Abrió los ojos y antes de preguntarse qué pasaba, distingue que había un hombre más allí, parado bajo el marco de la puerta de entrada.
Era alto y muy elegante, y estaba muy impactado de encontrarlos allí a los dos.
-Buenas- Mina se pone de pie rápidamente para recibir al caballero que llegaba a Carfax. Aunque no podría explicar condición tan extraña, ella sola con Reinfield en Carfax y además durmiendo en un sillón. Y su aspecto, en camisón, con apenas un abrigo improvisado que no era de su propiedad, no debía de ser muy presentable.
-Disculpe, no sabía que esto estaba habitado- dijo el hombre, aún sin salir de su asombro -¿Qué hacen ustedes aquí?-
-Soy la señorita Mina Murray y él, ya debe saber que era el sirviente del señor Grayson, dueño de esta propiedad- Mina se sentía muy segura y hablaba con naturalidad.
El hombre soltó una exclamación.
-Soy Lord Ruthford, no creo que me conozca- el caballero se presenta también, pero no se acercaba mucho- Soy… empresario- agregó con poca seguridad.
-¿Trabajaba para el señor Grayson?-
-Hum- hizo una pausa, luego prosiguió -Señorita. Tal vez no debe saberlo, pero el señor Alexander Grayson está siendo investigado por la Scotland Yard-
Reinfield dio un respingo y le dirigía miradas nerviosas a Mina.
-Se descubrió que la compañía Energías Grayson era una farsa, y se sospecha que el señor Grayson esté involucrado en diversos crímenes… apartando el hecho de que destruyó parte de Londres no hace mucho. Es buscado por la ley. Por eso me sorprende encontrar a tan encantadora joven aquí sola con… el sirviente del señor Grayson-
El desprecio con que Lord Ruthford miraba a Reinfield puso nerviosa a Mina, y le decía mucho acerca de la naturaleza de aquel hombre desconocido.
-No ignoro eso señor, pero Reinfield y yo estamos aquí porque esta propiedad será vendida. El señor aquí presente- y aclaró que Reinfield merecía respeto- es el abogado que se encargará de la transacción-
Ruthford permanecía perplejo, aún sin moverse de bajo el arco de entrada, luego soltó una risa chocante y sospechosa. Mina se sintió incómoda.
-No creo que esta casa pueda ser vendida, ya que pertenece a un criminal. Debe pasar a manos del gobierno-
Entonces y sin ser invitado, el hombre entra y se pasea por la sala, llegando hasta la chimenea donde solía sentare muchas veces Alexander.
-Disculpe, pero…- ofendida por la actitud tan irrespetuosa de aquel Lord, ella reacciona.
-Señorita- enseguida el hombre le corta- Será mejor que regrese a su casa y se mantenga a alejada de estos asuntos que no le conciernen. Y usted…- se dirigió a Reinfield y no se atrevía a llamarlo "señor"- Sin duda que debería también rendir cuentas a la Scotland Yard…-
Mina encolerizada se interpuso entre el hombre y Reinfield.
-Disculpe señor, pero está invadiendo una propiedad privada. Y segundo, este hombre no tiene que rendir cuentas ante ninguna autoridad…- pero se detuvo. Ruthford al verla enfrentarlo puso una cara de arrogancia que intimidaba a la joven, y no sólo eso, comenzó el hombre a fijarse en su atuendo.
Mina retrocedió intimidada aunque se odiara por eso. Pero las miradas irrespetuosas de aquel hombre habían doblegado su voluntad. No estaba bien vestida, y era una chica muy joven y delgada ante aquel tipo tan alto y arrogante.
Era una cucaracha para él, y ahora no se dignaba siquiera a mirarla a los ojos, sino que la miraba por todas partes.
Era igual a como Ilona lo fue ante sus captores, una mascota, una cosa inferior a merced de todo lo que ellos quisieran hacerle. Y a ella tampoco la miraron a los ojos jamás, sino el cuerpo nada más, y con lascivia, como si no fuera una persona sino un pedazo de carne sabrosa y humeante.
Una mujer caída en desgracia era presa de los mayores abusos que mente alguna pudiera imaginar. Ahora Mina lo estaba viviendo en su propia piel.
-Señorita Murray, debe protegerse. Una chica tan linda como usted andando sola y altanera- meneaba la cabeza con lástima- No tiene un hombre que la proteja, y a las chicas que no tienen quien las proteja pues caen en malas manos-
-¡No está sola, parece que está usted ciego, señor!. Yo estoy aquí- se interpuso Reinfield con mucha lucidez.
Era como si le hubiera hablado un animal. Ruthford se rio de Reinfield, era en verdad como si le hablara algún perrito entrenado.
Se quedó un rato allí regocijándose de los dos, pero sabía que perdía su tiempo, así que no tardó en dar la media vuelta con elegancia y ajustándose su capa, y echando una última mirada a la joven:
-Oh, ya entiendo todo. Usted debe ser otra de las enamoradas del Grayson, que tenía miles. Niñas ingenuas deslumbradas por su encanto, insoportables a la hora de defender a quien aman- sonrió con hipocresía -Niña, en verdad le aconsejo que regrese a su casita y se busque un marido, porque corre peligro con esas altanerías y libertades-
-Y usted lo corre más- Mina lo enfrentó sin intimidarse –No sabe con quién se está metiendo, señor-
Y Ruthford en verdad no se imaginaba lo que significaba la amenaza de Mina, pues para él todo eran palabras de una niña, y nada más. Un sirviente extranjero y una mujer… era como si Ruthford se hubiera topado con dos graciosas pero insignificantes mascotas de Alexander Grayson.
