miércoles, 29 de octubre de 2014

Capítulo XXV - Partida de un amigo

Alexander lo presintió todo.
Estaba muy cerca de aquella casa donde no estaba invitado, caminando lentamente, cuando había sucedido aquello, y se preocupó. Ella era todavía una recién nacida, un vampiro neófito e inexperto. Pero no debía temer, ella era diferente, estaba ya seguro que sola lo había logrado.
Era su creación más importante, el primer vampiro que era parte de él, y por eso podía.
Y ahora no había nada de prisa.
Sin embargo se preguntaba por qué.
Bufó fastidiado y tomó acciones, sus ojos se tornaron rojos y los afilados colmillos salían, lastimando sus voluptuosos labios.
Las reliquias sagradas las odiaba pero aprendería a lidiar con ellas pues no estaba dispuesto a dejarse vencer más por eso. Y en cuanto al ajo… Van Helsing tenía su casa como una tienda de ajos, pero cuidar a Ilona podría más que todo eso.
Se acercó, y vigiló, y en la casa se oyó su voz:
-Sabes que estoy aquí-
Estuviera donde estuviera…él lo oiría.
La casa estaba oscura, y había algo más: no estaba el olor a ajo.
Alexander se acercó a la puerta, pero no necesitó abrirla puerta pues ésta se abrió sola, y la oscuridad le dio la bienvenida.
-Por supuesto- contestó una voz conocida desde el interior.
-Abraham-
Alexander no podía pasar, pero la puerta estaba abierta.
-Puedes pasar-
Oyó eso y no lo creyó, Alexander no se movía, pero podía pasar perfectamente a la casa. ¿Qué nueva trampa estaría esperándolo?
No entró.
La mansión lucía otra vez limpia, no como la última vez que la vio. No había ni ajos, ni crucifijos. Y los recuerdos invadieron su mente indeseablemente y sorprendido estaba de que su años como aliados ahora los recordara con cierta nostalgia.
Pero ya no tenía razón para desear ser un hombre normal. Ahora tenía a Ilona con él.
Entonces lo vio, a través de la oscuridad. Van Helsing encendió una vela y con tranquilidad puso su maletín en el piso junto a la chimenea y su figura se mostró clara. La estaca sagrada y terrible, el martillo, colgaban de su mano, y tenía una espada filosa en su cinturón. Pero él estaba sentado en el sillón de la sala, dándole la cara a la chimenea.
-¿Qué nueva diablura es ésta, cazador?- gruñó el vampiro.
-Puedes pasar, no hables así desde la puerta, Drácula. La mala educación no es lo tuyo-
Alexander Grayson se rio, y su siniestra carcajada retumbó por los rincones y paredes.
Entonces Van Helsing se puso de pie, y ya había un poco más de luz en el recinto. Y cuando Alexander lo vio… era como ver a un hombre 10 años más envejecido.
-Qué tonto te ves con sus palitos, Van Helsing, y tus joyas- se burló el conde.
-Sí, muy tonto, conde de Transilvania, tan tonto que acabo de destruir a cinco de tus hijos- habló Van Helsing imperioso, pero estaba sudando, y parecía costarle estar de pie - Tú, serás inmensamente poderoso, pero igual tienes inmensas y tontas debilidades, y yo las conozco todas-
-Lo sé, sabes hacerlo- reconoció Drácula -Mataste a Lucy al fin- comentó como si nada –Ella era... feroz-
-No, Drácula, a Lucy la mataste tú- corrigió el hombre –Yo le di la paz a su alma-
-¿Lo que piensas hacer conmigo ahora, tonto?-
-Tal vez-
Entonces Alexander Grayson dio un paso, entró a la casa y comenzó a acercarse a Van Helsing, paso a paso.
-No tengo intensiones de dejarte hacerlo, Van Helsing. Yo estoy ahora mejor que nunca- decía con los ojos clavados en el hombre, pero éste era inmune a su poder -Y como ya habrás notado, vuelvo a ser el conde de Transilvania, recupero lo que fui hace siglos antes de que La Orden me lo arrebatara todo. Y, tal vez no te has enterado de los últimos acontecimientos…-
Van Helsing titubeó y no se entendía en verdad por qué. La situación era realmente desconcertante.
-Dime ¿Por qué hablaste de mí a la Scotland Yard? Ahora estás dando vueltas por ahí y no atacas de frente- se burlaba.



