Ahora tenía sus ojos plenamente abiertos y miraba un techo de cortinas con ornamentos tenebrosos. Y entonces se da cuenta de que estaba tendida en una cama de dosel cálida y muy suave, cubierta hasta el pecho por sábanas negras y las cortinas estaban parcialmente abiertas.
No pudo levantarse, pero miraba con ansiedad todo a su alrededor. Pero no podía recordar nada.
No se sentía mal, de hecho, no sentía absolutamente nada. Sin embargo no tenía fuerzas ni siquiera para levantar la cabeza de la almohada.
Tampoco podía hablar. Pero no se asustó.
Giró los ojos y entre las cortinas que cubrían su lecho encontró que no estaba sola.
Su corazón debió dar un vuelco por la sorpresa… pero no ocurrió. No sentía nada en ella ¡Ni siquiera los latidos de su corazón! Y un frío terrible se adueñó de su piel y no sabía si era precisamente por el miedo, era externo, como si no perteneciera a su cuerpo. Y empezó a inquietarse por lo desconcertante que le resultaba todo eso, y su instinto la hacía querer moverse aunque la debilidad no la dejaba ni levantar un dedo.
-Tranquila, Ilona- la gentil voz le decía, y un hombre se aparecía frente a ella, y sus ojos lo estudiaron y no recordaba haber tenido tal visión, tan nítida y llena de colores, clara como a plena luz del sol. Sólo recordaba un mundo opaco, borroso… -No te angusties-
No podía reconocer al principio a aquel caballero de camisa blanca, traje negro y gran capa. Pero algo sintió en su mundo sin sensaciones físicas, algo profundo que iba más allá de lo tangible, y entonces empezó a recordar imágenes.
El caballero tenía un rostro hermoso, y estaba allí sentado en la cama, totalmente preocupado por ella.
-Lo que te pasa es normal- le dijo –Al principio debes morir, y todavía debes estarlo. Pero no debes tener miedo-
Alexander calló, por un tiempo era eso lo último que deseaba para su amada, pero las circunstancias lo obligaron. Ahora no sabía si lo que siempre fue su maldición, era ahora una gracia.
-Morir…y pasar a esto es una transición muy difícil. Pero tú, mi amada, tendrás lo que yo no tuve: un maestro que te ayude a superarlo-
La mujer en la cama lucía apacible, como la criatura más bella de la creación. Aunque ojos humanos no hubieran pensado lo mismo.
-Tu cuerpo ha muerto, tus fluidos ya no existen. No hay nada vivo en ti ahora, no puedes sentir lo que sentías en vida, Ilona, amada, no todavía. Y solamente la sangre robada da la vida a esta existencia-
Los labios rojos empezaron a moverse al fin, pero no salía nada de aire, de ningún pulmón.
-¿Vlad?- logró emitir un sonido y se sorprendió de su propia voz sin aliento.
Los ojos de Alexander Grayson brillaron y ella pudo admirar lo bellos que eran.
-Me recuerdas- soltó él con un susurro, siempre necesitando esa confirmación, esa certeza.
Ella todavía no podía creer lo que ocurría, mucho menos lo entendía. Él tampoco lo entendió, para él fue todo mucho peor, pero ahora tenía la oportunidad de hacer que ella no pasara por lo mismo. Ahora lo veía, muchas cosas estaban encontrando paz en su interior.
-Tu mente recordará- él se tranquilizó –Eso es inevitable. Miles de vidas albergarás de ahora en adelante-
-¿Qué ha pasado?- la voz de Ilona era desgarradora, y tenía definitivamente un tono más grave que el de Mina Murray.
-Has regresado, amor. Hemos regresado los dos… de la muerte-
-No…- ella intentó moverse, impactada por aquella afirmación, resisitiéndose, pero daba pena. Era un ser débil, inerte todavía.
-Te ayudaré, debes beber mi sangre otra vez, y vivirás-
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Afuera no ocurría nada más que un viento frío mientras un coche traspasaba el puentecillo directo a la entrada principal de la mansión. Y ya Reinfield lo sabía, así que allí estaba, parado bajo el arco de entrada a la mansión, muy a la expectativa.
Era la peor noche para tener visitas, visitas otra vez. Reinfield no sabría qué hacer, el Amo solamente se dedicaba a Ilona que estaba en cama y aún no despertaba.
