martes, 30 de septiembre de 2014

Capítulo XVIII - La muerte toca a la puerta

Finalmente, y en algún momento y no supo cómo, Mina se queda dormida en el sillón por unas dos horas, y hubiera dormido más sino fuera porque Reinfield la despierta con cierto apremio y sin el aire ausente que había tenido durante toda la noche.
Abrió los ojos y antes de preguntarse qué pasaba, distingue que había un hombre más allí, parado bajo el marco de la puerta de entrada.
Era alto y muy elegante, y estaba muy impactado de encontrarlos allí a los dos.
-Buenas- Mina se pone de pie rápidamente para recibir al caballero que llegaba a Carfax. Aunque no podría explicar condición tan extraña, ella sola con Reinfield en Carfax y además durmiendo en un sillón. Y su aspecto, en camisón, con apenas un abrigo improvisado que no era de su propiedad, no debía de ser muy presentable.


-Disculpe, no sabía que esto estaba habitado- dijo el hombre, aún sin salir de su asombro -¿Qué hacen ustedes aquí?-
-Soy la señorita Mina Murray y él, ya debe saber que era el sirviente del señor Grayson, dueño de esta propiedad- Mina se sentía muy segura y hablaba con naturalidad.
El hombre soltó una exclamación.
-Soy Lord Ruthford, no creo que me conozca- el caballero se presenta también, pero no se acercaba mucho- Soy… empresario- agregó con poca seguridad.
-¿Trabajaba para el señor Grayson?-
-Hum- hizo una pausa, luego prosiguió -Señorita. Tal vez no debe saberlo, pero el señor Alexander Grayson está siendo investigado por la Scotland Yard-
Reinfield dio un respingo y le dirigía miradas nerviosas a Mina.
-Se descubrió que la compañía Energías Grayson era una farsa, y se sospecha que el señor Grayson esté involucrado en diversos crímenes… apartando el hecho de que destruyó parte de Londres no hace mucho. Es buscado por la ley. Por eso me sorprende encontrar a tan encantadora joven aquí sola con… el sirviente del señor Grayson-
El desprecio con que Lord Ruthford miraba a Reinfield puso nerviosa a Mina, y le decía mucho acerca de la naturaleza de aquel hombre desconocido.
-No ignoro eso señor, pero Reinfield y yo estamos aquí porque esta propiedad será vendida. El señor aquí presente- y aclaró que Reinfield merecía respeto- es el abogado que se encargará de la transacción-
Ruthford permanecía perplejo, aún sin moverse de bajo el arco de entrada, luego soltó una risa chocante y sospechosa. Mina se sintió incómoda.
-No creo que esta casa pueda ser vendida, ya que pertenece a un criminal. Debe pasar a manos del gobierno-
Entonces y sin ser invitado, el hombre entra y se pasea por la sala, llegando hasta la chimenea donde solía sentare muchas veces Alexander.
-Disculpe, pero…- ofendida por la actitud tan irrespetuosa de aquel Lord, ella reacciona.
-Señorita- enseguida el hombre le corta- Será mejor que regrese a su casa y se mantenga a alejada de estos asuntos que no le conciernen. Y usted…- se dirigió a Reinfield y no se atrevía a llamarlo "señor"- Sin duda que debería también rendir cuentas a la Scotland Yard…-
Mina encolerizada se interpuso entre el hombre y Reinfield.
-Disculpe señor, pero está invadiendo una propiedad privada. Y segundo, este hombre no tiene que rendir cuentas ante ninguna autoridad…- pero se detuvo. Ruthford al verla enfrentarlo puso una cara de arrogancia que intimidaba a la joven, y no sólo eso, comenzó el hombre a fijarse en su atuendo.
Mina retrocedió intimidada aunque se odiara por eso. Pero las miradas irrespetuosas de aquel hombre habían doblegado su voluntad. No estaba bien vestida, y era una chica muy joven y delgada ante aquel tipo tan alto y arrogante.
Era una cucaracha para él, y ahora no se dignaba siquiera a mirarla a los ojos, sino que la miraba por todas partes.
Era igual a como Ilona lo fue ante sus captores, una mascota, una cosa inferior a merced de todo lo que ellos quisieran hacerle. Y a ella tampoco la miraron a los ojos jamás, sino el cuerpo nada más, y con lascivia, como si no fuera una persona sino un pedazo de carne sabrosa y humeante.
Una mujer caída en desgracia era presa de los mayores abusos que mente alguna pudiera imaginar. Ahora Mina lo estaba viviendo en su propia piel.
-Señorita Murray, debe protegerse. Una chica tan linda como usted andando sola y altanera- meneaba la cabeza con lástima- No tiene un hombre que la proteja, y a las chicas que no tienen quien las proteja pues caen en malas manos-
-¡No está sola, parece que está usted ciego, señor!. Yo estoy aquí- se interpuso Reinfield con mucha lucidez.
Era como si le hubiera hablado un animal. Ruthford se rio de Reinfield, era en verdad como si le hablara algún perrito entrenado.
Se quedó un rato allí regocijándose de los dos, pero sabía que perdía su tiempo, así que no tardó en dar la media vuelta con elegancia y ajustándose su capa, y echando una última mirada a la joven:
-Oh, ya entiendo todo. Usted debe ser otra de las enamoradas del Grayson, que tenía miles. Niñas ingenuas deslumbradas por su encanto, insoportables a la hora de defender a quien aman- sonrió con hipocresía -Niña, en verdad le aconsejo que regrese a su casita y se busque un marido, porque corre peligro con esas altanerías y libertades-
-Y usted lo corre más- Mina lo enfrentó sin intimidarse –No sabe con quién se está metiendo, señor-
Y Ruthford en verdad no se imaginaba lo que significaba la amenaza de Mina, pues para él todo eran palabras de una niña, y nada más. Un sirviente extranjero y una mujer… era como si Ruthford se hubiera topado con dos graciosas pero insignificantes mascotas de Alexander Grayson.
Cuando el hombre desapareció por la puerta, la fortaleza de Mina se derrumbó y se refugió en los brazos de Reinfield y lloró.
Los dos no dudaron que la visita desagradable había sido de un miembro de La Orden, se le veía por la ropa, así que no tenían a dónde ir. Para evadir a Van Helsing ella no podía volver a Londres, porque la encontraría, si se quedaba allí… ya no estaba tampoco tan segura. Y La Orden, si la Orden la capturaba: sería su perdición como lo fue para Ilona, y también sería la perdición de su amado.
No se podía ser fuerte, no se podía dejar de ser la víctima. No en el mundo de los hombres.
Reinfield no dejaba de balbucear como si presintiera algo, Y Mina, Mina sentía que debía proteger a Alexander de la calumnia y de La Orden del Dragón.
Y no se iría de Carfax ese día. No le daría el gusto a la maldita Orden de entregarle todo sin resistencia.

---*---*---*---

El sol empezaba ya a palidecer y para el hombre que revisaba con nerviosismo su reloj, la hora angustiosa ya llegaba inminente: La noche.


Cada noche era una amenaza para su vida. Y Van Helsing se preguntaba qué estaría esperando Grayson para atacar.
La espera era peor que una agonía.
Pero Grayson no atacaba. El cazador era difícil, sí, pero una presa mortal nada más para el nosferatu mayor ¿Qué tramaba?
Algo tramaba que no se acercaba a él para matarlo. Que ya no sentía el infecto hálito del ser por la ciudad de Londres.
El parque lucía vacío, o tal vez eran ideas suyas que la gente toda tuviera miedo esos días, y desapareciera con la luz del día. El vampiro no dejaría que sus hijos, los vampiros que pululaban por Londres, le dieran caza a él.
No, Alexander juró venganza contra Van Helsing y la cumpliría él, no vampiros menores. Pero ahí estaba, con su maletín, y a vampiros mataría hasta dar con él.
Así le llevara el resto de su vida.
 

---*---*---*---

Alexander Grayson no tenía interés, Alexander Grayson no pensaba porque ella lo había perdonado, y volvían a unirse Vlad y Ilona, y no había cazador ni amenaza que empañara su felicidad ese día. Valoraba su vida maldita ahora más que nada, porque había tenido la oportunidad de llegar hasta esa éspoca y encontrarla otra vez. Y Van Helsing había sido, irónicamene, quién hizo eso posible.



Escondido en un cajón de tierra, bajo la miseria del mundo, pensaba en la respuesta de Ilona. "Perdón". El haberle explicado la verdad y el haber recibido su perdón. Su amor era eterno.
Y era feliz.
Esperaba la noche con ansias ardientes, e iría a devorarla con pasión. "Suya, su Mina, por toda la eternidad" La pasión era incontrolable, y temía cometer una imprudencia, y luchaba contra sí mismo para no arrastrala a ella a esa vida infernal.
Pero estaba perdiendo la batalla.

---*---*---*---

-¿Qué hora es?- repetía Reinfield parado frente al carillón que aún marchaba al ritmo del Big Ben, y hablaba para sí mismo, solo, y no le importaba –Amo, me ha abandonado y ahora no sé qué hacer ¿Qué hago con Mina, Amo?-
Hablaba solo, en el comedor vacío, y creía ver a su señor sentado donde siempre solía hacerlo "¿Qué hora es? ¿Qué debo hacer con Mina Murray? Amo, sé que vendrá pronto, lo espero" decía. Y hacía rato que no veía a la joven. Mina se había desaparecido después de que se marchara aquel hombre, y desde entonces andaba por la casa caminando y sin poder detener sus pensamientos.
El jardín estaba seco, y frío, la niebla lo cubría todo. Y aunque se hubiera arreglado un poco de su aterradora noche anterior por las calles de Londres, vestía el mismo camisón blanco.
Nada más que un camisón porque esperaba a su amado.
Y sentía el olor de la noche, el rocío, las estrellas. Todo era una sensación nueva y hermosa. La noche llegó, y todo volvía a ser hermoso, porque sabía que lo volvería a ver, y le contaría todo y los problemas se resolverían…
Había una terraza que una vez estaba llena de rosas, ya allí se paró Mina a contemplar la noche estrellada y fresca…


-Las chicas lindas no deberían estar solas- le habló una voz desconocida.
Con un giro violento, ella voltea para distinguir que no estaba sola, sino que había una sombra tras el ventanal.
¿Una sombra? Eran dos, eran tres, por el jardín se aparecían otros hombres desconocidos… y abrió la boca para gritar. La Orden había mandado a aquellos hombres, sin duda alguna. Habían descubierto a Mina en la mansión de Grayson, ahora era una chica a la que había que desaparecer. Después de todo estaba sola, no tenía ni familia, ni a su novio Jonathan Harker que demandara explicación por su muerte.
Mientras abría la boca para gritar lo vio todo con total claridad, era la chica sola en la propiedad de un enemigo, que se interponía impertinente y que les estorbaba el camino… Era la chica que aparecería muerta en alguna parte del río y que sumaría un número más a las estadísticas.


