax. Aunque no podría explicar condición tan extraña, ella sola con Reinfield en Carfax y además durmiendo en un sillón. Y su aspecto, en camisón, con apenas un abrigo improvisado que no era de su propiedad, no debía de ser muy presentable.


-Disculpe, no sabía que esto estaba habitado- dijo el hombre, aún sin salir de su asombro -¿Qué hacen ustedes aquí?-
-Soy la señorita Mina Murray y él, ya debe saber que era el sirviente del señor Grayson, dueño de esta propiedad- Mina se sentía muy segura y hablaba con naturalidad.
El hombre soltó una exclamación.
-Soy Lord Ruthford, no creo que me conozca- el caballero se presenta también, pero no se acercaba mucho- Soy… empresario- agregó con poca seguridad.
-¿Trabajaba para el señor Grayson?-
-Hum- hizo una pausa, luego prosiguió -Señorita. Tal vez no debe saberlo, pero el señor Alexander Grayson está siendo investigado por la Scotland Yard-
Reinfield dio un respingo y le dirigía miradas nerviosas a Mina.
-Se descubrió que la compañía Energías Grayson era una farsa, y se sospecha que el señor Grayson esté involucrado en diversos crímenes… apartando el hecho de que destruyó parte de Londres no hace mucho. Es buscado por la ley. Por eso me sorprende encontrar a tan encantadora joven aquí sola con… el sirviente del señor Grayson-
El desprecio con que Lord Ruthford miraba a Reinfield puso nerviosa a Mina, y le decía mucho acerca de la naturaleza de aquel hombre desconocido.
-No ignoro eso señor, pero Reinfield y yo estamos aquí porque esta propiedad será vendida. El señor aquí presente- y aclaró que Reinfield merecía respeto- es el abogado que se encargará de la transacción-
Ruthford permanecía perplejo, aún sin moverse de bajo el arco de entrada, luego soltó una risa chocante y sospechosa. Mina se sintió incómoda.
-No creo que esta casa pueda ser vendida, ya que pertenece a un criminal. Debe pasar a manos del gobierno-
Entonces y sin ser invitado, el hombre entra y se pasea por la sala, llegando hasta la chimenea donde solía sentare muchas veces Alexander.
-Disculpe, pero…- ofendida por la actitud tan irrespetuosa de aquel Lord, ella reacciona.
-Señorita- enseguida el hombre le corta- Será mejor que regrese a su casa y se mantenga a alejada de estos asuntos que no le conciernen. Y usted…- se dirigió a Reinfield y no se atrevía a llamarlo "señor"- Sin duda que debería también rendir cuentas a la Scotland Yard…-
Mina encolerizada se interpuso entre el hombre y Reinfield.
-Disculpe señor, pero está invadiendo una propiedad privada. Y segundo, este hombre no tiene que rendir cuentas ante ninguna autoridad…- pero se detuvo. Ruthford al verla enfrentarlo puso una cara de arrogancia que intimidaba a la joven, y no sólo eso, comenzó el hombre a fijarse en su atuendo.
Mina retrocedió intimidada aunque se odiara por eso. Pero las miradas irrespetuosas de aquel hombre habían doblegado su voluntad. No estaba bien vestida, y era una chica muy joven y delgada ante aquel tipo tan alto y arrogante.
Era una cucaracha para él, y ahora no se dignaba siquiera a mirarla a los ojos, sino que la miraba por todas partes.
Era igual a como Ilona lo fue ante sus captores, una mascota, una cosa inferior a merced de todo lo que ellos quisieran hacerle. Y a ella tampoco la miraron a los ojos jamás, sino el cuerpo nada más, y con lascivia, como si no fuera una persona sino un pedazo de carne sabrosa y humeante.
Una mujer caída en desgracia era presa de los mayores abusos que mente alguna pudiera imaginar. Ahora Mina lo estaba viviendo en su propia piel.
-Señorita Murray, debe protegerse. Una chica tan linda como usted andando sola y altanera- meneaba la cabeza con lástima- No tiene un hombre que la proteja, y a las chicas que no tienen quien las proteja pues caen en malas manos-
-¡No está sola, parece que está usted ciego, señor!. Yo estoy aquí- se interpuso Reinfield con mucha lucidez.
Era como si le hubiera hablado un animal. Ruthford se rio de Reinfield, era en verdad como si le hablara algún perrito entrenado.
Se quedó un rato allí regocijándose de los dos, pero sabía que perdía su tiempo, así que no tardó en dar la media vuelta con elegancia y ajustándose su capa, y echando una última mirada a la joven:
-Oh, ya entiendo todo. Usted debe ser otra de las enamoradas del Grayson, que tenía miles. Niñas ingenuas deslumbradas por su encanto, insoportables a la hora de defender a quien aman- sonrió con hipocresía -Niña, en verdad le aconsejo que regrese a su casita y se busque un marido, porque corre peligro con esas altanerías y libertades-
-Y usted lo corre más- Mina lo enfrentó sin intimidarse –No sabe con quién se está metiendo, señor-
Y Ruthford en verdad no se imaginaba lo que significaba la amenaza de Mina, pues para él todo eran palabras de una niña, y nada más. Un sirviente extranjero y una mujer… era como si Ruthford se hubiera topado con dos graciosas pero insignificantes mascotas de Alexander Grayson.
Cuando el hombre desapareció por la puerta, la fortaleza de Mina se derrumbó y se refugió en los brazos de Reinfield y lloró.
Los dos no dudaron que la visita desagradable había sido de un miembro de La Orden, se le veía por la ropa, así que no tenían a dónde ir. Para evadir a Van Helsing ella no podía volver a Londres, porque la encontraría, si se quedaba allí… ya no estaba tampoco tan segura. Y La Orden, si la Orden la capturaba: sería su perdición como lo fue para Ilona, y también sería la perdición de su amado.
No se podía ser fuerte, no se podía dejar de ser la víctima. No en el mundo de los hombres.
Reinfield no dejaba de balbucear como si presintiera algo, Y Mina, Mina sentía que debía proteger a Alexander de la calumnia y de La Orden del Dragón.
Y no se iría de Carfax ese día. No le daría el gusto a la maldita Orden de entregarle todo sin resistencia.

