miércoles, 10 de septiembre de 2014

Capítulo VIII - Una sombra sobre Londres

-Doctor Van Helsing-
Alguien tocaba enérgicamente la puerta de la sala haciendo en eco en la enorme y austera vivienda.
-Doctor Van Helsing-
Al reconocer la voz de quien llamaba, el hombre ya no tiene miedo y acude a abrir.
Mina Murray se queda algo perpleja cuando al fin le abren la puerta: La casa estaba totalmente oscura a pesar de la luz del día, apestaba a ajo, y había crucifijos en todas partes. Y como si no fuera poco, su profesor estaba allí con un aspecto como nunca lo había visto.
Abraham Van Helsing siempre había sido un ejemplo de cordura y profesionalismo, tanto que ella dudaba que todos esos rumores que vinculaban al profesor con el ocultismo, y las ciencias sobrenaturales fueran verdad.
Parecía que toda la locura que se había adueñado de Londres y sus vidas últimamente estaba reflejada en la figura del profesor Van Helsing.
-¡Mina!- exclamó el hombre con una exhalación -¿Qué ha pasado? ¿Lo ha visto? Es eso-


-¿Qué? ¿De qué habla?- ella sacudió la cabeza sin comprender, pero no le prestó mucha atención –Profesor, es mi padre-
Van Helsing tardó un poco en asimilar lo que le decía. Solamente veía a Alexander Grayson acechando detrás de la figura de Mina.
-Profesor, tiene que venir a ver a mi padre. Está muy enfermo y yo no sé…- ella ignoraba todo eso. Ignoraba el hecho de que a nadie parecía importarle sus problemas.
-Dígame, Mina ¿Ha visto a Grayson otra vez? ¡Debe decirme!-
-No estoy aquí hablando de Alexander Grayson- finalmente ella suena algo molesta –Es mi padre que…-
-¿Qué le ha hecho a su padre?-
Ignorando el hecho de que el profesor no la invitaba a pasar a su casa, Mina intenta entender la actitud de Van Helsing.
-Nadie le ha hecho nada, le he dicho que está enfermo y que yo he tratado de…- le explica otra vez.
Con ojos muy abiertos el profesor observa a Mina alarmado. Mientras eso, ella nota que de su cuello cuelga un hermoso crucifijo de oro que brilla con apenas un rastrojo de luz.
-¿"Enfermo"? ¿Estás segura, Mina? ¿Estás segura de que nadie lo ha visitado?- las enigmáticas palabras del profesor la molestaban aún más.
-¿De qué habla? profesor ¿Qué le ha pasado?- ella echó un vistazo a toda la casa que estaba totalmente distinta a como la vio la última vez -Usted es un médico, usted ha sido mi tutor todo este tiempo, y ahora me sale con eso cuando le digo que mi padre ha enfermado y que necesito su ayuda-
Entristecido el profesor baja la mirada.
-Señorita Mina, lo que ha pasado conmigo es que está aquí Alexander Grayson-
-Otra vez con eso. Usted, Jonathan, todos- le replica ella molesta –Lo culpan de todo. ¿Ahora también lo culpa de la enfermedad de mi padre?-
Van Helsing no le respondió con palabras pero sí con la mirada. Finalmente decide atender el pedido de la señorita Murray.
-Tiene razón, debo verlo urgentemente… pues hay cosas que hay que descartar- le dijo al fin mientras se vuelve para buscar un abrigo y su maletín, y Mina lo notó extremadamente cansado y acabado.

