miércoles, 29 de octubre de 2014

Capítulo XXIV - Ira milenaria

Lord Ruthford era un hombre soltero, y esa noche había bebido hasta tarde, tratando de ahogar la angustia que tenía después de lo que había hecho.
Le pesaba en la conciencia, y ahora estaba ebrio y se tambaleaba camino a su casa en Leicester Square, y de nada le valía su posición, su dinero, su prestigio, ni nada en momentos en que solamente tenía su despreciable existencia de compañía.
No había tenido noticias de nadie, ninguno de sus hombres se había aparecido en todo el día. Y tendría que rendir cuentas a La Orden, y siendo él el nuevo jefe después de la muerte de Browning, un fracaso podría costarle la vida.
"¡Qué estupidez!" Bramó mientras cruzaba una calle. ¿Cómo pudo alguien como él, haber sido tan necio? Pero no fue su inteligencia lo que había actuado en realidad, fue su orgullo.
Las pesadas botas retumbaban sobre el empedrado, y una llovizna comenzaba a caer.
Un hombre a esas horas muy rara vez se topaba con alguna dama en aquella soledad. No en aquellas calles. Pero esa noche Lord Ruthford tuvo esa suerte.
Le faltaba una cuadra para llegar a la entrada de su acomodada casa, pero en la esquina, justo pasando por el Noel Coward Theater, estaba parada una mujer de esbelta figura, que hizo que sus pies se detuvieran en seco.
Estaba demasiado perplejo como para decir un "buenas noches", era absurdo. Lo que la mujer le inspiraba era algo muy desagradable, y quiso pasar de largo.
-Buen señor- habló y Ruthford dio la media vuelta, y recibió un fuerte impacto cuando distingue el rostro de la mujer a un metro apenas de él. Era Mina Murray.
Él no era muy hábil para ver con claridad en la noche, pero a la mujer la estaba notando con la nitidez de los ojos de un niño, y a plena luz del día. Era Mina Murray, no había duda, pero estaba diferente.


-Paseando a altas horas de la noche, no es muy de caballeros decentes- canturreó la aparición.
-Y mucho menos lo es de damas decentes- habló instintivamente, como él solía hablar. Pero esa vez no era nada apropiado.
El rostro de la mujer ardió, su blanca piel tornándose rosada y con unas pupilas azules que brillaban como las de un animal o algo así.
Ruthford entonces retrocedió.
-Usted jamás me consideró una dama- el tono de Ilona pasó de la burla a la tristeza y el silencio de la noche se vio interrumpido por aullidos de lobos.
La piel de Ruthford se puso como la de una gallina, y recordó las noticias sensacionalistas que mencionaban los periódicos. Nunca creyó que algo así le importaría alguna vez, pero esa noche estaba pasado de tragos.
-Tan poca cosa ¿No? Sólo una chica, pequeña y frágil ¿No es así?- mientras él más retrocedía, ella más se le acercaba.
-Señorita Murray- carraspea ignorando sus temores -Yo en verdad lamento nuestro pequeño altercado…- el hombre se sacude con fastidio de su chaqueta algunas gotitas de llovizna.
-"Pequeño"- la mujer rasguñó con sorna dicha palabra.
Ahora estaba frente a él, bloqueándole el paso. Lord Ruthford no supo cómo. Tenía todas las razones para estar inquieto, obviamente.
Jamás consideró a una mujer como algo preocupante, algo que lo intimidara, pero ahora era distinto.
Habían lágrimas en el rostro de Mina Murray pero nada de debilidad.
Ella jamás había sentido tanta sed, nunca creyó posible algo así, sed de sangre… era intolerable, irresistible. Jamás creyó que fuera capaz de matar, pero ahora su realidad se había transformado en otra cosa.
-No se me acerque, se lo advierto- asustado, y humillado por la prepotencia de tan insignificante chica, Ruthford la enfrenta –Váyase a su casa, niña estúpida. Veo que no le preocupa en lo absoluto que le hagan el favor de reunirla con su padre-
-¡No!- exclama ella -Quiero que me pida perdón-
Sin dar crédito a lo que oía, él quiso reírse.
No estaba lo suficientemente borracho como para actuar como un estúpido. Lord Ruthford se paró alto y erguido frente a Ilona, altanero y arrogante, y la miró con desprecio y lascivia.
Pero Ilona era un bloque de hielo, y le devolvía las miradas con sorna.
-Usted debe pedirle perdón a Mina Murray, señor Ruthford- ordenó la mujer con fiereza. Ruthford permanecía como una muralla de hierro, aunque por dentro sufría la humillación de estar totalmente asustado por esa mujer que lo enfrentaba sin miedo.
-Mina Murray puede pudrirse en el infierno- dijo al fin y le dio una bofetada, esperando que la chica cayera al piso sangrando, y perdiendo dientes por su leve golpecito.
Pero tal cosa no ocurrió, lo que le ocasionó la bofetada fue un intenso dolor en la mano.
Ahogó un grito mientras que ella ni se movía, y su mano temblorosa le dolía intensamente, y frente a él lo que vio fue un reflejo blanco de un rostro, pero con ojos encendidos como el fuego, y una boca que se abría horriblemente.
Aquello no podía ser Mina Murray, pensaba con horror, aquella cosa no era humana. Y sus piernas le fallaron, resultando él el debilucho, el "aleccionado". Pero no tuvo tiempo de más nada.
Los gritos se ahogaron en su propia garganta ensangrentada, cuando la cabeza voló por el aire. El cuerpo casi seco de sangre, desmembrado, sin brazos ni piernas, quedaba desmembrado en plena calle, y todo en un período de tiempo de segundos. Obra aquella de una ira milenaria, una ira desatada al fin después de tantos años.
Y la figura femenina desapareció en el aire.
Así comenzó su venganza.


Como si estuviera viviendo en una pesadilla, Ilona viajó tras un rastro de dolor, y avivada por los tormentos de sus recuerdos, y su nueva vida inmortal se hizo fuerte e indestructible. Y fueron varios los que cayeron víctimas de su ira esa noche. En Cripplegate, en Lambeth, en Moorgate, de hecho en muchas partes, hombres eran sorprendidos en sus casas, en sus propias camas, y con sangre pagaron por los pecados de sus ancestros.
La Orden del Dragón vio su fin esa noche.
Un castigo más allá del entendimiento de los hombres.
Desde entonces, entrar a La Orden era presagio de muerte. El miedo se había esparcido hasta convertirse en leyenda. Lo que fuera que haya matado a toda una generación sagrada, poblaba las pesadillas de muchos.
Y no hubo explicación. Aterrorizaría a Londres, y ya la Scotland Yard no podría culpar a un solo individuo por eso.
El nombre de Alexander Grayson sería sustituido por otras cosas, otros rumores. Era demasiado desconocido lo que había llegado a su mundo. El amanecer traería un nuevo horror, y se olvidarían de él, que después de todo, no era más que un Americano.

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