---*---*---*---

El sol empezaba ya a palidecer y para el hombre que revisaba con nerviosismo su reloj, la hora angustiosa ya llegaba inminente: La noche.


Cada noche era una amenaza para su vida. Y Van Helsing se preguntaba qué estaría esperando Grayson para atacar.
La espera era peor que una agonía.
Pero Grayson no atacaba. El cazador era difícil, sí, pero una presa mortal nada más para el nosferatu mayor ¿Qué tramaba?
Algo tramaba que no se acercaba a él para matarlo. Que ya no sentía el infecto hálito del ser por la ciudad de Londres.
El parque lucía vacío, o tal vez eran ideas suyas que la gente toda tuviera miedo esos días, y desapareciera con la luz del día. El vampiro no dejaría que sus hijos, los vampiros que pululaban por Londres, le dieran caza a él.
No, Alexander juró venganza contra Van Helsing y la cumpliría él, no vampiros menores. Pero ahí estaba, con su maletín, y a vampiros mataría hasta dar con él.
Así le llevara el resto de su vida.
 

---*---*---*---

Alexander Grayson no tenía interés, Alexander Grayson no pensaba porque ella lo había perdonado, y volvían a unirse Vlad y Ilona, y no había cazador ni amenaza que empañara su felicidad ese día. Valoraba su vida maldita ahora más que nada, porque había tenido la oportunidad de llegar hasta esa éspoca y encontrarla otra vez. Y Van Helsing había sido, irónicamene, quién hizo eso posible.



Escondido en un cajón de tierra, bajo la miseria del mundo, pensaba en la respuesta de Ilona. "Perdón". El haberle explicado la verdad y el haber recibido su perdón. Su amor era eterno.
Y era feliz.
Esperaba la noche con ansias ardientes, e iría a devorarla con pasión. "Suya, su Mina, por toda la eternidad" La pasión era incontrolable, y temía cometer una imprudencia, y luchaba contra sí mismo para no arrastrala a ella a esa vida infernal.
Pero estaba perdiendo la batalla.

---*---*---*---

-¿Qué hora es?- repetía Reinfield parado frente al carillón que aún marchaba al ritmo del Big Ben, y hablaba para sí mismo, solo, y no le importaba –Amo, me ha abandonado y ahora no sé qué hacer ¿Qué hago con Mina, Amo?-
Hablaba solo, en el comedor vacío, y creía ver a su señor sentado donde siempre solía hacerlo "¿Qué hora es? ¿Qué debo hacer con Mina Murray? Amo, sé que vendrá pronto, lo espero" decía. Y hacía rato que no veía a la joven. Mina se había desaparecido después de que se marchara aquel hombre, y desde entonces andaba por la casa caminando y sin poder detener sus pensamientos.
El jardín estaba seco, y frío, la niebla lo cubría todo. Y aunque se hubiera arreglado un poco de su aterradora noche anterior por las calles de Londres, vestía el mismo camisón blanco.
Nada más que un camisón porque esperaba a su amado.
Y sentía el olor de la noche, el rocío, las estrellas. Todo era una sensación nueva y hermosa. La noche llegó, y todo volvía a ser hermoso, porque sabía que lo volvería a ver, y le contaría todo y los problemas se resolverían…
Había una terraza que una vez estaba llena de rosas, ya allí se paró Mina a contemplar la noche estrellada y fresca…