Capítulo XVII - El mundo es de todos

Parecía que el tiempo pasaba a velocidad doble, porque cuando volvió a ver a Reinfield, ya la claridad del amanecer lo cubría todo.
Y con la llegada del día, se esfumaban los sortilegios y la magia del mundo nocturno. Y se podía llegar a dudar de su existencia incluso si se hubiera sido testigo de ello.
Mina quedaba allí sola otra vez, perdida en su nueva realidad.


-¿A dónde va, Reinfield?- ella seguía mirando la calle, como si pudiera distinguir a su amante desaparecido, todavía allí presente.
-En realidad no lo sé- impotente, Reinfield actuaba como un autómata. Ni él mismo podía saber a dónde iba su amo.
-¿Y ahora a dónde voy a ir yo?- le preguntaba al hombre con la voz ahogada –¿Cómo esperan que regrese a mi casa, si Van Helsing está detrás de mí, si Lucy está detrás de mí? No voy a regresar a mi casa, yo ya no pertenezco allí, ni aquí, ni a ninguna parte. Y por mí se pueden morir todos- Tenía demasiado fresco el luto, la desesperación por la visita de Lucy, la conflictiva situación que el profesor Van Helsing le planteaba, y sentía rabia. No iba a ser cómplice de Van Helsing, aunque la razón humana le dijera que el profesor era el "bueno de la historia".
Mina quería desaparecer.
-Creo que hay mucho que hablar sobre la Orden, me preocupa todo lo que me dijo anoche- él se sacudía el rocío de su abrigo y secaba su cabeza con un pañuelo –El amo necesita saber…-
-Pero tu querido amo jamás está presente- ella le recriminó, pero luego cambió de tono cuando recordaba que era inútil decirlo, y que Reinfield no tenía culpa de nada -Regresemos a Carfax-
Reinfield ladeó la cabeza extrañado. En realidad, el amo no había dicho nada de jamás regresar a Carfax. Mina parecía estar muy segura de lo que decía.
Cansados los dos, regresan al carruaje, y con paso quedo, el caballo avanza calle abajo, perdiéndose de la vista.

---*---*---*---

La mansión se presentó ante sus ojos como una inmensa mole de cemento, y de lejos no se notaba señal de abandono, pero sí parecía un lugar fantasmal.
Cuando el carruaje se detuvo, Mina no esperó a que Reinfield le abriera la puerta, bajó y entró a la casa señorialmente. Atrás, el hombre la observaba con admiración.
Definitivamente ya no era aquella chica ingenua y joven que estudiaba medicina en la universidad.
El entrar allí por segunda vez, después de su noche con Alexander, la llenó de recuerdos y felicidad. Y ahora era obvio que además de signos de abandono, también había signos de vandalismo.
-¿Lo ve? Han estado aquí- oyó a Reinfield hablar atrás detrás de ella.
-Ordo Draco- pronunció la joven con desagrado y el recuerdo de un hombre mayor, cubierto por una túnica, se le apareció ante sus ojos.
-Están investigando a Alexander Grayson. No olvidan lo que les dijo Lady Wetherby y Van Helsing-
-Es cierto, pero igual no tienen ninguna potestad sobre esta propiedad. Es de él, y tiene todo el derecho de seguir habitando aquí-
-El amo no regresará aquí, mucho me temo. Cuando mucho la venderá- él suspira con melancolía.
-Bien. Hay que vender Carfax y no dejarla en este estado, para que todos ellos vengan a hacer lo que les plazca-
Observó con tristeza el oscuro despacho con el escritorio donde Alexander siempre la recibía. Ya el lugar no tenía cortinas, y no había ni un solo libro o papel en los estantes. Valiosos volúmenes, y tesoros que eran de él se los habían llevado.
Buscaban cualquier información sobre el origen de Alexander.
-Yo puedo encargarme de esto- planeó la joven rápidamente, en una forma de ayudar -Venderé la propiedad en su nombre y no dejaré que sigan saqueando sus cosas-
-Pero… ¿Cómo hará eso, señorita?-
Ella se había emocionado, pero ahora cruzaba una sombra.
-Ah, claro, soy mujer- entonces, toda la voluntad de Mina pareció opacarse -No tengo derechos si no es a nombre de un esposo- bufó y sus energías se acabaron por completo- Y él no es mi esposo- musitó.
El peso de la noche cayó sobre su frágil cuerpo y casi no podía mantenerse en pie. Por un momento había olvidado el por qué las mujeres no podían ser iguales a los hombres, ahora lo recordaba.
–Tienes razón, Reinfield… nada podemos hacer- y parpadeaba para rectificar su ingenuidad.
-Su idea es buena- quiso animarla él- Estoy seguro de que él hará algo para que sea posible. No puedo decirle más- le decía Reinfield con una certeza que no sabía de dónde la sacaba.
¿Por qué Reinfield vivía con la seguridad de que Alexander estaría siempre allí para ayudarlo? Mina se quitaba esa idea de la cabeza, de que siempre lo tendría a él como un ángel guardián. Ya debía acostumbrarse al hecho de que estaba sola, y que también lo estaba Reinfield. Su amor era un espíritu nocturno, y no podía pretender más de él.
Bajó la mirada con pesar y dio cuenta de su realidad: su figura en camisón, parada en medio de una casa abandonada, esperando siempre por un ser sobrehumano, que no tenía explicación lógica.
Era una locura.
Toda su vida creyó que no necesitaría depender de un hombre, y luchó duro por estudiar para tener una vida profesional (y su corazón encogido le recorba que eso fue gracias al profesor Van Helsing) Era lo que enorgullecía a su padre.
Pero pronto tendría la extrema debilidad mensual propia de toda chica joven, y deseó tener 50 años de una vez. Se sentiría mal, no podría cumplir con los trabajos, tampoco tendría los derechos, y si lograba, con el doble del esfuerzo que un hombre, alcanzar un nivel de educación, y si lograba trabajar, su sueldo sería mísero. Se descorazonó por completo.
Así nadie podía ser fuerte ni lo suficientemente competitivo para compararse con los que dominaban el mundo.
Y vino el recuerdo de Jonathan, que crecieron juntos, que hacían las mismas cosas, pero él no se esforzaba ni la mitad de lo que tenía que esforzarse ella para ser igual. Entonces pensó en Lucy con enorme congoja, y entendió el por qué ella era como era.
Lucy le decía que se olvidara de la igualdad y de los estudios, porque nada lograría con eso, tal vez morir en la hoguera o envejecer sola, marginada y abandonada en una calle. Lucy prefirió ser bella y educada en sus modales, para casarse con un hombre rico, darle hijos y ser feliz como una mujer podía serlo.
Y tenía toda la razón, y sin embargo, ni acoplándose a las leyes del mundo pudo ella escapar de un triste destino.
Ahora estaban todos muertos y ella, viva. El dolor del luto le golpeaba en sus reflexiones crudas mientras se dejaba caer sobre el sillón polvoriento y roto de la sala. Nada servía, ni ser una mujer educada y profesional, pero sin trabajo ni respeto; ni una esposa digna, pero limitada y castrada, que soportaba todas las infidelidades de su esposo, ni tampoco ser una prostituta que se liberara de todo, pero para morir por maltratos, de una enfermedad o asesinada.
Reinfield no podía descifrar todo lo que atormentaba a Mina en aquel momento, pero igual que ella, estaba allí en un mundo injusto en dónde no era más que un marginado. Tampoco sabía qué sería de él ahora, o qué sería de los dos si Alexander jamás regresaba.
Vaya cosa extraña, ahora estaban unidos. Y si una cosa era segura, era que ahora estarían juntos en una dimensión paralela a la humana.
La mansión vacía los albergó mientras el día comenzaba, con sus movimientos rutinarios y los sonidos de la naturaleza. Pero no sabían por cuánto tiempo sería eso así.

