miércoles, 29 de octubre de 2014

Capítulo XXIII - Historial de pecados

Aquel hombre estaba muy seguro de lo que hacía, se veía demasiado familiarizado y parecía haberse invitado a sí mismo a la casa.
-Mucho me temo que el señor Grayson tal vez no pueda atenderlo en este momento- se disculpa Reinfield sin mostrar ninguna expresión –Es un poco tarde para estas visitas ¿No le parece?-
-Claro, es porque el señor Grayson solamente se aparece de noche. Por eso hemos venido a esta hora- el agente hizo una mueca que no le causó ninguna gracia. Reinfield sabía que los arrestos los hacían mucho de noche, para atrapar a la gente en las casas.
Empezó a inquietarse, pero no precisamente por la seguridad de su Amo.
-Por favor- pidió el agente otra vez. Y no había ninguna señal de que aceptara las escusas.
-Veré si el señor Gray…- al fin cede pero no concluye su oración porque alguien lo interrumpe.
-Gute abend!- exclama la voz desde el interior de la oscuridad. Adentro, la mansión estaba toda oscura.
Alexander Grayson se aparecía por la sala muy relajado y contento. Reinfield al fin respira.
El agente responde al saludo con un ademán y se quita el sombrero. Los conocía a ambos, pero solamente de nombre. Nunca había visto a la gente de Energías Grayson en persona, y mucho menos a Alexander, pero le habían hablado mucho de él.
Cuando se acerca a la luz, a entradas de la casa, el agente McGrath admira toda su presencia con cierta incredulidad. Nunca pensó que iba a tener aquella impresión, no alguien como él, acostumbrado a lidiar con los peores sujetos. Alexander Grayson lo intimidaba pero no veía por qué.
Era joven, pero había en él algo muy muy antiguo, y su aspecto impecable era anormal. Todo era anormal. Aquella casa, el extraño sirviente y él. Ya el agente no se sentía tan seguro.
-¿Puedo ayudarles en algo?- el anfitrión estaba muy al tanto de la impresión que causaba en su visitante, y lo disfrutaba.
-Señor Grayson- el agente intentó retomar el asunto que lo llevaba allí.
-Tiene suerte de encontrarme, señor, hemos estado muy ocupados y ausentes de Carfax después de todo lo que pasó-

Muy feliz, Alexander se acerca al individuo, y de los dos, el que estaba asustado era el agente.
-Lamento informarle que además de las denuncias que ya habíamos recibido antes contra usted, ahora tenemos otras más-
-¿Denuncias? ¿Contra mi persona? No me diga- canturreó Alexander.
-Tal vez no ha enterado de que su socio y amigo Jonathan Harker está ahora desaparecido-
Alexander Grayson mostraba falsa perplejidad, e intercambiaba miradas con Reinfield.
-Señor, toda la gente que ha estado relacionada con usted está muerta o desaparecida ahora. Varios miembros de la prestigiosa Orden del Dragón, los que más estuvieron en contacto con usted, fueron asesinados horriblemente- poco a poco el agente recobraba el temple, pues no estaba solo, sus hombres estaban en el carruaje. Después de todo, Alexander Grayson no era más que un hombre, y aunque tuviera a su matón allí con él, habían dominado a hombres peores antes –Ahora también Jonathan Harker, y como si no fuera suficiente, cinco miembros más de La Orden también están desaparecidos -
-Oh, entiendo. Por eso están ustedes aquí. Y supongo que alguno de esos raros de La Orden puso la otra denuncia-
-En realidad no. La denuncia la hizo otra persona amiga de usted-
Alexander alzó una ceja adivinando en seguida de quién se trataba.
-Algún estúpido Holandés, que no tuvo el valor de venir él mismo a enfrentarme-
-Y no me atrevo a pensar, señor Grayson, cuánta gente más está muerta o desaparecida, de la cual no nos hemos enterado todavía-
-¿Están aquí para arrestarme entonces?- se rio perdiendo la paciencia. Tenía otras cosas más importantes de qué ocuparse.
-Yo no he dicho nada de eso, lo ha dicho usted…- entonces el agente se ve interrumpido por otra cosa, por algo que vio más allá de sus anfitriones –Oh, disculpe, no sabía que había una dama presente-
Reinfield no la había visto hasta ahora, y Alexander tampoco se esperaba tal aparición. Cuando giró para verla se le abrieron mucho los ojos. Era la señorita Mina, a primera vista, aunque su cabello ya no era crespo sino bastante liso y le caía negro sobre sus hombros y por casi todo su pecho.
La mujer estaba con su camisón blanco y limpio, resplandeciendo en medio de la sala oscura de la mansión, su ropa parecía tener bordados de oro. Frágil pero firme, ahí estaba.