-Las chicas lindas no deberían estar solas- le habló una voz desconocida.
Con un giro violento, ella voltea para distinguir que no estaba sola, sino que había una sombra tras el ventanal.
¿Una sombra? Eran dos, eran tres, por el jardín se aparecían otros hombres desconocidos… y abrió la boca para gritar. La Orden había mandado a aquellos hombres, sin duda alguna. Habían descubierto a Mina en la mansión de Grayson, ahora era una chica a la que había que desaparecer. Después de todo estaba sola, no tenía ni familia, ni a su novio Jonathan Harker que demandara explicación por su muerte.
Mientras abría la boca para gritar lo vio todo con total claridad, era la chica sola en la propiedad de un enemigo, que se interponía impertinente y que les estorbaba el camino… Era la chica que aparecería muerta en alguna parte del río y que sumaría un número más a las estadísticas.


Capítulo XVII - El mundo es de todos

Parecía que el tiempo pasaba a velocidad doble, porque cuando volvió a ver a Reinfield, ya la claridad del amanecer lo cubría todo.
Y con la llegada del día, se esfumaban los sortilegios y la magia del mundo nocturno. Y se podía llegar a dudar de su existencia incluso si se hubiera sido testigo de ello.
Mina quedaba allí sola otra vez, perdida en su nueva realidad.


-¿A dónde va, Reinfield?- ella seguía mirando la calle, como si pudiera distinguir a su amante desaparecido, todavía allí presente.
-En realidad no lo sé- impotente, Reinfield actuaba como un autómata. Ni él mismo podía saber a dónde iba su amo.
-¿Y ahora a dónde voy a ir yo?- le preguntaba al hombre con la voz ahogada –¿Cómo esperan que regrese a mi casa, si Van Helsing está detrás de mí, si Lucy está detrás de mí? No voy a regresar a mi casa, yo ya no pertenezco allí, ni aquí, ni a ninguna parte. Y por mí se pueden morir todos- Tenía demasiado fresco el luto, la desesperación por la visita de Lucy, la conflictiva situación que el profesor Van Helsing le planteaba, y sentía rabia. No iba a ser cómplice de Van Helsing, aunque la razón humana le dijera que el profesor era el "bueno de la historia".
Mina quería desaparecer.
-Creo que hay mucho que hablar sobre la Orden, me preocupa todo lo que me dijo anoche- él se sacudía el rocío de su abrigo y secaba su cabeza con un pañuelo –El amo necesita saber…-
-Pero tu querido amo jamás está presente- ella le recriminó, pero luego cambió de tono cuando recordaba que era inútil decirlo, y que Reinfield no tenía culpa de nada -Regresemos a Carfax-
Reinfield ladeó la cabeza extrañado. En realidad, el amo no había dicho nada de jamás regresar a Carfax. Mina parecía estar muy segura de lo que decía.
Cansados los dos, regresan al carruaje, y con paso quedo, el caballo avanza calle abajo, perdiéndose de la vista.

