Una extraña tormenta de rayos se acumulaba, como un remolino de nubes centellantes y terribles.
Fue como si el día se hubiera aparecido por un momento y Mina pudo ver los hombres que habían entrado y que ahora la rodeaban por el frente y por los lados. Desconocidos, altos, bien vestidos, pero armados con filosas espadas y miradas despiadadas.
Vio la muerte allí en segundos, atrapada por sorpresa, indefensa y presa de seres que ni los monstruos del infierno eran así. No había maldad peor que la de los hombres. Mina lo supo en ese momento, y ni lo peor de Drácula alimentándose de sangre humana era tan malo.
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El trueno que retumbó por las salas vacías de la mansión hizo que Reinfield se sobresaltara de tal manera que casi pierde el equilibrio, se tuvo que sostener con una mano del viejo carillón que tenía enfrente de sí.
El corazón le quedó acelerado, y sudaba. Ya era la hora y en cualquier momento esperaba la figura aparecerse entre la neblina blanca sobrenatural. Entonces oyó un grito que le desgarró lo oídos, y los lobos donde quiera que estuvieran empezaron a aullar.
El hombre supo que era Mina, y el sonido venía de la terraza que daba al jardín trasero. Allí estaba Mina. Sin pensarlo corrió, y saliendo del comedor tropieza con una sombra. La sombra era muy humana, un hombre pequeño porque muy pocos tenían el inmenso porte que tenía Reinfield, así que difícilmente lo dominaría.
-Un intruso- exclama en voz alta muy sorprendido, aunque ya con tanta experiencia al lado de Alexander Grayson, Reinfield tenía ciertas habilidades.
El hombre iba a matarlo, pero su mano se vio sujeta por el fuerte brazo de Reinfield con una rapidez sorpresiva. Pero era ingenuo si pensaba que solamente un hombre estaba allí para matarlo, otro se apareció por atrás salido de la oscuridad y con una pistola en la mano apunta hacia Reinfield.
Pero un golpe hizo volar la pistola de la mano del otro intruso.
Los lobos aullaban y nadie sabía de dónde venían esos lobos. No había tales animales sueltos en Londres. Pero oírlos alegraba mucho a Reinfield, aunque fuera un presagio mortal para la mayoría que los oía.
Un tercer intruso aparece cuando Reinfield logra dominar a los dos anteriores, uno más venía al ataque mientras forcejeaban.
-¿Qué está ocurriendo en esta casa?- tronó furiosa la voz del dueño, una niebla blanca se cuela por entre los escasos muebles que quedaban en el lugar –Intrusos saqueadores malditos-
Alexander había regresado a la Mansión, entrando majestuosamente a su propiedad, tal como su sirviente esperaba, y se encuentra con eso: Un insulto, una provocación directa. Ya no lo toleraría más.
Furioso, se acerca a los que mantenían a su sirviente aprisionado y los hombres perplejos no entienden cómo ni cuándo se había colado Grayson adentro de la mansión, y estaba frente a ellos ahora, cuando no había señal alguna de que el hombre estuviera en la propiedad.
Otro rayo feroz ilumina la noche con estruendo.
-¿Grayson?- grita con rabia uno de ellos, pero fue lo último que dijo ya que de un zarpazo, el cuello se le rebana en dos, desprendiendo casi su cabeza.
Despachado uno, Alexander va por el otro y libera a Reinfield arrancándole los brazos al segundo intruso. El tercero cayó también al instante.
-¡Mina ¿Dónde está?!- gruñe furioso, todo salpicado de sangre. Pero Reinfield no sabía nada, entonces Alexander tiene un nefasto presentimiento y voltea hacia la parte de atrás. Desde allí oía su agitada respiración.
-¡Alexander!- al fin ella grita desde afuera y su voz traspasa las paredes físicas y espirituales. Soltando los cuerpos muertos y desmembrados de los hombres, él se desaparece de la vista de Reinfield.
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Nunca creyó que volvería a verlo, otra vez se sentía que estaba en las prisiones de Transilvania, y Mina era arrastrada por el piso, golpeada por cuatro intrusos que la aprisionaban. Tal como la noche en que mataron a Ilona.
No podía creerlo, la rabia que tenía pasó a ser terror ante el terrible espectáculo.
La furia del vampiro se desbocó, y los hombres no tenían idea de con qué se estaban enfrentando.
No lo entendían, quién era el recién llegado de la capa negra, que ahora se lanzaba contra ellos y al que apenas podían ver.
Cayeron muertos horriblemente dos de ellos, mientras los restantes aprisionaban a Mina totalmente atontados por lo que veían. Pero Mina había notado algo terrible, uno de ellos tenían un crucifijo colgando de su cuello, de hecho, ahora reconocía a gente de La Orden, tenían objetos sagrados, al menos los que estaba viendo en ese momento a la luz de los relámpagos.
-¡Cuidado Alexander!- le gritaba a él con lo que le quedaba de fuerzas.
El vampiro siente la debilidad ante los objetos sagrados y no puede usar todas sus habilidades.
-Oh Dios mío- balbucean los intrusos que quedaban vivo, y que mantenían a Mina aprisionada- ¡Es cierto. Es cierto!-
Con ojos desorbitados reconocían a la bestia sobrehumana que tenían delante de sí, de la que se rumoreaba tanto en las entrañas de La Orden del Dragón. Pero era una bestia que no le llegaba ni por los pies a la corrupción y la maldad de la humanidad.
Expectante, Alexander no podía acercarse mucho debido a la fuerza repulsiva de los crucifijos.
-Dicen que soy el demonio- Se reía con los colmillos ensangrentados, lleno de una ira milenaria –Debería demostrarles entonces, a todos ustedes, por qué soy el demonio. Si no sueltan a Mina… ya lo verán-
Aterrados, los hombres recordaban sus órdenes y no se iban a dejar intimidar. No soltarían a la mujer, que por más que intentara hacer algo, eran demasiado fuertes para ella.
Entonces la sangre corrió otra vez, y el blanco camisón de la atormentada joven se salpicó de muerte. El vampiro atacó otra vez, pero el arma bendecida que cargaba el que sujetaba a Mina era demasiado fuerte.
Pero él no se dejaría vencer, y aunque se moviera más lento, fue a por el último hombre y… lo que vio a continuación fue que aquel hombre se despojaba de Mina como si fuera ella una muñeca de trapo, la tiró al piso como basura y… el camisón blanco tenía una gran mancha de sangre en el pecho.
Había sangre por todas partes, él no podía tomarse en serio esa sangre, no era de ella.
Esa sangre no era de ella.
El hombre que la había tirado sonreía antes de morir devorado.
"La sangre no es de Mina" se repetía Alexander, cansado y atormentado por el influjo de los crucifijos, su poder estaba casi extinto, cuando la vio a ella inerte sobre el frío piso de piedra.
Se tiró sobre ella y tomó su fragilidad entre sus brazos. Entonces descubrió el plateado puñal que le habían clavado por la espalda, y la atravesaba casi toda. Su blanco camisón no tenía nada más que la sangre ajena. Estaba empapado de la sangre de Mina.


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