Capítulo XVI - El verdadero amor es eterno

-Llévame con él- rogó Mina con mirada severa.
Reinfield era una enorme mole que bloqueaba la puerta del carruaje.
-Algo le va a suceder- ella insistió, tratando de moverse hacia la puerta –¿No sientes lo que ocurre esta noche?-
Un viento helado entró al carruaje acompañado por un suave lamento que le puso los pelos de punta.
-No le ocurrirá nada, se lo aseguro- el hombre parecía no sentir nada de eso. Tal vez porque él también era parte de ese hálito sobrenatural.
-Destruirá a Lucy- la congoja le apretaba la garganta como si fuera una mano invisible, y se dio cuenta de que todavía había un rastro de afecto en ella.
-Tal vez, pero en realidad no puedo asegurárselo- respondía el hombre mecánicamente.
Mina soltó un bufido y desistió, volviendo la mirada vacía hacia la ventana opuesta, molesta con Reinfield o tal vez con nadie en particular.
-Debo advertirle de Van Helsing- murmuraba con frustración -Él sí está dispuesto a destruirlo, y se mueve de día. Debo decirle que lo está buscando y que cuando lo encuentre…- entonces no pudo continuar porque el dolor le cortó la respiración. La imagen de la estaca en la mano del profesor… y que si no fuera porque ella tuvo un momento de claridad, esa estaca estuviera enterrada en el pecho de su Alexander.
-El cazador- gruñó Reinfield torciendo la boca, recordando lo que le había hecho.
-Está detrás de él- insistía - Debemos advertirle, de todo lo que me dijo. Habló con la Orden pero aparentemente lo dejaron solo, porque Lady Jayne jamás pudo comprobar algo. No recuerdo. Algo había entre él y Jonathan… que ahora está muerto…-
Mina hizo silencio, porque había pena en su corazón por el desafortunado fin del que una vez fue su amor. Pero el destino jugó con todos ellos y lo que ocurrió, ocurrió. Ya nada podía hacerse.
-Claro. Lady Wetherby trataba de probar quién era el amo- le explicó el hombre que no era más que una sombra oscura en la puerta del carruaje –No lo logró, y La Orden duda de la existencia de Drácula, pero igual está detrás de nosotros, investigando Carfax después de que Lady Jayne fuera asesinada-
Entonces Reinfield hace una pausa, y vigila los alrededores de Whitechapel. La soledad de la calle le aseguraba que el amo lo tenía todo bajo control.
-Van Helsing posee la estaca sagrada- le revela a Mina - Es un arma bendecida por el jefe de la Orden del Dragón que lo creó- le explicó textualmente –Sin duda un arma peligrosa… no sé cómo la obtuvo el cazador… Pero…-
Ya era demasiado tiempo hablando allí. Los dos comenzaban a impacientarse, se acercaba la hora del amanecer.
Y era sospechoso, y muy peligroso considerando que había seres demoníacos como Lucy merodeando. Y la humanidad parecía presentirlo todo, pues esa noche ni un gendarme, ni un vagabundo, ni un alma perdida por los alrededores se aparecía. Todo el mundo se escondía cuando era la hora en que los vampiros dominaban.
-Debemos esperar- dijo Reinfield al fin.
-¿Y a dónde me llevarán? ¿Dónde irán ustedes?- exigía saber la joven, porque Reinfield estaba demasiado extraño, casi que podía presentir lo sobrenatural que había en él también –Alexander me dijo que algo te había ocurrido… que creía que estabas muerto-
-Así es, pero la sangre me salvó-
"La sangre" Mina se llevó una mano a la boca, pues aunque no comprendía del todo lo que significaba eso, en su alma sabía la respuesta.
Las calles adoquinadas exhumaban una niebla banca y fría que lo cubría todo. No había manera de ver el carruaje solitario... Era la siniestra Londres un laberinto de callejuelas todas apretujadas y listas para ocultar cosas indesibles.
Hasta que una sombra oscura se dibujó al final, al pie de un farol. Expectante, Mina presiente que él anda cerca y se baja del carruaje sin encontrar obstáculos por parte de Reinfield.
La figura al final de la calle no se mueve, pero ella va hacia él y a tientas lo encuentra sin dificultad.

---*---*---*---

-Alexander- lo llama, como una voz perdida en el tiempo.
La figura se perdió entre la bruma, avergonzada pues la última imagen que tuvo su amada de él fue la de un monstruo.
-Alexander, no te vayas- ella alzó su brazo tratando de alcanzarlo.
El silencio fue terrible.
Mina no se dio por vencida, corrió hacia el farol cegada por la bruma y lo buscó, por la izquierda, por la derecha, respiración agitada y aliento blanco.
-Perdóname, Mina- habló él, y la joven lo busca, hallando al fin al hombre con la capa al final de un callejón estrecho.
-Tenemos que hablar, sé quién eres- ella daba pequeños pasos hacia él - Y me refiero a que sé quién realmente eres- aclaró haciéndole ver a lo que se refería.
-¡Estás recordando!-
-Sí-
-¡Ilona!- exclama la figura entre la excitación y el temor.
-Sí, aquí estoy-
Se quedó mudo, porque pensó que estaría preparado para aquel momento, pero no era verdad.
-Nunca me dijiste la verdad, Alexander, ni ahora ni en aquel entonces-
-¿Cómo esperabas que te dijera la verdad?- él replicó con rabia.
-Y fui condenada por lo pecados de mi príncipe ¿No fue así, Vlad? No era más que una mujer, y debía pagar por lo que mi esposo hacía sin que me dieran la oportunidad de tener un juicio. Como si fuera una mascota y nada más-
Era terrible, demasiado terrible, pero todo estaba llegando a su mente como un torrente desbocado de agua. El dolor de las llamas consumiendo su piel. Era como si se hubiera desatado el nudo que contenía su vida, en una sola noche.
-Así es el mundo y ojalá pudiera cambiar lo ocurrido, pero no puedo, y he pagado muy caro por eso, Ilona- y hablaba con una rabia infernal contenida por mucho tiempo.
-Déjame verte, no te ocultes más- era tierna la voz de Mina, y muy firme permanecía frente a él sin miedo.
La sombra titubeaba, y no se acercaba a ella.
-Quiero verte tal como eres, Alexander-
-Tal como soy- repetía con desprecio. Y ante aquella voluntad de hierro, de su amada Mina, él se aparta de la negra sombra y camina hacia la calle, dejando que la luminiscencia de la bruma y la luna descubrieran su rostro.
No era el animal atormentado que se reveló en su cuarto aquella noche ante Van Helsing, era él en verdad: Su bello rostro era el mismo, pero tenía la marca del infierno en sus ojos, y grandes colmillos entre sus voluptuosos labios. Pero Mina ya no tenía miedo, era hermoso, todo él, sin importar su naturaleza. Y sabía que jamás le haría daño.
-He descubierto mi otro yo, ese misterio que permanecía dentro de mí indescifrable…se está aclarando- dilucidaba, y en ella también había un cambio. Era joven, pero ahora el rostro de Mina había adquirido una madurez de hacía cuatro siglos.
-Yo hubiera hecho lo imposible por evitar lo que ocurrió, pero no podía decirte lo que era porque me avergonzaba de mí mismo-
Mina lo evadió, confundida. A ella no le hubiera importado nada eso.
-Los dos fuimos víctimas. Pero tú fuiste el ángel que tuvo que pagar por los pecados de un ser miserable como yo. Perdóname Ilona. Era demasiado feliz contigo, y me volví arrogante, y la guerra me llevó a cometer actos indescriptibles. Pero sólo pensaba en protegerte. En que nada te pasara a ti-
Mina lo escuchaba con lágrimas en los ojos y retazos de imágenes cruzaban su mente, confusas y claras, todas mezcladas.
-Lo único bueno que he hecho en mi vida es amarte, por eso te mataron-
El silencio era peor que un grito. La mirada de Ilona era como la de la noche en que la visitó por última vez en el calabozo.
-Y yo hubiera dejado pasar por alto todo eso por ti- fue lo que ella dijo al fin –Porque no me hubiera importado lo que eras, pero tú no fuiste sincero, dudaste de mí-
Los ojos del vampiro se abrieron y el resplandor lunar los hizo brillar.
-Tal vez soy un ser horrible como tú- admitía para sorpresa de él –No me importaba a quién matabas, ni a quién destruyeras. Te amo-
Era cruel saberlo tan tarde, y darse cuenta de que no le importaba nadie. Que las personas a quienes había amado ya estaban muertas y que de resto, a ella nada le importaba un mundo horrible, salvaje, injusto y cruel.
Mina era capaz de perdonarlo.
-Y aquí estoy otra vez amándote igual – la figura de Mina en camisón blanco era tal como sus recuerdos de Ilona, pero ahora era real. Muy real- Tal vez he regresado para perdonarte…Ahora lo entiendo- su voz era firme, fuerte, las emociones no la doblegaban más.
Cansada de que todo el mundo la viera frágil y débil, Mina estaba dispuesta a cambiar eso.
-Ya no eres Vlad para mí, no eres Drácula, ya no lo eres. Eres mi Alexander-


Pero la bruma se disipaba, y la luz empezaba a colarse en el horizonte. Alexander no tenía tiempo de pensar en las desconcertantes palabras de Mina, ni de experimentar la felicidad que significaban:
-Lo siento, no puedo estar aquí- luchó contra sí mismo porque no quería ser destruido, ahora menos que nunca, y la voz de Reinfield resonaba enfermizamente en su mente "Tómela u olvídela"- ¡No puedo estar junto a ti!- renegó ferozmente de sus deseos- porque estoy condenado a las sombras-
Ella alzó la mano extendida hacia él, pero Alexander le dio la espalda. Amanecía y él ya no podía más estar allí, así que tuvo que dejarla para perderse de la luz.

Capítulo XV - El lado desconocido de Mina

El carruaje era el mismo en donde Alexander una vez, no hacía mucho, la había llevado a la universidad. Cuando todo era felicidad y lo sobrenatural era inexistente. Ahora estaba sucio y descuidado, como si hubiera estado abandonado.
Reinfield tenían un aspecto diferente a la última vez que lo vio. Pero era Reinfield sin lugar a dudas, y a ella siempre le había dado gusto verlo. Porque verlo a él significaba ver a Alexander.
El hombre estaba afuera, sentado en el asiento del cochero dirigiendo al único caballo del casquillo que también sería uno de los pocos recuerdos que quedaban de Carfax y la compañía Energías Grayson.
-El amo no quiere hacerle daño, el amo Grayson la ama de verdad, señorita- habían recorrido unas calles y la voz de Reinfield sonaba clara y fuerte. Pero los nervios no dejaban el cuerpo de la joven que temblaba de pies a cabeza –Son otros los que quieren hacer daño-
Entonces el carruaje se detuvo y sintió que Reinfield se bajaba, echaba una mirada por los alrededores y luego abría la puertecilla para atenderla a ella.
-Mató a Lucy y la convirtió en eso…- le dijo Mina aún incrédula.
-Lo hizo por amor a usted- le explicaba el hombre –Porque él haría lo que sea por usted, y lamento mucho decirlo, pero el alma de Lucy es negra, y no quisiera pensar qué sería de usted si ella fuera quien la convirtiera-
-Ahora la destruirá ¿Verdad?- Mina sólo pensaba en el ser que diabólicamente se había adueñado del cuerpo de su amiga.
Reinfield titubeó y luego responde:
-Creo que sí, señorita-
Ahora no sabía si sentir pena por eso. Después de haber visto lo que era Lucy… no lamentaría su muerte. Porque había cosas peores que la muerte.
Sin embargo, no podía creer que pensara eso. Algo estaba sucediendo con ella, estaba muy dispuesta a comprender a un vampiro. Así que ¿A quién engañaba? No estaba siendo alguien nuevo, estaba descubriendo su verdadero ser.
-Yo quiero a Lucy, no puedo permitir que la mate- susurró –Después de todo... ella es como él- y clavó los ojos en Reinfield con severidad.
-Lucy no es como el amo, él es el Maestro. No se deje engañar, ella ya no es su amiga y es una criatura maligna-
Mina bufó y le volteó la cara a Reinfield.
-El amo me ordenó ponerla a salvo- urgió él, haciendo caso omiso al recelo de la joven -Lamento mucho no tener un mejor lugar a donde llevarla. De hecho, no tenemos ningún lugar-
-Pero ¿Por qué no regresan a Carfax? ¿No es suya esa propiedad? Nadie tiene derecho a…-
-La Orden del Dragón está detrás de nosotros. No podemos regresar allá-
-¿La Orden del Dragón?- aún había cosas que necesitaba saber Mina. Pero por alguna extraña razón su instinto le decía que sí conocía a la Orden del Dragón, así que repitió con claridad –La Orden del Dragón, Ordo Draconum , Oh Dios mío- se tapó la boca de la sorpresa.
Se quedaron allí en el carruaje en medio de un callejón de la siniestra Whitechapel, el más oscuro de todos. Era como si Reinfield supiera que ése era un buen lugar para ocultarse.
-Dios mío, Alexander...- exclamaba Mina, como si supiera lo que le había hecho La Orden. Lo sabía en su inconsciente. Porque había una persona desconocida en ella que estaba empezando a salir.
El viejo enemigo, Mina recordaba, el enemigo que destruyó su vida, condenando al hombre que amaba y con el que era feliz. Ahora recordaba extractos de una desgracia y de su muerte espantosa por culpa de él…
-De Vlad- murmuró y Reinfield dio un respingo.
Recordaba un dolor muy grande, el saber que moría por culpa de los pecados de un príncipe amado. Alexander. Ella condenada por La Orden, como castigo, "hereje" "maldita". Ella jamás hizo nada, fue él, Vlad, el culpable.
¿Lo perdonaría?
-Debo verlo. Reinfield llévame con él- habló Mina con un nudo en su garganta - Necesito entender. Algo está pasando conmigo y ya no lo soporto-