-¿Dónde está Mina Murray?- pensó el profesor ante eso, con el corazón encogido.
-Muerta- le respondió Alexander con una sonrisa.
Entonces Van Helsing soltó un grito ahogado y se llevó la mano libre a la boca. En la otra colgaba la estaca con el martillo, muy débil, como si no pensara usar nada de eso.
-Monstruo… maldito- empezó a decir –He fracasado, he fracasado…-
Y el tono de Van Helsing alarmó a Grayson.
-Te equivocas, Abraham, lo que pasa es que no lo entiendes- Alexander se acercó más, pero todavía no estaba a la ofensiva, no había razón. Lo desconcertaba demasiado la actitud de Van Helsing -Tal vez sólo vemos el lado horrible de esta maldición. Pero ella me ha hecho ver el lado bueno-
Van Helsing palideció horriblemente. Entonces el vampiro lo decidió, aprovecharía ese momento de debilidad para agarrarlo por el cuello.
Pero cuando Alexander se lanzó sobre su víctima… algo lo detuvo en seco.
Silencio, el hombre se quedó paralizado frente al vampiro en un instante en que se sintió en el vacío de la muerte.
Alexander abrió mucho los ojos, frente a él, y con expresión atónita su boca semiabierta armada de colmillos asesinos temblaba.
-Abraham…- balbuceó. Y no era precisamente por el crucifijo que todavía llevaba el cazador en su cuello, el crucifijo lo toleraba. Lo que no toleraba era lo que había notado en él – Te mordieron-
El hombre titubeó, y las armas no se mantenían firmes en sus manos, cayeron al piso inofensivas.
-Sí-




-¡En la guarida de Lucy, te mordieron!- exclamaba Alexander impresionado.

-Uno de ellos… sí. Después de todo, mi lucha no fue tan gloriosa ya ves- tomó aire y prosiguió –Soy un cazador de vampiros, supongo que no siempre iba a resultarme bien –y luego agregó severamente -Estoy totalmente perdido, Alexander-
Alexander no sabía qué sentía, ya no tenía el impulso de matarlo… Van Helsing no había muerto, por lo tanto la infección del vampiro seguía en él. Moriría si no era transformado. Pero si vivía, sería como Reinfield tal vez. Y ahora ¿Qué iba a hacer? Acaso… ¿Se transformaría?
-Ganaste, Alexander- le dijo con una voz terrible, adivinando las cavilaciones del vampiro. Jamás sería como él.
-No… - el vampiro se negaba.
-Yo no viviré así- dijo Van Helsing –No seré un monstruo como tú, un lacayo de tu poder. Aquí se acabó, ganaste, porque no puedo luchar contra ti-
El vampiro se tambaleaba del desconcierto. Todo era demasiado absurdo.
-Destrúyeme, Alexander. Quise enfrentarte, pero no pude. Tal vez por eso empecé a hablar de ti, tal vez te dejé entrar para...- las palabras se trabaron en su boca.
-¡No!- retrocedió –¡Lucha Van Helsing, maldita sea!- estalló de furia. Pero Van Helsing no atendió a su mandato –¡LUCHA!-
No podía hacer nada. No iba a hacerlo, no así. Su peor enemigo estaba ahí derrotado, no se lo merecía. Ése no era el combate que él buscaba, ése no era el final que esperaba.
-Bien, si no lo haces tú lo haré yo- dijo entonces Van Helsing serenamente.
-Abraham- balbuceó el conde tratando de recuperar la compostura –Yo de verdad no quería esto-
Van Helsing le devolvió un gesto. Era terrible la tristeza que había en el cazador, no la soportaba.
-Supongo que ahora nos despedimos- se encogió de hombros ante eso y Alexander asiente.
-Ilona ha regresado, Abraham, ¿Y sabes algo? Ella y yo jamás nos hubiéramos reunido de no ser por ti- era la primera vez que Alexander lo admitía, esa curiosa e irónica verdad. Tal vez, la verdadera razón que le impedía matarlo- Tú lo hiciste-
Van Helsing bajó la mirada.
-Ella se ha encargado de La Orden del Dragón- le dijo Alexander –Cumplimos, los dos. Te puedo asegurar que nos hemos vengado-
Él confiaba en su palabra, aunque fuera su enemigo, Van Helsing supo que era verdad y asintió aliviado.
-Tu familia ha sido vengada- le dijo finalmente el vampiro.
Abraham Van Helsing soltó una sonrisa, dio la media vuelta hacia su maletín y se dispuso a guardar sus cosas otra vez.
Alexander no podía creer eso, lo que estaba pasando. Hacía mucho tiempo que no sentía tal desconcierto.
A la final no le quedaba más, así que el humo blanco comenzaba a aparecerse a su alrededor, porque Van Helsing moriría, y él dejaría que se fuera en paz, según su decisión. Así que era la última vez que lo veía, su más grande adversario tenía aquel fin, y se sentía muy extraño, porque no era el adiós a un enemigo.


-Adiós, Abraham- antes de irse, dice como últimas palabras al profesor y luego desapareció por completo.

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