miércoles, 24 de septiembre de 2014

Capítulo XI - Compasión traicionera

Van Helsing entró a la habitación y se puso frente a Mina mientras Alexander Grayson caía al suelo como impactado por un rayo. No era el crucifijo precisamente lo que lo había debilitado, era el hecho de que creía que Mina lo había traicionado.
Oculta detrás de la espalda de Van Helsing, la joven estaba totalmente perturbada. Ella no quería eso, pero no era dueña de sus acciones.
Su padre había muerto, se había enterado de que el hombre que amaba era un vampiro y estaba envuelta medio de un mundo absurdo de demonios, maldiciones y fuerzas sobrenaturales y su mente no podía trabajar bien. No era dueña de sus actos, y en esos momentos estaba bajo la influencia de Van Helsing.
-Atrás, demonio- el hombre tenía el crucifijo firme en su mano, y en la otra llevaba otra cosa que Mina no distinguía –¡Regresa al infierno de donde saliste, nosferatu. Te lo ordeno en el nombre de Dios!-
Y el vampiro comenzó a retorcerse como si se quemara por dentro. Mina tapaba su boca para no gritar, y se aferraba a la espalda de Van Helsing enfermizamente.
-Mataste a mi padre- decía histérica, y se refería a él; creía firmemente que su padre había muerto por la influencia maligna del vampiro. Pero no soportaba ver que aquel hombre que ella conoció, impecable en sus maneras, en sus ropas, en su educación, estaba ahora allí en el piso como un animal: lo veía como realmente era, una criatura no-humana.


Sentía una enorme pena por él y eso le confirmaba que a pesar de todo... lo amaba.
-Cazador ingenuo- habló el vampiro entre gorjeos y gruñidos –Crees que esa baratija me va a destruir. Nadie ha podido destruirme . Nadie ni nada- y luego sus ojos se clavaron en ella, escondida detrás de Van Helsing y entonces supo que Mina Murray no quería destruirlo, lo vio en sus ojos, en sus lágrimas: ella sólo estaba confundida. Y se sintió más aliviado. Entonces Van Helsing hizo un movimiento y Mina vio que había sacado a la luz el objeto punzante y grande que llevaba en la otra mano, y con eso planeaba atacar a Alexander….
Fue muy poco lo que vio de la estaca, el vampiro se alzó en ese momento y su capa negra lo cubrió todo y cuando Van Helsing se abalanzó sobre él, desapareció.
Había huido y lo último que vio fue la mano de Mina Murray sosteniendo a la de Van Helsing armada con la estaca. Ella había evitado el ataque, ella había hecho que tuviera tiempo de huir. Ella lo salvó.

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Lo que sintió Jonathan Harker fue una tristeza profunda. Ver en lo que había convertido Lucy Westenra era demasiado penoso incluso para alguien como él.
No hizo nada, al contrario, se cubrió el crucifijo que atormentaba a la criatura y alivió su sufrimiento.
La vampiresa había retrocedido espantada y se cubría el rostro con las manos, pero al ocultarse el objeto sagrado, ella pudo recuperar la compostura.
Volvió a ser bella.


-Lucy, estás muy hermosa- Jonathan permanecía parado sobre una lápida rota y enterrada casi en su totalidad, y no huyó. Lucy Westenra torció el gesto con extrañeza pero no se le acercó, entonces fija su atención en el maletín que llevaba Harker.
-Yo sé lo que llevas allí- la mujer se estremeció y luego gimió como un espíritu –Oh Jonathan, viniste a cazarme-
-Yo…- tartamudeó el joven –Yo te creía muerta. Yo no creía que esto fuera posible- explicaba y era honesto –La Orden del Dragón…-
La sed de sangre era imperiosa en Lucy pero ella sólo quería llorar. Ver a Jonathan le traía montones de recuerdos. Y entonces supo que una vez amó a Mina Murray.
-¿Y qué es de la vida de mi querida Mina? ¡Oh Mina!- el rostro de Lucy se empañó.
-Ella está perdida por culpa de Alexander Grayson. Y dime, Lucy, él te hizo esto ¿Verdad?- atacó Jonathan –Él es el vampiro responsable de todo esto. Dime-
-El amo- fue lo que dijo Lucy -¡Oh Jonathan! ¡El amo me abandonó! Él me creó y luego me abandonó ¡Qué miserable criatura soy!-
Jonathan Harker estaba viendo confirmado todo, absolutamente todo. Al principio estuvo embrutecido, pero respiró profundo y se mantuvo firme, y el silencio del cementerio comenzaba a llenarse de los sonidos del amanecer.
-Lucy, yo no quisiera hacerte daño, lamento muchísimo todo esto- él se compadeció de la criatura. Pero se estaba confiando demasiado.
-Mírame, Jonathan, yo maté a mi madre, yo maté a todos esos niños- Lucy se acercó a él con ternura –Mira lo que me hizo Alexander, ese maldito-
-A él lo vamos a destruir- le informó Jonathan retrocediendo. Daba pasos inseguros hacia atrás porque no podía permitir que se le acercara la criatura. Pero Lucy se acercaba con lágrimas en los ojos.
-Jonathan, mi amado- lo sedujo, su voz era irresistible, su mirada. Harker cayó de espaldas totalmente perturbado y no pudo ver ni cómo ni cuándo la mujer se le echó encima. Ahora Lucy estaba encima de él, cuerpo con cuerpo –Todos ustedes son igual de malos. Por tu culpa Mina me odia… no te lo perdonaré-
Era demasiado tarde, la fuerza de la vampiresa era superior y Jonathan quedó totalmente atrapado. Hambrienta, abrió sus labios rojos carmesí, y esos labios rojos, esos colmillos blancos fue lo último que vio Jonathan Harker en su vida.

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