---*---*---*---

El hombre estaba parado frente al ser de la noche en mitad de la calle.
La vampiresa había intentado morder a Mina Murray pero ahora él estaba allí, y su presa había escapado.
Lo odiaba como nunca, entonces el chillido de su derrota desgarró la noche y preparándose para una cruda batalla, los ojos se le encendieron como el fuego y el cuerpo se armó con filosas uñas y extraordinaria fuerza.
-"Alexander Grayson"- se mofó pronunciando cada sílaba con desagrado –¿Por qué no usas tu verdadero nombre ahora? Ella ya lo sabe todo ¿No es así?-
-Lucy, vete de aquí, vete lejos porque si vuelvo a sentirte cerca de mi mundo, te voy a arrancar el corazón y a cortarte la cabeza- él hablaba calmadamente pero lo terrible de su voz era una sentencia irrevocable.
-¿Crees que Mina te va a aceptar? – rio la mujer, como si fuera una diva en un teatro –Ni a ti ni a mí, querido-
-No sabes nada, mejor te callas-
-Si ella no es mía tampoco será tuya-
La mirada de Alexander era terrible, pero el vampiro no se movía.
-No sabes nada, y no eres más que un animal. Yo no, yo he dejado de ser lo que fui-
-¿Ah sí? – Lucy hizo una mueca -No me hagas reír. Lo que has hecho hasta ahora no es muy civilizado-
Alexander bajó la mirada con vergüenza.
-Algunas cosas no las puedo cambiar, es verdad- lo reconoció con pena.
-¡Monstruo, te destruiré! Cometiste un gran error al hacerme esto, ahora lo pagarás- toda la ira de Lucy se reflejaba en su fiereza.
-¡Soy tu amo!- la capa negra del vampiro se alzó como alas de murciélago.
-No lo eres más- lo desafió ella y comenzó a dar pasos amenazantes hacia Alexander.
Entonces ya no estaban solos en aquella calle, unas sombras se aparecían de la nada, recortándose entre la bruma blanca. Lucy se detiene perpleja pues estaba siendo rodeada.
Eran vampiros, vampiros que salían de la noche.
-Lucy, no quiero destruirte. Te ordeno que desaparezcas y jamás te acerques a Mina, porque si no, de hoy no pasas-
La vampiresa entendió que estaban todos contra ella. Drácula había llamado a los vampiros, y los vampiros le obedecían sólo a él.
Sus ojos sobrenaturales brillaron como lámparas, y el orgullo y la rabia se doblegaron.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Capítulo XIV - Visita inesperada

Estaba de nuevo en la casa de verano de los Westenra en Whitby. Mina dormía plácidamente mientras el viento se colaba por entre las cortinas, trayendo el sereno aroma a mar a su habitacion.


Abrió sus ojos al fin y la vio a ella allí, parada bajo el arco de la puerta, con su fino camisón blanco cubriéndole el frágil cuerpo.
Era el camisón que recién le había comprado su madre.
-Te queda muy bien, Lucy- le dijo Mina con una sonrisa. Lucy sonrió y salió corriendo, dejando a la joven sola en su cama – ¡Lucy! ¿A dónde vas?-
Mina tuvo que levantarse, vestirse y salir tras la traviesa Lucy.
Bajó a la sala y no estaba allí, luego recorrió las estancias de la casa y tampoco estaba allí. La casa estaba vacía. Entonces se dirigió a la entrada que estaba abierta y la figura de Lucy Westenra ya cruzaba los jardines ¡Qué escándalo, salir en camisón a la calle! Pensaba.
Temía por la seguridad de su amiga, así que salió corriendo detrás de ella a esas horas de la noche.
Por un momento creyó que la perdía, los jardines daban a la calle y por allí agarró camino Mina Murray. Iba descalza pero no sentía nada en sus pies.
-¡Lucy!¡ Lucy!- llamaba y su voz hacía eco, todo era un enorme vacío y una extensa soledad.
Caminó hasta llegar a las cercanías de la Iglesia Santa María, donde estaban las ruinas de la abadía, y por alguna razón esperaba encontrar a su amiga allí. Y no se equivocó. Más allá de la Iglesia estaba el cementerio y recordó el banco favorito de ella y Lucy solía sentarse a contemplar el muelle.
Al llegar allí la vio, era Lucy, sentada en aquel banco. Pero no estaba sola, había una sombra junto a ella y al ver eso a Mina le dio un vuelco el corazón. La negra sombra cubría amenazante la blanca figura de Lucy y mientras más se le aclaraba la visión a Mina, más veía que la sombra era un hombre que estrangulaba a su amiga …
-¡Nooo!- gritó sin voz, y trató de acercarse pero no pudo. El hombre inclinado sobre Lucy la oyó y alzó el rostro y Mina vio quién era: ¡Era Alexander Grayson y tenía la boca llena de sangre y los ojos terribles clavados sobre ella mientras mataba a Lucy!

---*---*---*---

Sudando se sacudió fuertemente en la cama y regresaba a la realidad.
Poco a poco fue atravesando las capas del sueño para recordar que en realidad estaba en su casa de Londres, y abrió los ojos para ver el techo de su cama de dosel borroso y confuso.
Debió ser una pesadilla, Mina no lograba despertar del todo pues aún veía una figura blanca frente a ella.
-Mina, mi amor- susurró la voz de Lucy.
Apenas recordaba el triste funeral, lo que había ocurrido durante ese día. Ahora no podía ver bien.
-Mina, despierta tontica- canturreaba la femenina voz.
Unas suaves manos le secaron el sudor de la frente con un pañuelo, y de repente tuvo la idea de que alguna enfermera del hospital estaba allí cuidándola. Pero no, Mina abrió los ojos y la mujer que creyó era una enfermera, era en realidad Lucy Westenra que estaba allí sentada junto a su cama.
Muda, la joven se levanta, como si pensara que estaba soñando todavía, y no dice nada.
-Mina ¿No te acuerdas de mí?- rio la chica.
-Lucy, pero…- después de un rato logra pronunciar. Pero seguía sin creer que estaba despierta.
-Has pasado un día horrible- continuó Lucy - Estoy unos días fuera de Londres y cuando regreso me encuentro con esto ¡El funeral del señor Murray! Vaya tragedia-
-Lucy, yo creí que….- Mina reconocía poco a poco una extraña vigilia. Pero no era posible, debía seguir soñando.
-Que estaba muerta- echó una carcajada –¡Eso mismo me dijo Jonathan!-
-¿Has…?- Mina intentaba actuar normal todo ya le era totalmente absurdo –¿Has visto a Jonathan?-
Lucy dejó de sonreír y soltó el pañuelo.
-Querida Mina, hay algo que debo decirte- Lucy fingió tristeza –Jonathan, mucho me temo, ha muerto-
La mujer se paró de la silla e invitó a Mina a que la siguiera. Era todavía de noche, así que debió dormir apenas unas dos horas. Pero ahí estaba su amiga Lucy, a quien creía muerta. A quien todos le decían que había matado Alexander.
Entonces no era verdad, Alexander es inocente. Mina estaba confundida debido al sueño que tuvo, pero su corazón sintió un gran alivio. Sin embargo Lucy estaba allí para traerle más infortunios, así que su pena no se iba.
-Lucy espera- la joven seguía a la figura vestida de blanco por las escaleras– ¿Hacia dónde me llevas?-
-Querida Mina. Jonathan me contó que tienes un nuevo amor, si es que se puede decir que es nuevo- le dijo con tristeza, y más triste sonaba en aquella casa vacía y llena de recuerdos.
-No quisiera estar más aquí. Mira en lo que se ha convertido mi casa. Si supieras las cosas que me han pasado-
-Entonces, ven Mina, yo te llevaré conmigo-
La invitación de Lucy Westenra era irresistible. Quería irse con ella para siempre, no volver nunca más a Londres ni a aquella casa. Todos estaban muertos allí, era una horrenda pesadilla.
Así que ahí estaba otra vez caminando de noche por las calles, eternamente en un sueño, siguiendo a Lucy. Y no sentía ni frío ni miedo. No le importaba nada.
-¡Lucy! ¿Qué te pasa? Dime ¿Qué le pasó a Jonathan? ¿Por qué también él está muerto?- clamó la joven al viento, con sentimientos encontrados. Lo único que quería saber era toda la verdad, de una buena vez.
-Jonathan me contó que amas a Alexander Grayson, Mina – Lucy se detuvo en medio de la calle y le habló con severidad. Su figura se confundía con la neblina – Que estás con él. Dime si eso es verdad-
-¡Ahh, cuánto tengo que contarte!- lamentó Mina –Alexander y yo, Dios, qué larga y penosa historia. Pero necesito…-
-Mina, dime si lo amas a él- la cortó.
La actitud de Lucy la asustó mucho. No era lo que solía ser, estaba muy extraña. Le preguntaba si amaba a Grayson, y después de todo lo que había pasado, Mina no podía negar que seguía amándolo.
-He descubierto algo sobre mí, Lucy. Sé por qué amo a Alexander…- le respondió pero sus palabras fueron saboteadas.
-¡NO!- gritó la mujer -¿Lo amas a él, a ese desgraciado?- Lucy cambió totalmente, la agresividad que tenía era irreconocible –¡No sabes lo que me ha hecho!-
Mina empezó a retroceder, pero estaba totalmente sola en aquel mundo y por su propia voluntad la había seguido, así que si gritaba, nadie la oiría.
-¡Alexander Grayson me mató, Mina Murray, y me convirtió en un monstruo!- le espetó con una horrenda mueca en sus labios y los blancos colmillos asomaban amenazantes.
Mina se tapó el rostro con las manos observando el horror del que tanto le había hablado Van Helsing. Había obrado el vampiro, él infectaba a la gente, y había obrado sobre su amiga. ¡La había convertido en vampiro!
-¡Y tú eres mía, no de él!- amenazó Lucy con una sonrisa.
Mina echó a correr igual que lo hacía la gente en las pesadillas pues desde hacía tiempo que su vida se había separado totalmente de la realidad. Pero de un vampiro no se escapaba así, todos sus esfuerzos eran inútiles y no le importaba.
-¡Y yo maté a tu Jonathan Harker!- chilló la vampiresa y su sombra parecía aparecérsele a Mina por todos los recovecos de las calles –Su sangre me dio vida-
Calles vacías rodeadas de casas viejas y oscuras. A nadie de esas casas le importaba lo que ocurriera en el mundo exterior. No existían para Mina.
-Criatura vil, te creé porque eras una miserable, desde mucho antes de esto- entonces otra voz se oyó en la oscuridad y los lobos comenzaron a aullar.


