martes, 30 de septiembre de 2014

Capítulo XVII - El mundo es de todos

Parecía que el tiempo pasaba a velocidad doble, porque cuando volvió a ver a Reinfield, ya la claridad del amanecer lo cubría todo.
Y con la llegada del día, se esfumaban los sortilegios y la magia del mundo nocturno. Y se podía llegar a dudar de su existencia incluso si se hubiera sido testigo de ello.
Mina quedaba allí sola otra vez, perdida en su nueva realidad.


-¿A dónde va, Reinfield?- ella seguía mirando la calle, como si pudiera distinguir a su amante desaparecido, todavía allí presente.
-En realidad no lo sé- impotente, Reinfield actuaba como un autómata. Ni él mismo podía saber a dónde iba su amo.
-¿Y ahora a dónde voy a ir yo?- le preguntaba al hombre con la voz ahogada –¿Cómo esperan que regrese a mi casa, si Van Helsing está detrás de mí, si Lucy está detrás de mí? No voy a regresar a mi casa, yo ya no pertenezco allí, ni aquí, ni a ninguna parte. Y por mí se pueden morir todos- Tenía demasiado fresco el luto, la desesperación por la visita de Lucy, la conflictiva situación que el profesor Van Helsing le planteaba, y sentía rabia. No iba a ser cómplice de Van Helsing, aunque la razón humana le dijera que el profesor era el "bueno de la historia".
Mina quería desaparecer.
-Creo que hay mucho que hablar sobre la Orden, me preocupa todo lo que me dijo anoche- él se sacudía el rocío de su abrigo y secaba su cabeza con un pañuelo –El amo necesita saber…-
-Pero tu querido amo jamás está presente- ella le recriminó, pero luego cambió de tono cuando recordaba que era inútil decirlo, y que Reinfield no tenía culpa de nada -Regresemos a Carfax-
Reinfield ladeó la cabeza extrañado. En realidad, el amo no había dicho nada de jamás regresar a Carfax. Mina parecía estar muy segura de lo que decía.
Cansados los dos, regresan al carruaje, y con paso quedo, el caballo avanza calle abajo, perdiéndose de la vista.

