jueves, 9 de octubre de 2014

Capítulo XX - Un mundo mejor

Mina Murray moría y ya no había vuelta atrás.
Cuando Reinfield los encontró, soltó un grito ahogado al ver el espectáculo que se presentaba ante sus ojos: en el suelo estaba tendida Mina, inerte, y arrodillado a su lado estaba el Maestro: y parecía un cuadro trágico, él arrodillado ahí y tomando a su amada con sus brazos, tal como María hacía con Jesús al pie de la cruz en la famosa obra de "La Piedad" de Miguel Angel.
 Y la vida se le iba rápidamente.
Ella miró a Alexander que estaba allí a su lado, y, para su sorpresa, sonrió tranquilamente. Él tenía el bello rostro totalmente compungido por el dolor, pero aquella sonrisa… aquella sonrisa le estaba hablando y sus facciones se relajaron.
"Tómela" le había dicho siempre Reinfield, y él estaba justo ahí parado como un espectador.
Estaba terriblemente perturbado, pero algo en su interior seguía cuerdo, y pasarse el resto de la eternidad solo otra vez, le resultaba mucho peor.
Los ojos profundamente azules del ser miraron a su Mina que poco a poco dejaba de respirar, y sus ojos dulces que no dejaban de mirarlo, se cerrarían para siempre. Entonces, el vampiro supo lo que tenía que hacer y a pesar de que luchó por mucho tiempo contra ese instinto, ahora no lo detendría.
Cuando los párpados de la joven finalmente se cerraron, Alexander susurró y su voz entró en la mente moribunda de su amada tendida en su regazo:
-Eres mía, Mina Murray, mía eternamente. Carne de mi carne, sangre de mi sangre, vida de mi vida. Tú acudes a mi llamada, y yo te digo ahora "ven"-
Y entonces Reinfield lo vio todo, los colmillos afilados de la feroz boca acercándose al blanco cuello de la señorita Murray, y el beso de sangre sobre el tierno cuello de Mina era como nunca antes lo había visto, un beso suave pero igualmente sangriento.
Jamás el Amo había sido tan gentil, y Mina jamás imaginó sentir tal excitación, en lo pocos segundos que restaban de su consciencia y su vida.
-¡Bebe de mi sangre!- con ojos encendidos como los del can Cervero en el mismo Hades, Alexander ordena mientras saborea por primera vez en sus labios la sangre de Mina Murray –Serás vengada Mina, ahora todos y cada uno de ellos te servirán como esclavos. Eres mi compañera-
Ella apenas podía ver, y él estaba allí igual de hermoso a como era en sus noches de pasión, pero su mandato era terrible. Él se abrió la camisa blanca y con una uña afilada como garra se rasgó el pecho, y ella atendió a su mandato, si no bebía de su sangre se asfixiaba.
Y así, Mina Murray dejaba de existir.

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El silencio era agobiante en toda la mansión Carfax a pocas horas del amanecer.
Los cuerpos de los muertos seguían tendidos en donde habían quedado, a nadie le importaba. Toda la sangre esparcida, y los pedazos de carne pudriéndose ya, por aquí y por allá. No importaba. No por ahora.
Reinfield había permanecido en vigilia como un animal nocturno la noche completa, y en ningún momento flaqueó su energía ni voluntad. Algo nuevo fluía en él, lo sabía, era un humano totalmente esclavizado por el Amo de la noche.

Mientras, él estaba recostado de su sillón como si jamás hubiera pasado nada, con la negra capa arreglada e impecable, y el rostro oculto por las sombras.


-Y ahora ¿Qué planea hacer, señor?- el sirviente lucía su traje impecable otra vez, y todo parecía ser como era hacía unos meses, cuando el Amo trabajaba en la Compañía Grayson y casi que podía sentirse un hombre normal –La señorita Murray y yo le dijimos a aquel individuo que venderíamos la propiedad. Ahora no sabemos qué hará Lord Ruthford después de esta noche. Qué hará La Orden del Dragón-
-Mina y yo ya no viviremos aquí, Reinfield- finalmente Alexander habla, como si estuviera despertando de un sueño.
El Amo había llevado a Mina a una de las habitaciones y allí permanecía, y Reinfield no sabía si lo que estaba en aquella cama era un cuerpo ya sin vida… u otra cosa.
-Nos vamos, nos vamos a Transilvania al castillo de mi padre-
Reinfield ladeó la cabeza.
-Oh, sí- prosiguió Alexander al ver su gesto -Voy a reclamar lo que es mío. Es mi castillo ahora, y ya no seguiré en este maldito lugar- sonó bastante soñador. Había una enorme serenidad en Alexander Grayson como Reinfield jamás había visto.
Parecía que su alma estaba al fin en paz.
-Pero...- Reinfield tenía muchas cosas en la mente todavía, pero suponía que con el tiempo se aclararían- ¿Y ella?- preguntó con recato.
-Ilona- pronunció en un susurro –Ha regresado, y sé que ahora no hay un mundo para ella. No aquí en Londres, aquí ya no había nada. Pero estoy seguro que en un futuro…-
"En un futuro" Alexander ya no hablaba de la vida eterna como una maldición.
-En un futuro habrá un mundo mejor para Ilona-
Reinfield entendía por qué el Amo finalmente había hecho lo que había hecho. Nunca quiso hacerlo para poseer su alma, y no lo hizo así.
Sonrió, y Alexander, creyó ver, también sonreía.

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