Había alguien más allí, la joven que corría finalmente calló al piso, pero nada le pasó, su perseguidora se quedó atrás como si algo la hubiera detenido.
Ella no miró hacia atrás, al contrario, quiso parase y seguir corriendo, y así lo hizo, hasta que un conocido carruaje se presentó ante sus ojos y un hombre le habló con voz familiar:
-¡Señorita Murray, rápido, suba por favor!-
Mina titubeó, incluso después de reconocer a Reinfield allí en el carruaje que era de la compañía Grayson.
-¡Suba por favor, no tiene que temer del señor Grayson!-
Unos gritos horribles le pusieron los nervios de punta y Mina supo que Reinfield tenía razón, debía ir con él porque estaba comprendiendo lo que había ocurrido.

Capítulo XIII – Los Olvidados

Eran varios los lugares sobre la Tierra en donde se respiraba toda la miseria humana. Un sanatorio mental de bajos recursos era uno de esos.
El lugar lucía bastante solitario por fuera -que cualquier persona podría colarse, después de todo a nadie le importaba la gente que estaba tras esas paredes- pero por dentro estaba atestado de enfermos hacinados hasta en los rincones.
Discapacitados, los pacientes no podían defenderse de la maldad humana, y los trabajadores que allí pasaban las veinticuatro horas del día no tenían ni la educación ni los escrúpulos como para tratarlos como personas.
Alexander Grayson recordaba su baile en el Bethlem Royal, tan diferente a aquel paisaje, porque el doctor Murray procuraba que sus pacientes vivieran con algo de dignidad. Pero él ya no existía, tampoco habrían más bailes con Mina. Ya no existía nada, sólo una fachada de hombre elegante que era como el ataúd que guardaba un cuerpo podrido.
Tal vez no estaba tan distante de ser como aquellos miserables locos, la diferencia era que él viviría para siempre… "Para siempre y sin Mina"
"Ilona, nunca me perdonaste" susurró a la noche y unos lobos aullaron en la lejanía. Pero nadie lo escuchó, después de todo no era más que un espíritu.
Entonces dejó de contemplar el edificio y el sendero de piedra proyectó su sombra, y era un hombre con capa que se acercaba al sanatorio y proyectaba una sombra. Un hombre en toda su forma, pensaba, pero con la diferencia de que de vez en cuando no se reflejaba en un espejo.

---*---*---*---

El doctor Seward era el único a cargo del sanatorio, y el único con un poco de conciencia con respecto a lo que era un enfermo mental. Hacía unos días había descubierto las acciones de uno de sus enfermeros para con una de las chicas internas, y enseguida lo había despedido; y no hacía más de un año que el sanatorio enfrentó una crisis por la muerte de la mitad de los enfermos por desnutrición, maltratos e insalubridad.
Pero él solo no podía controlar cada cosa que ocurría entre aquellas paredes.
Se sentía muy apenado pero nada más podía hacer.
Últimamente no salía siquiera, con el supuesto intruso merodeando por las noches la seguridad de sus pacientes estaba peor. Tal vez no le daría tanta importancia a los rumores de no ser testigo de la extraña curación del paciente Reinfield. Eso era, los locos le decían de todo, pero Reinfield en especial tenía ciertas pruebas que acompañaban sus cuentos de amos sobrenaturales que lo visitaban de noche, que en verdad resultaban inquietantes.
Eran las tres y algo de la madrugada y no se oía nada, hasta que, irrumpiendo en la desvencijado despacho, uno de los enfermeros asusta de tal manera al doctor que se le caen los lentes al piso.
-Doctor- balbucea el hombre –Doctor tiene que ver esto… Yo no sé qué pasó, le juro que nada tuve que ver-
-Tranquilo hombre ¿Qué ha pasado?-
-¡El paciente Reinfield!-
Los dos hombres salen del despacho, y causando alarma entre los locos, se dirigen apresuradamente hacia la celda de al final del pasillo.
Lo que vio el doctor Seward al llegar fue que la ventana de la celda de Reinfield estaba sin barrotes, de hecho era como si algo hubiera desprendido las rejas y parte de la pared sin hacer el menor ruido. Y en ninguna parte estaba el hombre. La cama estaba vacía, la mesa en su lugar, no había nada anormal, y las rejas de la celda estaban intactas. Nadie entró ni salió por allí, y la ventana… era imposible que alguien pudiera salir por aquella ventana, aunque estuviera totalmente abierta.
Un hombre tan corpulento como Reinfield no podría trepar la pared así… A no ser que alguien invisible al otro lado lo hubiera ayudado con alguna cuerda y con alguna fuerza sobrehumana.



---*---*---*---

-Amo-
El hombre no podía creerlo ¿Cuánto tiempo pasó encerrado en aquel sanatorio? No sabía y no le importaba. Ahora era otra persona y se encontraba en un recinto abandonado, probablemente cerca del alcantarillado que venía de Londres.
Sus pies estaban llagados pues había caminado por el bosque descalzo, pero no le importaba, respiraba un aire libre y abierto. Algo había ocurrido con Reinfield, debió haber muerto pero estaba más vivo que nunca. Su herida había sanado, y a pesar del hambre que sufrió, sus energías parecían nuevas.



-Reinfield, mi fiel Reinfield- Alexander lo recibía como siempre, como si aún estuvieran en Carfax, amo y sirviente. Pero ya no estaban en la mansión, estaban en un escondrijo miserable. Alexander no podía llevarlo al sucio nido en donde cumplía su destierro –Lamento que ya nuestra vida no pueda ser como antes. No más lujos, ni sociedad, ni negocios… ni Van Helsing-
-Van Helsing quiso asesinarme- Reinfield le dijo y Alexander lo que él ya sospechaba.
-Los doctores, mi querido Reinfield, son unos sádicos con licencia y prestigio. Abren cuerpos, acuchillan cuerpos, cortan meten sacan, sangre, carne en sus manos y deben estar acostumbrados a eso- suspiró –No es mucha la diferencia entre ellos y nosotros los vampiros-
-¿Qué debemos hacer ahora, amo? ¿Y la Orden?- el hombre empezaba a organizar sus ideas, a recordar todo. Por un momento pensó que su mente se extraviaría de verdad como la de aquellos desgraciados del sanatorio, pero afortunadamente no era así. Él jamás fue un loco.
La figura de Alexander Grayson se confundía con la oscuridad y un ligero rayo de luna entraba por los agujeros de las paredes derruidas.
-Estamos solos, ni tú ni yo existimos, y La Orden parece que perdió credibilidad en mí… Ahora todo es Van Helsing y yo- susurró –Y te necesito-
-¡Haré lo que tenga que hacer, señor!- respondió firme y le brillaron los ojos. Luego recordó -¿Y Mina Murray?-
Reinfield lo había apuñalado con aquella pregunta.
-Oh, han pasado muchas cosas- respondió melancólicamente –Ella y yo…- añadía escuetamente y su sirviente debía sospechar cuán lejos había llegado el amor entre los dos –Creí que nos amábamos, pero han ocurrido cosas, y ahora no sé-
-Pero señor ¿Sabe ella lo que es usted?- Reinfield estaba sorprendido. Todo le parecía irreal ahora.
-Lo sabe, Reinfield. Ya lo sabe todo-
El hombre sacudió la cabeza. Habían pasado días, pero Reinfield ya olvidada en donde estuvo y volvía a ser el mismo. Pero su amo no, ya no era el mismo, porque había llegado la mujer que no sería una víctima más que poseer.
-Pero…- pensó y al fin dio por hecho de que había logrado entablar una relación con la señorita Murray -¿Y qué hará con ella si no la toma, y tampoco la puede olvidar?-
El bosque no se presentaba nada alentador allá afuera, pero ahí estaban ellos, y eran como los olvidados del mundo. El silencio de su amo le ratificaba que había un amor del que no podría deshacerse nunca.
- Lamento decirlo- continuaba Reinfield - pero Mina envejecerá y morirá mientras usted…-
No dijo más. Los años para los vampiros pasaban como días, y Reinfield era severo pero tenía toda la razón.
-No lo sé, porque ahora estamos los dos atrapados- y tenía la imagen de Mina escondida detrás de Van Helsing - ¡Ella me pertenece!- exclamó rabioso y sus ojos centellaron de rojo –Pero son demasiadas cosas las que se interponen, y ahora no sé si ella pueda aceptarme-