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La mansión se presentó ante sus ojos como una inmensa mole de cemento, y de lejos no se notaba señal de abandono, pero sí parecía un lugar fantasmal.
Cuando el carruaje se detuvo, Mina no esperó a que Reinfield le abriera la puerta, bajó y entró a la casa señorialmente. Atrás, el hombre la observaba con admiración.
Definitivamente ya no era aquella chica ingenua y joven que estudiaba medicina en la universidad.
El entrar allí por segunda vez, después de su noche con Alexander, la llenó de recuerdos y felicidad. Y ahora era obvio que además de signos de abandono, también había signos de vandalismo.
-¿Lo ve? Han estado aquí- oyó a Reinfield hablar atrás detrás de ella.
-Ordo Draco- pronunció la joven con desagrado y el recuerdo de un hombre mayor, cubierto por una túnica, se le apareció ante sus ojos.
-Están investigando a Alexander Grayson. No olvidan lo que les dijo Lady Wetherby y Van Helsing-
-Es cierto, pero igual no tienen ninguna potestad sobre esta propiedad. Es de él, y tiene todo el derecho de seguir habitando aquí-
-El amo no regresará aquí, mucho me temo. Cuando mucho la venderá- él suspira con melancolía.
-Bien. Hay que vender Carfax y no dejarla en este estado, para que todos ellos vengan a hacer lo que les plazca-
Observó con tristeza el oscuro despacho con el escritorio donde Alexander siempre la recibía. Ya el lugar no tenía cortinas, y no había ni un solo libro o papel en los estantes. Valiosos volúmenes, y tesoros que eran de él se los habían llevado.
Buscaban cualquier información sobre el origen de Alexander.
-Yo puedo encargarme de esto- planeó la joven rápidamente, en una forma de ayudar -Venderé la propiedad en su nombre y no dejaré que sigan saqueando sus cosas-
-Pero… ¿Cómo hará eso, señorita?-
Ella se había emocionado, pero ahora cruzaba una sombra.
-Ah, claro, soy mujer- entonces, toda la voluntad de Mina pareció opacarse -No tengo derechos si no es a nombre de un esposo- bufó y sus energías se acabaron por completo- Y él no es mi esposo- musitó.
El peso de la noche cayó sobre su frágil cuerpo y casi no podía mantenerse en pie. Por un momento había olvidado el por qué las mujeres no podían ser iguales a los hombres, ahora lo recordaba.
–Tienes razón, Reinfield… nada podemos hacer- y parpadeaba para rectificar su ingenuidad.
-Su idea es buena- quiso animarla él- Estoy seguro de que él hará algo para que sea posible. No puedo decirle más- le decía Reinfield con una certeza que no sabía de dónde la sacaba.
¿Por qué Reinfield vivía con la seguridad de que Alexander estaría siempre allí para ayudarlo? Mina se quitaba esa idea de la cabeza, de que siempre lo tendría a él como un ángel guardián. Ya debía acostumbrarse al hecho de que estaba sola, y que también lo estaba Reinfield. Su amor era un espíritu nocturno, y no podía pretender más de él.
Bajó la mirada con pesar y dio cuenta de su realidad: su figura en camisón, parada en medio de una casa abandonada, esperando siempre por un ser sobrehumano, que no tenía explicación lógica.
Era una locura.
Toda su vida creyó que no necesitaría depender de un hombre, y luchó duro por estudiar para tener una vida profesional (y su corazón encogido le recorba que eso fue gracias al profesor Van Helsing) Era lo que enorgullecía a su padre.
Pero pronto tendría la extrema debilidad mensual propia de toda chica joven, y deseó tener 50 años de una vez. Se sentiría mal, no podría cumplir con los trabajos, tampoco tendría los derechos, y si lograba, con el doble del esfuerzo que un hombre, alcanzar un nivel de educación, y si lograba trabajar, su sueldo sería mísero. Se descorazonó por completo.
Así nadie podía ser fuerte ni lo suficientemente competitivo para compararse con los que dominaban el mundo.
Y vino el recuerdo de Jonathan, que crecieron juntos, que hacían las mismas cosas, pero él no se esforzaba ni la mitad de lo que tenía que esforzarse ella para ser igual. Entonces pensó en Lucy con enorme congoja, y entendió el por qué ella era como era.
Lucy le decía que se olvidara de la igualdad y de los estudios, porque nada lograría con eso, tal vez morir en la hoguera o envejecer sola, marginada y abandonada en una calle. Lucy prefirió ser bella y educada en sus modales, para casarse con un hombre rico, darle hijos y ser feliz como una mujer podía serlo.
Y tenía toda la razón, y sin embargo, ni acoplándose a las leyes del mundo pudo ella escapar de un triste destino.
Ahora estaban todos muertos y ella, viva. El dolor del luto le golpeaba en sus reflexiones crudas mientras se dejaba caer sobre el sillón polvoriento y roto de la sala. Nada servía, ni ser una mujer educada y profesional, pero sin trabajo ni respeto; ni una esposa digna, pero limitada y castrada, que soportaba todas las infidelidades de su esposo, ni tampoco ser una prostituta que se liberara de todo, pero para morir por maltratos, de una enfermedad o asesinada.
Reinfield no podía descifrar todo lo que atormentaba a Mina en aquel momento, pero igual que ella, estaba allí en un mundo injusto en dónde no era más que un marginado. Tampoco sabía qué sería de él ahora, o qué sería de los dos si Alexander jamás regresaba.
Vaya cosa extraña, ahora estaban unidos. Y si una cosa era segura, era que ahora estarían juntos en una dimensión paralela a la humana.
La mansión vacía los albergó mientras el día comenzaba, con sus movimientos rutinarios y los sonidos de la naturaleza. Pero no sabían por cuánto tiempo sería eso así.

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