---*---*---*---

La mansión se presentó ante sus ojos como una inmensa mole de cemento, y de lejos no se notaba señal de abandono, pero sí parecía un lugar fantasmal.
Cuando el carruaje se detuvo, Mina no esperó a que Reinfield le abriera la puerta, bajó y entró a la casa señorialmente. Atrás, el hombre la observaba con admiración.
Definitivamente ya no era aquella chica ingenua y joven que estudiaba medicina en la universidad.
El entrar allí por segunda vez, después de su noche con Alexander, la llenó de recuerdos y felicidad. Y ahora era obvio que además de signos de abandono, también había signos de vandalismo.
-¿Lo ve? Han estado aquí- oyó a Reinfield hablar atrás detrás de ella.
-Ordo Draco- pronunció la joven con desagrado y el recuerdo de un hombre mayor, cubierto por una túnica, se le apareció ante sus ojos.
-Están investigando a Alexander Grayson. No olvidan lo que les dijo Lady Wetherby y Van Helsing-
-Es cierto, pero igual no tienen ninguna potestad sobre esta propiedad. Es de él, y tiene todo el derecho de seguir habitando aquí-
-El amo no regresará aquí, mucho me temo. Cuando mucho la venderá- él suspira con melancolía.
-Bien. Hay que vender Carfax y no dejarla en este estado, para que todos ellos vengan a hacer lo que les plazca-
Observó con tristeza el oscuro despacho con el escritorio donde Alexander siempre la recibía. Ya el lugar no tenía cortinas, y no había ni un solo libro o papel en los estantes. Valiosos volúmenes, y tesoros que eran de él se los habían llevado.
Buscaban cualquier información sobre el origen de Alexander.
-Yo puedo encargarme de esto- planeó la joven rápidamente, en una forma de ayudar -Venderé la propiedad en su nombre y no dejaré que sigan saqueando sus cosas-
-Pero… ¿Cómo hará eso, señorita?-
Ella se había emocionado, pero ahora cruzaba una sombra.
-Ah, claro, soy mujer- entonces, toda la voluntad de Mina pareció opacarse -No tengo derechos si no es a nombre de un esposo- bufó y sus energías se acabaron por completo- Y él no es mi esposo- musitó.
El peso de la noche cayó sobre su frágil cuerpo y casi no podía mantenerse en pie. Por un momento había olvidado el por qué las mujeres no podían ser iguales a los hombres, ahora lo recordaba.
–Tienes razón, Reinfield… nada podemos hacer- y parpadeaba para rectificar su ingenuidad.
-Su idea es buena- quiso animarla él- Estoy seguro de que él hará algo para que sea posible. No puedo decirle más- le decía Reinfield con una certeza que no sabía de dónde la sacaba.
¿Por qué Reinfield vivía con la seguridad de que Alexander estaría siempre allí para ayudarlo? Mina se quitaba esa idea de la cabeza, de que siempre lo tendría a él como un ángel guardián. Ya debía acostumbrarse al hecho de que estaba sola, y que también lo estaba Reinfield. Su amor era un espíritu nocturno, y no podía pretender más de él.
Bajó la mirada con pesar y dio cuenta de su realidad: su figura en camisón, parada en medio de una casa abandonada, esperando siempre por un ser sobrehumano, que no tenía explicación lógica.
Era una locura.
Toda su vida creyó que no necesitaría depender de un hombre, y luchó duro por estudiar para tener una vida profesional (y su corazón encogido le recorba que eso fue gracias al profesor Van Helsing) Era lo que enorgullecía a su padre.
Pero pronto tendría la extrema debilidad mensual propia de toda chica joven, y deseó tener 50 años de una vez. Se sentiría mal, no podría cumplir con los trabajos, tampoco tendría los derechos, y si lograba, con el doble del esfuerzo que un hombre, alcanzar un nivel de educación, y si lograba trabajar, su sueldo sería mísero. Se descorazonó por completo.
Así nadie podía ser fuerte ni lo suficientemente competitivo para compararse con los que dominaban el mundo.
Y vino el recuerdo de Jonathan, que crecieron juntos, que hacían las mismas cosas, pero él no se esforzaba ni la mitad de lo que tenía que esforzarse ella para ser igual. Entonces pensó en Lucy con enorme congoja, y entendió el por qué ella era como era.
Lucy le decía que se olvidara de la igualdad y de los estudios, porque nada lograría con eso, tal vez morir en la hoguera o envejecer sola, marginada y abandonada en una calle. Lucy prefirió ser bella y educada en sus modales, para casarse con un hombre rico, darle hijos y ser feliz como una mujer podía serlo.
Y tenía toda la razón, y sin embargo, ni acoplándose a las leyes del mundo pudo ella escapar de un triste destino.
Ahora estaban todos muertos y ella, viva. El dolor del luto le golpeaba en sus reflexiones crudas mientras se dejaba caer sobre el sillón polvoriento y roto de la sala. Nada servía, ni ser una mujer educada y profesional, pero sin trabajo ni respeto; ni una esposa digna, pero limitada y castrada, que soportaba todas las infidelidades de su esposo, ni tampoco ser una prostituta que se liberara de todo, pero para morir por maltratos, de una enfermedad o asesinada.
Reinfield no podía descifrar todo lo que atormentaba a Mina en aquel momento, pero igual que ella, estaba allí en un mundo injusto en dónde no era más que un marginado. Tampoco sabía qué sería de él ahora, o qué sería de los dos si Alexander jamás regresaba.
Vaya cosa extraña, ahora estaban unidos. Y si una cosa era segura, era que ahora estarían juntos en una dimensión paralela a la humana.
La mansión vacía los albergó mientras el día comenzaba, con sus movimientos rutinarios y los sonidos de la naturaleza. Pero no sabían por cuánto tiempo sería eso así.