Capítulo XII – El hombre que ya no es

Había amanecido, las aves comenzaban a cantar a lo lejos y la casa recobraba la vida, ahuyentando así la luz a las sombras tenebrosas. Y era como si todos despertaran de un sueño, como si lo todo ocurrido hubiera sido mera alucinación.
Llorando, Mina se aparta de Van Helsing que perplejo intenta sujetarla por el brazo.
-¿Qué has hecho? ¿Te das cuenta, Mina, de lo que has hecho?- el profesor estalló, con el rostro enrojecido y el sudor corriendo por toda su piel –¡Ahora nos matará a todos!-
El hombre temblaba de terror, pero Mina no era consciente de los temores del profesor.
-No- lo enfrentó la joven al fin –No puedo tener miedo-
-¿Por qué?- le preguntaba él, entonces una chispa de iluminación cruzó por sus ojos –Oh, claro…Eres ya de él- agregó entendiendo lo que sucedía –Te ha poseído Drácula-
Las brumas parecían despejarse un poco de la mente de la joven, y ya se había dado cuenta de que no importaba lo que hubiera hecho, y lo que fuera, no soportaría que algo le pasara a Alexander.
-No, él no me ha poseído en el sentido que usted entiende, profesor Van Helsing- recalcó con la mirada clavada en él- Pero esto es algo que usted no puede ver-
-¿Ver qué, Mina?-
Ella no podía decirle la verdad, Van Helsing no sabía la historia de la mujer de sus sueños, Ilona, la que Alexander conocía. Ahora Mina sabía que aquella mujer había sido su esposa en su vida mortal, y que esa mujer en realidad fue ella. Y lo que antes no entendía, ahora lo estaba viendo, que así como Vlad había regresado de la muerte como Alexander Grayson… Ilona lo había hecho como Mina Murray.
La joven parecía un fantasma, dejó a Van Helsing con la palabra en la boca y salió de la habitación hacia la calle, para ver los tenues rayos del sol aparecerse y rozarle la piel.
-Mina- él la llamaba inútilmente –¡Mina!-
Las calles estaban húmedas de rocío y Londres ignoraba lo que acababa de pasar, lo extraordinario que había acontecido en su seno esa noche.
-Me dices que él no te ha poseído, pero estás de su lado –Van Helsing la seguía con insistencia –Acabas de ver lo que es, acabas de ver a Grayson sin máscaras: ¡El no-muerto! ¿Y te parece algo maravilloso lo que viste?-
-Lo que vi fue algo que me dio mucha pena. Vi a un hombre atormentado por una maldición espantosa. Y sé que él ya no es lo que fue, profesor. Ahora entiendo que Alexander Grayson no es una fachada nada más, es un hombre nuevo que él quiere ser-
-¿Cómo sabes? ¡Él controla a sus víctimas, controla sus mentes, Mina!- explicaba inútilmente –El no-muerto seduce de esa manera-
-Usted no entiende que yo no soy una más de sus víctimas, que él ya no es lo que ustedes una vez conocieron, al Drácula de las leyendas. No lo es, Abraham-
Van Helsing reaccionó con un respingo ante el cambio de tono de Mina, que dejaba de llamarlo profesor, para tomarlo con más familiaridad… como lo haría Alexander Grayson. Se quedó pasmado, porque por primera vez en su vida no podía entender el fenómeno que estaba presenciando.
Mina lloró ante el suave viento de la calle, y poco a poco recordaba cosas inexistentes hasta hacía minutos. Había esperado cuatro siglos para volverlo a ver. Ella, Ilona. Ella había esperado por eso, aunque no fuera consciente de eso. Y Alexander no le había mentido para seducirla, era verdad que Ilona fue parte de ella.
Pero todavía no podía ver por qué necesitaban ellos dos, los amantes, volverse a ver después de cuatro siglos.

---*---*---*---

Ante los gritos del hombre, el doctor Seward no pudo dormir más. Había estado tirado sobre los papeles de su escritorio, y ahora se despertaba. Y sintió un escalofrío.
Era Reinfield que gritaba otra vez y aquel paciente lo inquietaba cada vez más. No era un loco común y corriente, los hombres del lugar decían que por las noches algo lo visitaba.
Torpemente se levantó de su silla y fue hacia la celda del paciente, con cierta impaciencia.
-¿Qué pasa ahora, hombre?- bramó el doctor a través de la rejas.
-Mi amo debe regresar por mí, lo estoy esperando- le dijo Reinfield. Y otra vez salía con lo mismo, el tal "amo". Ya todos sus ayudantes estaban imaginando cosas.
Y el doctor empezó a sentir miedo, porque aquella noche era en especial extraña. Y aquel hombre Reinfield presentía algo.
-Mi amo, algo le ha ocurrido esta noche y no ha regresado- y parecía que Reinrfield quería llorar. El doctor se estremeció.
-¿Quién ha estado visitándote por la noches?- inquirió olvidándose de que trataba con un demente -Reinfield, dime quién te visita, y por qué te curaste tan rápido de un herida como ésa-
No podía negar que era demasiado extraño, el paciente ya tenía la herida curada. Los trabajadores del sanatorio tenían razones en verdad para estarse imaginándose ya historias.
-El amo me ha dado de su sangre- fue lo que respondió y le sonrió serenamente y con cierta sorna, y luego no le habló más.
El doctor hubiera preferido a un loco que se creyera Jesucristo, pero en cambio se encontraba ante alguien cada vez más desconcertante.

---*---*---*---

Herida y sola, la sombra permanecía agazapada bajo la gran muralla del puente. Si podía llorar, no se sabía. Había sido realmente herido, pero ya el sol asomaba y debía ocultarse. Su capa negra lo cubría todo, lo protegía, la sombra a la sombra. Así que, impecable, la tela sobrenatural lo cubre y lo lleva a su sueño siniestro hasta la próxima luna, y la próxima víctima, para recuperar sus fuerzas y buscar a su sirviente.
Algo debía hacer, pero no sabía qué.
Su mundo había cambiado cruelmente. Había creído que ya era un hombre normal, con una vida empresarial prestigiosa, y con un futuro prominente a cargo de su compañía Grayson Energy, pero ahí estaba en el mundo de sombras otra vez.


Había creído en Van Helsing y la propuesta de que podría ser un hombre normal, de que volvería a soportar el día, de que no tendría que vivir de sangre, pero nada fue. Había jurado matar a Van Helsing, pero ahora él tenía a Mina de su lado.
Alexander no quería volver a ser Drácula. Pero ahí estaba, su fachada se había derrumbado: ya no más la vida en sociedad, los paseos al teatro, a los clubes, aunque sólo fuera para vigilar y engatusar a los de la Orden del Dragón. Ya ni siquiera era prioridad La Orden del Dragón, Van Helsing estaba solo y su lucha era contra él ahora.
Aunque no lo quisiera, el rostro de Jayne Wetherby se le presentó como en una pesadilla, y extrañaba también el juego del perro y el gato que por meses jugó con ella.
Solamente le quedaba Reinfield, y el ligero recuerdo de que una vez vivió entre los hombres en su mansión Carfax, pero ya estaba amaneciendo, y como criatura de la noche que era, debía retirarse a su nido.

Capítulo XI - Compasión traicionera

Van Helsing entró a la habitación y se puso frente a Mina mientras Alexander Grayson caía al suelo como impactado por un rayo. No era el crucifijo precisamente lo que lo había debilitado, era el hecho de que creía que Mina lo había traicionado.
Oculta detrás de la espalda de Van Helsing, la joven estaba totalmente perturbada. Ella no quería eso, pero no era dueña de sus acciones.
Su padre había muerto, se había enterado de que el hombre que amaba era un vampiro y estaba envuelta medio de un mundo absurdo de demonios, maldiciones y fuerzas sobrenaturales y su mente no podía trabajar bien. No era dueña de sus actos, y en esos momentos estaba bajo la influencia de Van Helsing.
-Atrás, demonio- el hombre tenía el crucifijo firme en su mano, y en la otra llevaba otra cosa que Mina no distinguía –¡Regresa al infierno de donde saliste, nosferatu. Te lo ordeno en el nombre de Dios!-
Y el vampiro comenzó a retorcerse como si se quemara por dentro. Mina tapaba su boca para no gritar, y se aferraba a la espalda de Van Helsing enfermizamente.
-Mataste a mi padre- decía histérica, y se refería a él; creía firmemente que su padre había muerto por la influencia maligna del vampiro. Pero no soportaba ver que aquel hombre que ella conoció, impecable en sus maneras, en sus ropas, en su educación, estaba ahora allí en el piso como un animal: lo veía como realmente era, una criatura no-humana.


Sentía una enorme pena por él y eso le confirmaba que a pesar de todo... lo amaba.
-Cazador ingenuo- habló el vampiro entre gorjeos y gruñidos –Crees que esa baratija me va a destruir. Nadie ha podido destruirme . Nadie ni nada- y luego sus ojos se clavaron en ella, escondida detrás de Van Helsing y entonces supo que Mina Murray no quería destruirlo, lo vio en sus ojos, en sus lágrimas: ella sólo estaba confundida. Y se sintió más aliviado. Entonces Van Helsing hizo un movimiento y Mina vio que había sacado a la luz el objeto punzante y grande que llevaba en la otra mano, y con eso planeaba atacar a Alexander….
Fue muy poco lo que vio de la estaca, el vampiro se alzó en ese momento y su capa negra lo cubrió todo y cuando Van Helsing se abalanzó sobre él, desapareció.
Había huido y lo último que vio fue la mano de Mina Murray sosteniendo a la de Van Helsing armada con la estaca. Ella había evitado el ataque, ella había hecho que tuviera tiempo de huir. Ella lo salvó.

---*---*---*---

Lo que sintió Jonathan Harker fue una tristeza profunda. Ver en lo que había convertido Lucy Westenra era demasiado penoso incluso para alguien como él.
No hizo nada, al contrario, se cubrió el crucifijo que atormentaba a la criatura y alivió su sufrimiento.
La vampiresa había retrocedido espantada y se cubría el rostro con las manos, pero al ocultarse el objeto sagrado, ella pudo recuperar la compostura.
Volvió a ser bella.