El coche llegó a la entrada, y a la luz de un farol de gas, no pudo ver nada que le indicara que el coche era de alguien de La Orden del Dragón. Había pasado todo el día recogiendo los cuerpos y enterrándolos en el patio de atrás, y no estaba listo para enfrentar más gente de La Orden.
Había pasado un día, un día desde la matanza de la noche anterior, un día desde la muerte de Mina, y dos días que ellos estaban ocupando la mansión Carfax otra vez. Parecía mucho más tiempo.
Pero la gente que venía en aquel coche no sabía que habían venido en muy mal momento: la noche.
Los caballos se detuvieron frente a la entrada, provisionalmente arreglada, y Reinfield esperó, aparentando normalidad total.
No tardó mucho en bajarse un caballero con sombrero de copa que afortunadamente no era Lord Ruthford (recordaba la desagradable pero crucial visita del hombre ayer por la tarde) Y tanto mejor, Reinfield no podría controlar la ira de estar frente a los hombres que asesinaron a Mina Murray.
-Buenas noches, señor Reinfield-
"Señor" pensó el hombre. Sin duda no era Lord Ruthford ni nadie de su gente. Entonces adivinó quienes eran en realidad, y no se tranquilizó.
-Scotland Yard- Reinfield se inclinó con cortesía. Pero no se apartaba de la entrada de la casa.
-Así es, agente McGrath- se presentó con ligero ademán.
Al no decir nada Reinfield, el hombre habló:
-¿Se encuentra el señor Grayson en la casa?-
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-¿Qué ha pasado?- Ilona parecía inquietarse por momentos -¿Dónde estoy? Todo es diferente, tú estás muy diferente-
Alexander la tomó de la mano y ambas pieles eran frías.
-Ilona…- él no sabía cuánto estaba ella lista para saber todo –Todavía estás muy débil, debes fortalecerte primero-
-No, dime. ¿Por qué… por qué me ofreces sangre. Tú sangre? No sé quién eres- Ilona estaba muy débil como para quitar su mano de la de él.
Él no dijo nada, entonces el rostro impecable y sobrenatural de Ilona mostraba signos perturbadores.
-Yo nunca he sabido lo que tú eres- le reprochó con terrible lucidez– Pero ahora recuerdo. Yo era otra persona ¿Dónde está esa chica?- soltó con espeluznante lucidez.
-Ella ha muerto para que tú vivas-
-Yo recuerdo- poco a poco la mujer de la cama recobraba vida y algo de movimiento, y su mano apretó la de Alexander. Recordando –Fue toda una vida, yo tenía una familia, recuerdo-
-Sí, tenías una vida, y lamentablemente no puedo tener todas las respuestas. Soy sólo un ser de la noche, un espíritu y a veces no sé quién soy-
-Vlad- exclamó ella con más fuerza.
-Lo fui una vez, ahora soy Alexander Grayson, y vivimos en Londres… en el año de 1891-
Ilona no estaba en posición de negar nada, debía escuchar la verdad. Y ya no había vuelta atrás. Alexander quiso ayudarla a recostarse de la cabecera para no estar más allí tirada. Debía oírlo y aprender.
Era como una niña recién nacida. Estudió la habitación entera entre maravillada y perturbada, y afuera de la ventana brillaba la luna.
-Yo te ayudaré. Yo estoy a tu lado, aprenderás, y serás muy fuerte, Ilona- y con Alexander a su lado como apoyo, no corría ningún peligro.
-Me mataron, todos ellos- entonces ella recordó pues la imágenes estaban regresando a su mente despiadadamente–Me mataron, y a ella también. ¿Cómo es posible? ¿Por qué? Dime ¡Me mataron dos veces!-
-Pero ya eso no ocurrirá nunca más, mi amada- su voz sonó muy severa –Ahora eres fuerte e inmortal y tal vez ésta sea nuestra venganza ¿Lo ves? Aquí estás, y ya no podrán contra ti-
Entonces, ya no soportaba todas las imágenes que venían a su memoria, y un brillo terrible iluminó las pupilas azules de Ilona, y su rostro cambió por un momento, y no había nada de la joven que fue en vida y mucho menos la recién nacida débil que había sido desde hacía unos momentos. Los ojos llorosos se transformaron y los colmillos nuevos y filosos aparecieron entre sus rojos y carnosos labios. Entonces Alexander se corta a muñeca y le ordena:
-Bebe de mi sangre-
Y ella lo hizo, impulsaba por algo más allá de su entendimiento. Bebió de la sangre de su esposo, vivo otra vez.



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