martes, 2 de septiembre de 2014

Capítulo V - Sólos y tú y yo

Al cerrar la puerta, Mina se desploma consumida por una negra sombra. Ella sabía que Jonathan tenía razón.
Pero algo más allá de la razón era lo único que guiaría a Mina Murray de ahora en adelante.

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No muy lejos de Londres, un sanatorio viejo y de pocos recursos atendía a los desdichados que no tenían a nadie, ni recursos y a veces ni nombre.
Después de la tragedia en Londres, el sanatorio que se especializaba en pacientes con enfermedades mentales, estaba recibiendo también a heridos y quemados.
El doctor Seward esa noche recibe a un extraño paciente. Era un corpulento hombre de color que habían traído gravemente herido, entre los muchos otros heridos que había dejado la explosión de la compañía Grayson. Por sobre todos los demás heridos, este hombre en particular llamaba su atención puesto que no era para nada un don nadie. Era un hombre de origen exótico y bien vestido, con un reloj de plata, y costosos anillos.
¿Qué hacía un hombre como aquel en su hospital? Allí sólo habían heridos que no tenían nada, a nadie que respondiera por ellos.
¿Sería aquel hombre alguno de los empleados de la fábrica Grayson? ¿Alguno importante? El doctor Seward sabía que no debía meterse con nada que viniera de la Compañía Grayson. Ahora estaba vetado todo lo que estuviera relacionado con eso.
Prefirió entonces no indagar. El desconocido era ahora una persona sin pasado, si es que lograba sobrevivir.
El doctor y varios de sus ayudantes acostaron al hombre en una cama aparte, le limpiaron la herida y lo curaron lo más que pudieron. Era una enorme puñalada lo que recibió el desdichado, de ser otro hombre hubiera muerto enseguida.
Ya en la madrugada, el paciente estaba solo, y el cuarto solamente tenía una puerta maciza y una pequeña ventana en lo alto que dejaba colar una tenue luz. Entonces fue cuando se aparecen un par de ojos luminosos entre los barrotes de aquella ventana, ojos que eran de un hombre que de alguna manera había llegado hasta allí en medio de una intensa neblina blanca.
El paciente había estado inconsciente todo ese tiempo, pero en ese momento abre los ojos.
Alexander Grayson quería saber quién le había hecho eso a Reinfield.

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-Van Helsing…-
El hombre da un sobresalto. Se había quedado dormido al fin y ahora no sabía cuánto tiempo había pasado.
Estaba en su casa, sentado en su escritorio, y podía oler el ajo. Aún vestía la misma ropa del día anterior, de cuando estuvo en el conciliábulo.
-Van Helsing…-
Volvió a oír y con más claridad la voz, y se le heló la sangre. Era la voz que tanto temía oír, y que ya no tenía ningún acento Americano.
Sus ojos recorrieron el lugar y no había nada. Su habitación era austera, y estaba decorada con ramilletes de ajo.
-Van Helsing…-
-Estás aquí, demonio, dime ¿Qué quieres?- con valor Van Helsing alza la voz -¿Qué quieres demonio? ¡Dime!-
Tenía la antigua estaca escondida allí cerca, y pensó en ir a buscarla.
-La Orden no te hizo caso ¿Verdad, Van Helsing?- le preguntó con burla la horrible voz. Y el profesor buscaba dónde estaba el ser, pero no veía nada. Agarró su crucifico, uno hecho de oro y bendecido por el cardenal mismo, que había espantado muchos vampiros en el pasado.
Salió de la habitación, y con paso firme recorre la casa. Tenía la firmeza del acero, aunque el miedo corriera por sus venas. Pero ya había enfrentado al Caído antes, así que sus manos no temblaban.
-La Orden tiene miedo, Abraham…- susurraba la voz con sorna –Ellos no quieren reconocer que yo estoy aquí. Eso es lo que pasa-
Van Helsing no le respondía al demonio.
-No van a aceptarlo- le canturreaba la voz.
Las luces apagadas tenían la casa envuelta en tinieblas, pero afuera había luna, y así fue como Van Helsing ve, a través de la ventana de la sala, el rostro demoníaco de Grayson.
-Gusto en verte otra vez, Van Helsing- lo saluda Alexander, con unos terribles ojos rojos iluminados y colmillos afilados en su sonriente boca. Estaba detrás de la ventana, mirándolo fijamente.
-¡ATRÁS!- instintivamente el profesor alza el crucifijo que brilla ante la luz de la luna –Vete demonio maldito, ¡Retrocede!-
Alexander desaparece de la ventana. Pero Van Helsing no se queda tranquilo, sigue recorriendo la casa con el crucifijo alzado, y sudando copiosamente.
-Tú no tienes poder aquí, Drácula –decía el profesor. Por una de las ventanas de la entrada vio la figura negra del vampiro paseándose por fuera de su casa –No puedes conmigo-
-Estamos solos tú y yo- le informaba la voz de Grayson con mucha tranquilidad –Tú y yo, Van Helsing, solos tú y yo-
-¡Vete!. Aquí no puedes entrar, demonio- Van Helsing sonrió y le hablaba a la figura en la ventana -¿No ves que no has sido invitado?-
Silencio.
-No estás invitado- le dijo Van Helsing con claridad y una enorme sonrisa se dibuja en su rostro.
Y nada ocurrió.

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