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Si Jonathan Harker hubiera sabido lo de la enfermedad del señor Murray, no se hubiera marchado de Londres. Pero le tenía miedo a La Orden del Dragón, tenía la seguridad de que Ruthford era peor que Browning.
Ruthford no lo pensaría dos veces antes de someterlo a la espada ante cualquier error.
Muy a su pesar dejaba a Mina sola a merced de Grayson, y eso le pesaba, pero había algo más que manejaba sus acciones, y tal vez entendería pronto qué.
Ahora viaja en aquel lúgubre tren hasta Whitby con un destino incierto. Ocultaba su maletín ante las miradas curiosas de los pasajeros allí presentes, muchos de ellos campesinos supersticiosos, que de paso estaban todos muy alterados por la ola de rumores de que corrían desde hacía días por todo el lugar. Vampiros, monstruos, lobos demoníacos, todo eso estaba apareciendo en reportajes sensacionalistas de periódicos de poca reputación.
Y él estaba allí con su maletín para precisamente comprobar eso, después de todo ahora era un guardián de la Cristiandad contra la herejía y las acechanzas del demonio.
De abogado había pasado a ser eso, pero nadie debía saberlo.
El tren hizo una parada y Jonathan, distraídamente, se baja a dar una vuelta cerca y tomar algo pues aún le quedaba parte del trayecto. El pequeño hotel cerca de la estación le resultaba bastante tenebroso, aunque tal vez era él al que todo le resultaba tenebroso últimamente.
El lugar donde había tomado asiento apestaba a ajo y la mujer que lo atendió estaba cargada de crucifijos, llevaba como tres, de diversos tamaños, así que Jonathan no pudo evitar entablar una conversación con ésta.
-Sí, señor, soy una gran devota- le comentó la mujer a propósito de los crucifijos –Y el ajo ahuyenta a ciertos individuos-
-Ahuyenta a vampiros ¿No? – Jonathan se lo directo que era al hablar del asunto con extraños, fue directo y no se anduvo con rodeos al igual que la otra noche en el bar. Estaba desesperado.
-Sí, señor, aunque yo estoy con Dios, nuestro Señor…- ella no duda en responder y se santigua enérgicamente.
-¿Hay vampiros por aquí? ¿Usted cree en las habladurías que se han levantado últimamente, señora?-
La mujer abrió mucho los ojos al darse cuenta de que estaba ante alguien que no se burlaba ni consideraba meras supersticiones aquellas cosas.
-Cuídese, mi señor. De verdad se lo recomiendo-
Acto seguido se despojó de uno de sus crucifijos y se lo entregó al joven.
-Por favor, debe llevar uno de estos, y nunca se lo quite- le dijo con extrema fe y extendiendo su mano temblorosa hacia él.
Con un estremecimiento, Jonathan acepta el crucifijo y se lo pone alrededor del cuello. Y ya era hora de que su tren partiera otra vez, así que terminó su comida y paga a la mujer, que lo observa marcharse con rostro angustiado.
La llegada a Whitby no se hizo esperar, y mientras el tren se detenía, Jonathan Harker recordaba las vacaciones que él y Mina pasaron en casa de los Westenra no hacía mucho tiempo atrás.
Ahora todo aquello parecía una vida paralela que jamás existió.
Se hospedaría en alguna posada, y emprendería el espantoso trabajo que le encomendó La Orden del Dragón.

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A plena luz día, Londres parecía una ciudad menos terrible. Sin embargo reinaba una soledad inusual, como si la ciudad entera hubiera sido poseída por alguna fuerza sobrenatural.
Era la sombra de Drácula, sobre toda Londres.
Van Helsing agradecía cada día de su vida que sus experimentos con Grayson hubieran fallado. Dios no lo hubiera perdonado por haber dado semejante maldición al mundo de hacer que los vampiros pudieran andar bajo la luz del sol.
Jamás se lo hubiera perdonado a sí mismo. De todos sus pecados, ése hubiera sido el peor.
Le dijo a Mina que solamente podía salir de su casa de día, de ahora en adelante no saldría nunca de noche.
Mina estaba cada vez más extraña. Él debía cuidar a su querida pupila pues había comprobado que todavía no era muy tarde: Grayson no le había dado el Beso de Sangre todavía.
Pero mucho se temía que si Mina no lo escuchaba, eso ocurría pronto.
-Escúcheme mi querida Mina- el profesor se veía a penas iluminado por la luz de las velas, inclinado sobre el señor Murray que descansaba en su cama tranquilamente –Usted me importa, por lo tanto le pido que nunca más se acerque a Grayson-
-Profesor- Mina se alzó orgullosa frente a él –Yo lo amo y él me ama. Es hora de aceptar que seré su esposa-
A Van Helsing se le resbalaron de las manos su termómetro y estetoscopio ante aquella declaración.
-Usted no sabe lo que dice, no sabe quién es Alexander Grayson- le dijo con expresión severa.
-Todos ustedes ya me han dicho de todo sobre él, que es un fraude, me insinúan incluso...- y se le quebró la voz de dolor, pero no lloró -que es un asesino-
Sin embargo Van Helsing estaba más preocupado por examinar al señor Murray, inusualmente muy preocupado: Le revisó el cuello… No tenía ninguna marca.
-Dígame, profesor Van Helsing ¿Qué es lo que les pasa con Alexander Grayson? Dígame qué es lo que sabe de él, de una vez por todas- exigía la mujer con los puños apretando su vestido.
-¡Oh Gracias a Dios Todopoderoso!- exclamó el profesor en voz alta como si se quitara un gran peso de encima.
-¿Qué? ¿Mi padre está bien?-
Van Helsing se ensombreció otra vez.
-El nosferatu no ha venido por él al menos- susurró el profesor y la miró la severidad, como si estuviera respondiendo su pregunta anterior.
-El… ¿Nosferatu?-
Mina se quedó de piedra ante aquella palabra, y el corazón le latía muy fuerte como si supiera a quién se refería el profesor.

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