-Lucy, estás muy hermosa- Jonathan permanecía parado sobre una lápida rota y enterrada casi en su totalidad, y no huyó. Lucy Westenra torció el gesto con extrañeza pero no se le acercó, entonces fija su atención en el maletín que llevaba Harker.
-Yo sé lo que llevas allí- la mujer se estremeció y luego gimió como un espíritu –Oh Jonathan, viniste a cazarme-
-Yo…- tartamudeó el joven –Yo te creía muerta. Yo no creía que esto fuera posible- explicaba y era honesto –La Orden del Dragón…-
La sed de sangre era imperiosa en Lucy pero ella sólo quería llorar. Ver a Jonathan le traía montones de recuerdos. Y entonces supo que una vez amó a Mina Murray.
-¿Y qué es de la vida de mi querida Mina? ¡Oh Mina!- el rostro de Lucy se empañó.
-Ella está perdida por culpa de Alexander Grayson. Y dime, Lucy, él te hizo esto ¿Verdad?- atacó Jonathan –Él es el vampiro responsable de todo esto. Dime-
-El amo- fue lo que dijo Lucy -¡Oh Jonathan! ¡El amo me abandonó! Él me creó y luego me abandonó ¡Qué miserable criatura soy!-
Jonathan Harker estaba viendo confirmado todo, absolutamente todo. Al principio estuvo embrutecido, pero respiró profundo y se mantuvo firme, y el silencio del cementerio comenzaba a llenarse de los sonidos del amanecer.
-Lucy, yo no quisiera hacerte daño, lamento muchísimo todo esto- él se compadeció de la criatura. Pero se estaba confiando demasiado.
-Mírame, Jonathan, yo maté a mi madre, yo maté a todos esos niños- Lucy se acercó a él con ternura –Mira lo que me hizo Alexander, ese maldito-
-A él lo vamos a destruir- le informó Jonathan retrocediendo. Daba pasos inseguros hacia atrás porque no podía permitir que se le acercara la criatura. Pero Lucy se acercaba con lágrimas en los ojos.
-Jonathan, mi amado- lo sedujo, su voz era irresistible, su mirada. Harker cayó de espaldas totalmente perturbado y no pudo ver ni cómo ni cuándo la mujer se le echó encima. Ahora Lucy estaba encima de él, cuerpo con cuerpo –Todos ustedes son igual de malos. Por tu culpa Mina me odia… no te lo perdonaré-
Era demasiado tarde, la fuerza de la vampiresa era superior y Jonathan quedó totalmente atrapado. Hambrienta, abrió sus labios rojos carmesí, y esos labios rojos, esos colmillos blancos fue lo último que vio Jonathan Harker en su vida.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Capítulo X - Encuentros

Desde que Jonathan Harker se había unido a La Orden del Dragón su alma se encontraba dividida en dos. La primera noche en Whitby fue atormentado por incesantes pesadillas y no sabía si estando lejos de Londres podría estar a salvo del vampiro.
Prefería dudar de Van Helsing y de todo el mundo antes que creer que Alexander Grayson era una criatura de la noche que podría muy bien aparecerse allí en su habitación y matarlo como a una mosca.
Se estaba comportando como el cobarde que Mina había dicho que era.
Y no podía dormir, su maletín descansaba al lado de la cama y no le quitaba los ojos de encima.
Cualquier criatura de la noche podría aparecerse allí, de hecho, y ni siquiera el maletín podría salvarlo. A esas horas de la noche cualquier cosa le resultaba creíble así que el joven prefirió ponerse de pie y tomar el maletín para estudiar su contenido.
Tal vez era mejor enfrentar la realidad a quedarse allí consumido por su imaginación.

---*---*---*---

El reloj de la plaza marcada las cuatro de la mañana, las calles exhumaban bruma blancuzca y fría. Las botas de Jonathan Harker hacían eco sobre las piedras, y resonaron por un largo trecho hasta que tocaron los
terrenos que bajaban hasta el cementerio.
Estaba loco, totalmente loco. No hacía mucho sus días transcurría tras un escritorio bien organizado lleno de papeles y ahora era un vagabundo nocturno que espiaba cementerios en busca de demonios imaginarios. Sin embargo el crucifijo que le había regalado la mujer de la taberna no lo soltaba por nada del mundo.
Se rio de sí mismo, y de todos los locos de La Orden, y bajó la colina para darse una vuelta por el susodicho cementerio. Unos perros aullaron en la lejanía pero él no les hizo el mínimo caso. Pensaba en todo lo ocurrido, reflexionando y poniendo ideas en orden. Pero aquel lugar no lo ayudaba en lo absoluto… las noticias de los niños muertos, de las cosas que lo habían llevado a él allí le enfriaban el alma.
Jonathan intentaba reírse de todo pero no podía, tenía miedo.
¿Estaría Mina con él? Pensó y se le retorcieron las entrañas, imaginando a su Mina en los brazos de Alexander Grayson que tenía el aspecto de sus pesadillas: un monstruo con sanguinarios ojos rojos.
Estupideces de Van Helsing, pensó sacudiendo la cabeza, y ahora estaba poseso por las supersticiones de todo el mundo.
No caminó mucho cuando se sintió como en un sueño, y entonces en medio del cementerio se encuentra con una hermosa mujer, que era como una mancha blanca en el paisaje mortuorio.
No se asustó, al contrario, se sintió muy atraído.
La mujer notó su presencia y suelta una risita traviesa. Era aquel un joven apuesto y eso le gustaba, así que se acercó.
Era mágico, el joven no podía moverse, no podía huir. En medio de un tenebroso cementerio se encontraba con una mujer que creía muerta. Jonathan no podía creer que estaba viendo a Lucy Westenra caminando por el cementerio en plena madrugada. Las malditas pesadillas se hacían realidad. Y no podía huir.
La bella señora lo reconoció enseguida y se echó a reír:
-Jonathan Harker ¡Mi querido Jonathan!- rio con una horrible voz–Vaya cosa extraña encontrarte por aquí-
Él no decía nada, debía estar soñando o bajo el influjo de algún alucinógeno.
-Mi amor- ella se le acercó seductora, y estaba realmente muy hermosa.
-Lucy- balbucea tratando de recobrar la compostura –Creí que, de hecho, todos creíamos que… que… estabas muerta-
La mujer se echó a reír.
-Mi amor, eres mío-
Jonathan retrocede, resistiéndose al impulso de besarla, pero recordó lo que lo había llevado allí, y llevaba puesto el crucifijo el cual brilló con la luz de la luna.
Al ver aquella joya Lucy se espanta de tal manera que su rostro se vuelve una máscara infernal, y los colmillos afilados demostraron al incrédulo Harker que estaba ante un vampiro.



---*---*---*---

En algún momento de alguna noche, el señor Murray había visto algo horroroso. Ahora ya no podía distinguir cuál era la realidad y cuál había sido la pesadilla.
Había visto a un ser espantoso entrar a su casa de noche para visitar a su hija. Y el ser estaba envuelto en llamas infernales y se convertía en murciélago.
Otras veces era un lobo bestial el que entraba a su casa y se llevaba a su hija Mina entre sus fauces mientras él no podía hacer nada.


Estaba extremadamente preocupado, porque estaba perdiendo a su hija. Las pesadillas significaban eso, y él no podía hacer nada. Y desde entonces estaba paralizado y sin voz.
Algo lo había paralizado para siempre.
Lo que había llegado a su casa, invitado por todos, había sellado su destino de esa manera cruel para que no pudiera interceder ni evitar lo que estaba marcado desde el día en que Vlad e Ilona se juraron amor eterno.
Desde entonces nunca más pudo parase de la cama y su corazón latía cada vez menos.
Y menos y menos.

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Cuando Alexander Grayson regresa, encuentra a Mina sentada al lado de la cama de su padre. Como una sombra entra a la habitación y presiente la negra y pesada presencia de la muerte.
-Lo siento mucho- susurra.
Mina estaba distante y no se movía en lo absoluto.
-Yo siempre quise encontrar la cura para la muerte…- al fin murmura en voz baja, ahogada en dolor. La llegada de Alexander no causaba nada en ella.
-No hay nada que yo pueda hacer- proseguía él sin atreverse a acercarse más –Lo siento mucho, en verdad-
-De hecho, tú sí puedes hacer algo, Alexander- Mina al fin voltea sus ojos y la mirada de ambos se encuentran.
Ante eso, él retrocede como impulsado por algún impacto, pero no dice nada.
-Yo sé lo que eres-
Se quedó estupefacto. Cuando creía que a su edad ya nada lo sorprendía: Mina lo sorprendía.
Tranquila, ella deja de mirarlo y vuelve su atención hacia el hombre tendido en la cama.
-Siempre supe que eras diferente- agregaba y luego soltó con pesar -Esperaba que fueras tú quien me lo contara todo acerca de ti, pero tú jamás me lo dijiste-
-Sabes lo que soy...- él todavía no daba crédito a lo que oía.
-Me lo dijo Van Helsing, me abrió los ojos al fin. Porque yo me negaba a verlo-
Los ojos del vampiro flamearon y sus labios se crisparon de rabia al oír aquel nombre maldito.
-Ese Holandés miserable. Mina, es un desgraciado. No te imaginas lo que ha hecho- masculló.
-Y resulta que tú también lo conoces bastante bien- Mina le habló con severidad. De repente, su ira se esfuma y nada más queda la tristeza –Creí que se habían conocido cuando yo los presenté. Pero ya me di cuenta que no, que yo era quien vivía en un mundo de mentiras-
-Tenemos mucho que hablar Mina, mucho- Alexander bajó el tono muy avergonzado por irrespetar la memoria del señor Murray con su enojo –Pero no es momento para eso ahora-
-No lo es- entonces Mina se pone de pie y ya no soportaba tratar a Alexander como un extraño, como a un agresor. Estaba ante el cuerpo de su padre y la desolación acababa con cualquier otro sentimiento–Me dejó sola en este mundo-
-No estás sola, nunca lo estarás- él quería abrazarla, pero no podía. No se le acercaba –Yo…-
-Y dime ¿Cómo crees que yo pueda aceptar a alguien como tú, si estás muerto desde hace siglos- cuando ella lo miró otra vez, sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Era demasiado cruel, Alexander no se esperaba eso esa noche.
-Eres un monstruo, Alexander- soltó Mina.
¡Las mismas palabras de Ilona! Alexander retrocedió fulminado por esas palabras. Era como estar ante Ilona la noche en que fueron separados cruelmente.
-Yo soy un monstruo cuando no te tengo a mi lado- el vampiro se acercó al fin -¿No ves que te necesito?
No me dejes, o mi maldición me hará exterminar a todo ser viviente que encuentre en mi camino.
Mina estaba demasiado confundida como para sentir algo. Y Alexander no podía decirle más nada porque enseguida presiente que no estaban solos en aquella casa.
El vampiro se pone alerta, sus sentidos se habían quedado aturdidos ante el descubrimiento de Mina. Pero no estaban solos en la casa y ahora Alexander voltea para ver a la persona que estaba en la habitación continua y que ahora venía justo por atrás de él.
-¡Mina!- exclama perplejo, porque ella no le dijo nada, y ahora era muy tarde, un hombre se aparece por la puerta de la habitación y desde ese momento una enorme debilidad se adueña por completo de él.
-Atrás, demonio- dice la conocida voz con inusual tranquilidad y lo que llevaba en su mano brilla en la oscuridad.
Los ojos del vampiro se encienden pues lo que brillaba delante de él era un crucifijo de oro.