-Es…- Alexander no salía de su sorpresa- Ella es mi esposa Ilona- la presenta.
-¡Oh, entonces ahora es casado!- el agente McGrath no podía ver algo peor. Si Alexander era raro, la mujer aquella lo era más. Joven, bonita, sí, pero era como admirar a una muerta.
Alexander no respondió a eso. Pero el jueguito se había acabado:
-Bien, señor McGrath, escuche- cambiando de tono, y Alexander clava sus ojos otra vez en el individuo. Y cuando hizo eso, el agente se quedó sin respiración –Escúcheme muy bien- y su mano blanca y fría se alzó hacia el rostro del individuo. Aquella mano le tomó el rostro y los ojos implacables no se despegaron de los de aquel hombre.
Ilona observaba aquello con fascinación desde su rincón oscuro, Reinfield sonreía con sorna. Y Alexander tenía al hombre bajo su poder.
-Están confundidos, eso es todo- dijo con serenidad. Y luego la mano blanca se retiró, y los atormentantes ojos del vampiro dejaron de mirar al agente de la Scotland Yard.
-Tal vez todo sea un error, señor Grayson. La verdad no hay nada que pueda inculparlo a usted de esas denuncias- dijo al fin el agente, con el rostro pálido, sudoroso y enfermizo –Investigaremos bien todo, no se preocupe-
Acto seguido el hombre volvió a colocarse su sombrero, y se lo acomodó con gracia. Alexander le sonríe y el agente se dispone a marcharse.
-¡Reinfield! Acompaña a nuestro amigo, por favor- ordena a su sirviente.

---*---*---*---

El carruaje traqueteó de regreso a la calle y la niebla de la noche se lo tragó por completo.
-¿No le preocupa eso, señor?- Reinfield cierra las puertas y regresa a mirar a Ilona que seguía estando en el mismo lugar.
Ahora Alexander iba con ella.
-Pronto nos marcharemos de aquí. Que hagan ellos lo que quieran- le dijo mientras la tomaba en sus brazos –Lo último que nos importa ahora es la Scotland Yard-
-¿Qué fue lo que hiciste?- ella se tranquiliza, pero estudiaba a Alexander con curiosidad.
-Lo hipnoticé. Hacía tiempo que no lo hacía, cuando pretendía ser un hombre normal, me olvidé de algunas habilidades-
-¿Eso es posible?-
-Yo puedo, y tú también podrás-
-¡Tengo mucho miedo, Alexander!- al fin confesaba, y el frágil cuerpo de Ilona, todavía débil, temblaba de frío pues su cuerpo muerto empezaba a tener vida sobrenatural. Alexander la abrazó para darle calor con su ropa, y ella percibió su olor con más intensidad. Podía oler todo. Todo lo que había a su alrededor y lo que había en los terrenos de afuera. Olía la tela de cada una de las prendas que llevaba puestas Alexander.
-Ven, te enseñaré algo hermoso-
Y así la pareja deja solo a Reinfield en la sala y van al patio de atrás, a la terraza donde una vez estuvo Mina. Y se movieron como un espíritu, desaparecieron de su vista.

---*---*---*---

Estaba blanca y resplandecía de neblina iluminada por la luz de la luna, allí donde murió Mina. Ilona se estremeció aún más y se apretó contra el pecho de Alexander. No sabía por qué la había llevado a aquel lugar otra vez.
-Aquí moriste pero ya no es malo- él intuyó lo que la atormentaba -Fue una transición nada más. Me ayudó a hacer lo que me negaba a hacer-
Las sensaciones regresaban a su cuerpo y ya ella no estaba tan insensible y tampoco tan débil.
-¿Estamos… muertos? ¿En serio lo estamos?-
-Algo así-
-No es tan malo, ya no. Me siento mejor- reconoció pero luego dijo con agobio –Pero tengo mucho miedo-
-El miedo estará siempre allí, pero juntos podremos sobrellevarlo-
Aves nocturnas canturrearon tenebrosamente en el jardín, y los cúmulos donde había enterrado Reinfield los cuerpos se veían con facilidad.
-¿Este es nuestro nuevo mundo?- reconoció Ilona a la noche.
-Sí-
-¿Qué ha sido de Lucy, Alexander?-
-Fue destruída, pero no lo hice yo. Lo hizo alguien que debo ir a ver esta noche-
Entonces Ilona recordó el rostro de su profesor de la universidad.
-El profesor Van Helsing- murmuró.
-Y esta noche voy a ir a verlo, porque es una amenaza para ti. No lo permitiré-
Entonces Ilona se aferró a él llena de terror.
-¡No te vayas, no me dejes sola!- lloraba como una criatura atormentada.
-Debo hacerlo. Y Reinfield te cuidará, no te preocupes. Ahora nosotros no somos los amenazados, lo son todos los demás-
-Es que no entiendes. Tengo miedo de lo que siento- ella cambió de tono –¡De lo que quiero hacer!-
Alexander la tomó de las manos con gentileza y la miró a los ojos.
-¿Estás lista?¿Tan pronto?- habló enigmáticamente.


-Tengo mucha hambre y mucha ira- decía Ilona y los ojos se le encendieron.
-Ya yo te enseñé cómo. Con eso es suficiente- sonrió él –Ellos son sólo insectos en nuestras manos, no tienes nada de qué temer- y entre sus labios se vieron los colmillos, asomando en una mueca sanguinaria.
Al principio parecía insegura pero se paseó por la terraza, por el jardín, y algo parecía llenarle todo el cuerpo. Un sufrimiento de años, todo le estaba alimentando el alma. Y recobraba fuerzas.
-Eres más fuerte de lo que esperaba, y sabes muy bien lo que tienes que hacer. Tu ira te guiará, Ilona- dijo la sombra a su amada -Ve, que salga eso que tienes dentro. Ve, mi amada- y le dio un beso en los labios.
Reinfield salió a la terraza para ver a Ilona otra vez, todavía hipnotizado por aquella cosa extraordinaria. Pero ya entonces habían desaparecido los dos. Se fueron. Entonces se rio con ganas, y dio la media vuelta para regresar y cerrar las puertas, como hacía todas las noches.

No hay comentarios:

Publicar un comentario