Cuando el hombre desapareció por la puerta, la fortaleza de Mina se derrumbó y se refugió en los brazos de Reinfield y lloró.
Los dos no dudaron que la visita desagradable había sido de un miembro de La Orden, se le veía por la ropa, así que no tenían a dónde ir. Para evadir a Van Helsing ella no podía volver a Londres, porque la encontraría, si se quedaba allí… ya no estaba tampoco tan segura. Y La Orden, si la Orden la capturaba: sería su perdición como lo fue para Ilona, y también sería la perdición de su amado.
No se podía ser fuerte, no se podía dejar de ser la víctima. No en el mundo de los hombres.
Reinfield no dejaba de balbucear como si presintiera algo, Y Mina, Mina sentía que debía proteger a Alexander de la calumnia y de La Orden del Dragón.
Y no se iría de Carfax ese día. No le daría el gusto a la maldita Orden de entregarle todo sin resistencia.
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El sol empezaba ya a palidecer y para el hombre que revisaba con nerviosismo su reloj, la hora angustiosa ya llegaba inminente: La noche.
Cada noche era una amenaza para su vida. Y Van Helsing se preguntaba qué estaría esperando Grayson para atacar.
La espera era peor que una agonía.
Pero Grayson no atacaba. El cazador era difícil, sí, pero una presa mortal nada más para el nosferatu mayor ¿Qué tramaba?
Algo tramaba que no se acercaba a él para matarlo. Que ya no sentía el infecto hálito del ser por la ciudad de Londres.
El parque lucía vacío, o tal vez eran ideas suyas que la gente toda tuviera miedo esos días, y desapareciera con la luz del día. El vampiro no dejaría que sus hijos, los vampiros que pululaban por Londres, le dieran caza a él.
No, Alexander juró venganza contra Van Helsing y la cumpliría él, no vampiros menores. Pero ahí estaba, con su maletín, y a vampiros mataría hasta dar con él.
Así le llevara el resto de su vida.
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Alexander Grayson no tenía interés, Alexander Grayson no pensaba porque ella lo había perdonado, y volvían a unirse Vlad y Ilona, y no había cazador ni amenaza que empañara su felicidad ese día. Valoraba su vida maldita ahora más que nada, porque había tenido la oportunidad de llegar hasta esa éspoca y encontrarla otra vez. Y Van Helsing había sido, irónicamene, quién hizo eso posible.
Escondido en un cajón de tierra, bajo la miseria del mundo, pensaba en la respuesta de Ilona. "Perdón". El haberle explicado la verdad y el haber recibido su perdón. Su amor era eterno.
Y era feliz.
Esperaba la noche con ansias ardientes, e iría a devorarla con pasión. "Suya, su Mina, por toda la eternidad" La pasión era incontrolable, y temía cometer una imprudencia, y luchaba contra sí mismo para no arrastrala a ella a esa vida infernal.
Pero estaba perdiendo la batalla.
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-¿Qué hora es?- repetía Reinfield parado frente al carillón que aún marchaba al ritmo del Big Ben, y hablaba para sí mismo, solo, y no le importaba –Amo, me ha abandonado y ahora no sé qué hacer ¿Qué hago con Mina, Amo?-
Hablaba solo, en el comedor vacío, y creía ver a su señor sentado donde siempre solía hacerlo "¿Qué hora es? ¿Qué debo hacer con Mina Murray? Amo, sé que vendrá pronto, lo espero" decía. Y hacía rato que no veía a la joven. Mina se había desaparecido después de que se marchara aquel hombre, y desde entonces andaba por la casa caminando y sin poder detener sus pensamientos.
El jardín estaba seco, y frío, la niebla lo cubría todo. Y aunque se hubiera arreglado un poco de su aterradora noche anterior por las calles de Londres, vestía el mismo camisón blanco.
Nada más que un camisón porque esperaba a su amado.
Y sentía el olor de la noche, el rocío, las estrellas. Todo era una sensación nueva y hermosa. La noche llegó, y todo volvía a ser hermoso, porque sabía que lo volvería a ver, y le contaría todo y los problemas se resolverían…
Había una terraza que una vez estaba llena de rosas, ya allí se paró Mina a contemplar la noche estrellada y fresca…
-Las chicas lindas no deberían estar solas- le habló una voz desconocida.
Con un giro violento, ella voltea para distinguir que no estaba sola, sino que había una sombra tras el ventanal.
¿Una sombra? Eran dos, eran tres, por el jardín se aparecían otros hombres desconocidos… y abrió la boca para gritar. La Orden había mandado a aquellos hombres, sin duda alguna. Habían descubierto a Mina en la mansión de Grayson, ahora era una chica a la que había que desaparecer. Después de todo estaba sola, no tenía ni familia, ni a su novio Jonathan Harker que demandara explicación por su muerte.
Mientras abría la boca para gritar lo vio todo con total claridad, era la chica sola en la propiedad de un enemigo, que se interponía impertinente y que les estorbaba el camino… Era la chica que aparecería muerta en alguna parte del río y que sumaría un número más a las estadísticas.


























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