Capítulo IX - Cazador y presa

Mina observaba al doctor Van Helsing en silencio mientras éste examinaba con detenimiento al debilitado señor Murray. La habitación estaba a media luz y sus rostros los iluminaba apenas una pequeña lámpara de aceite colocada en la mesa.
Finalmente Van Helsing decide hablar:
-Es extraño- musitó colocando su maletín en el sillón y abriéndolo para guardar ya todos sus instrumentos –Su padre parece tener todos los síntomas del cólera, pero no siente ninguna molestia-
-Lo sé, precisamente por eso acudí a usted, profesor. ¿Tiene mi padre cólera o no? Tiene terribles ataques, como si una fiebre espantosa lo agobiara, sin embargo su temperatura no es alta- la joven estaba parada junto a la ventana cerrada con pesadas cortinas –Por favor, siéntese- le señala otra silla apostada frente al armario.
Van Helsing alzó el rostro con sorpresa, pero atendió a su petición.
-Es extraño, lo sé… pero…- el hombre se sienta junto al enfermo y estudia el apaciguado dormir del que una vez fuera su amigo.
-¿Pero qué?- ella insistió y no dejaría que el profesor se marchara sin responderle sus preguntas –Me habló de un nosferatu. Ahora, ¿qué tiene que ver esa criatura con todo esto? Dígamelo-
-En Suramérica, señorita Murray, existe una especie de murciélago que se alimenta de sangre, el vampiro…- Van Helsing empezó su relato con aire ausente –Cuando estuve por allá, una yegua que yo tenía empezó a debilitarse paulatinamente… El pobre animal sufrió mucho, cuando al fin descubrimos que tenía mordidas en el cuello… Esos enormes murciélagos le estaban chupando la sangre. Por la noches el vampiro muerde a sus víctimas, por lo general al ganado, y les extrae la sangre poco a poco. Muchas veces la víctima no se da cuenta, pero empieza a padecer ciertos síntomas- y entonces Van Helsing dirigió la mirada hacia el señor Murray.


-Y con eso quiere decir que tal vez un murciélago vampiro ha venido a morder a mi padre…-
-No. Lo revisé muy bien y no tiene ninguna señal de haber sido mordido. Además, no hay tales murciélagos aquí en Inglaterra-
Recostándose cansadamente de su silla, Van Helsing se quita los lentes para limpiarlos y clava sus ojos sobre la joven.
-No hay tales animales, pero sí los hay con forma humana, señorita Murray-
Mina bufó.
-Eso es un nosferatu, un vampiro con forma humana que se alimenta de sangre humana. Y algunos de nosotros tenemos la prueba de su existencia-
Por un momento Mina pensó que el profesor había perdido la seriedad, o la cabeza.
-Me está asustando profesor- le advirtió la joven –Yo sé lo que es un nosferatu, pero no veo por qué me dice esos cuentos de gitanos en momentos en que estoy tan angustiada-
Incómoda, Mina comienza a pasearse por toda la habitación.
-Porque usted no quiere escuchar-
Ella, silenciosa, evadía su mirada.
-No sabe el peligro que corre- prosiguió él - Pero como usted misma me ha dicho, la verdad hay que decirla. No se puede seguir con el rodeo-
-Están todos ensañados en contra del hombre que amo. Sólo porque dejé a Jonathan por él- y una lágrima corrió por su mejilla, pero Van Helsing no podía verla –Nos amamos profesor, la verdad tiene que decirse, sin más rodeos-
-Ese hombre que dices amar ahora, Mina, murió hace cuatro siglos- Van Helsing soltó aquello como un disparo y se coloca los lentes otra vez.
Mina lo escuchó en silencio, y en medio de la habitación en penumbras apenas se le veía el rostro.
-¿Se da cuenta de lo que me está diciendo?- dice al fin, y al ver la mirada severa y segura del profesor añade –Usted, un académico en el que tenía puesta toda la fe del mundo. Me está diciendo que tanto usted como yo, y muchos otros, hemos estado hablando, tocando, relacionándonos con un hombre muerto-
-Un no-muerto, señorita- le aclara - Y como mi mejor estudiante, una mujer con visión, le estoy diciendo todo esto. Porque sé que no tiene la mente cerrada-
Ante el silencio de Mina, Van Helsing prosigue.
-Se lo tengo que decir, usted me obliga. Porque sé que lo ha vuelto a ver después de nuestra última conversación. Los vampiros existen y son seres nacidos del mal y destinados a hacer el mal, son fuertes y poderoso. Alexander Grayson no puede salir de día, por eso solamente lo vemos de noche. La luz del sol lo mataría. Tampoco puede un vampiro entrar a una casa sin ser invitado. No tolera los crucifijos, Dios es su mayor enemigo. No soporta el ajo…- y la charla seguía y Mina se inquieta aún más, porque todo lo que Van Helsing le decía encaja, y explicaba muchas cosas de Alexander–Se puede aparecer donde y cuando quiere, y puede cambiar a la forma de un animal, un murciélago, un lobo, o de niebla. De hecho, usted misma vio su sangre, en mi laboratorio ¿Se acuerda?-
A Mina se le fue la respiración, se sentía como si hubiera caminado kilómetros, y recordaba muy bien aquella muestra de sangre tan extraña a la que se refería el profesor, y un estremecimiento casi la hizo caer al suelo.
-¿Cómo puede Alexander Grayson estar muerto?- musitaba si aire – No es posible...- y sentía un enorme vacío en su estómago y estaba algo mareada.
-Alexander Grayson no- la corrigió el profesor - sino el hombre que se hace pasar por ese Americano. Y no es Americano, nació hace cuatro siglos en Transilvania-
Era demasiado para procesar, la mente de la joven iba a explotar. El profesor parecía más serio y cuerdo que nunca, no sabía qué creer, siempre había respetado a Abraham Van Helsing como a nadie, pero ahora….
-Usted parece conocerlo bien…- dijo tristemente. Tenía en la mente a Alexander, siempre apareciendo de noche, colándose en las habitaciones, tan sobrenatural, tan etéreo. Y la mujer de sus sueños, la mujer que él decía que era. Todo lo que ella veía y se negaba a aceptar como algo aterrador. Ya no lo soportaba.
-Sí, lo conozco…- Van Helsing no iba a decirle a nadie que fue él quien lo trajo a la vida de nuevo- desgraciadamente. También lo conocían Browning y Lady Jayne, por eso murieron. Es aquel vaivoda Drácula que luchó contra los Turcos, un guerrero valiente y un príncipe. Pero que fue maldecido-
Van Helsing no sabía cuánto estaba abusando de la tolerancia de Mina, era demasiada información para ella.
-No sólo estoy descubriendo cosas de Alexander, sino también de usted, profesor. Está casi en el mismo nivel que él- ella sonó profundamente decepcionada, porque todos le habían ocultado lo que en realidad eran. Todos, Jonathan, Van Helsing y, con el dolor de su corazón, también Alexander - Resulta que ahora es más de lo que decían los rumores, es un conocedor de las criaturas siniestras de la noche que afirma existen tal como existe la ciencia. Es un hereje, profesor Van Helsing- puntualizó. Ahí estaba su tutor hablándole de vampiros con la misma certeza con que hablaba de anatomía.
-Así es. Y soy un cazador de seres demoníacos y a éste… a éste lo vengo cazando desde hace tiempo- suspiró atormentado por el recuerdo de la vez en que resucitó al monstruo.
Él resucitó a Drácula, así que él destruiría a Drácula también.
-No entiendo ¿Qué hace aquí él?- todo le daba vueltas a la joven y el dolor que le apretaba el pecho era insoportable. Todas esas noches en brazos de él, y jamás le dijo nada de su naturaleza espantosa ¿Qué podía pensar de Alexander ahora? Sus sentimientos eran un mar de confusión. Y ¡La mujer de sus sueños, la mujer que ella era en sus sueños era la esposa de aquel príncipe Transilvano!
Era verdad, terriblemente verdad todo. Mina sabía que descubriría lo que era Alexander, pero esperaba que fuera él mismo quien se lo contara.
Y no fue así.
-Es una larga historia y creo que no soy yo quien deba decirle- el profesor notó la gran pena que había caído sobre Mina, y se sintió que otra vez era un verdugo - Lo que debo decirle es que esa criatura no es un hombre, es un no-muerto, un depredador sanguinario y demoníaco, y ya le dije, fue quien mató a Lady Jayne, y a todos esos que aparecen muertos en circunstancias misteriosas. Ese vampiro busca sangre de mujeres hermosas, las posee, y de seguro que usted está en la lista para ser su próxima víctima-
Había hablado demasiado, la joven estaba desolada. Van Helsing debía marcharse, así que se pone de pie y se le acerca.
-Mi querida Mina, la aprecio, y la protegeré de Alexander Grayson. Yo voy a cazarlo y a destruirlo, ésa es mi misión-
Pero aquellas palabras no eran consuelo para Wilhemina Murray, aquellas palabras eran puñales ardientes que se clavaban en su corazón.