miércoles, 24 de septiembre de 2014

Capítulo XII – El hombre que ya no es

Había amanecido, las aves comenzaban a cantar a lo lejos y la casa recobraba la vida, ahuyentando así la luz a las sombras tenebrosas. Y era como si todos despertaran de un sueño, como si lo todo ocurrido hubiera sido mera alucinación.
Llorando, Mina se aparta de Van Helsing que perplejo intenta sujetarla por el brazo.
-¿Qué has hecho? ¿Te das cuenta, Mina, de lo que has hecho?- el profesor estalló, con el rostro enrojecido y el sudor corriendo por toda su piel –¡Ahora nos matará a todos!-
El hombre temblaba de terror, pero Mina no era consciente de los temores del profesor.
-No- lo enfrentó la joven al fin –No puedo tener miedo-
-¿Por qué?- le preguntaba él, entonces una chispa de iluminación cruzó por sus ojos –Oh, claro…Eres ya de él- agregó entendiendo lo que sucedía –Te ha poseído Drácula-
Las brumas parecían despejarse un poco de la mente de la joven, y ya se había dado cuenta de que no importaba lo que hubiera hecho, y lo que fuera, no soportaría que algo le pasara a Alexander.
-No, él no me ha poseído en el sentido que usted entiende, profesor Van Helsing- recalcó con la mirada clavada en él- Pero esto es algo que usted no puede ver-
-¿Ver qué, Mina?-
Ella no podía decirle la verdad, Van Helsing no sabía la historia de la mujer de sus sueños, Ilona, la que Alexander conocía. Ahora Mina sabía que aquella mujer había sido su esposa en su vida mortal, y que esa mujer en realidad fue ella. Y lo que antes no entendía, ahora lo estaba viendo, que así como Vlad había regresado de la muerte como Alexander Grayson… Ilona lo había hecho como Mina Murray.
La joven parecía un fantasma, dejó a Van Helsing con la palabra en la boca y salió de la habitación hacia la calle, para ver los tenues rayos del sol aparecerse y rozarle la piel.
-Mina- él la llamaba inútilmente –¡Mina!-
Las calles estaban húmedas de rocío y Londres ignoraba lo que acababa de pasar, lo extraordinario que había acontecido en su seno esa noche.
-Me dices que él no te ha poseído, pero estás de su lado –Van Helsing la seguía con insistencia –Acabas de ver lo que es, acabas de ver a Grayson sin máscaras: ¡El no-muerto! ¿Y te parece algo maravilloso lo que viste?-
-Lo que vi fue algo que me dio mucha pena. Vi a un hombre atormentado por una maldición espantosa. Y sé que él ya no es lo que fue, profesor. Ahora entiendo que Alexander Grayson no es una fachada nada más, es un hombre nuevo que él quiere ser-
-¿Cómo sabes? ¡Él controla a sus víctimas, controla sus mentes, Mina!- explicaba inútilmente –El no-muerto seduce de esa manera-
-Usted no entiende que yo no soy una más de sus víctimas, que él ya no es lo que ustedes una vez conocieron, al Drácula de las leyendas. No lo es, Abraham-
Van Helsing reaccionó con un respingo ante el cambio de tono de Mina, que dejaba de llamarlo profesor, para tomarlo con más familiaridad… como lo haría Alexander Grayson. Se quedó pasmado, porque por primera vez en su vida no podía entender el fenómeno que estaba presenciando.
Mina lloró ante el suave viento de la calle, y poco a poco recordaba cosas inexistentes hasta hacía minutos. Había esperado cuatro siglos para volverlo a ver. Ella, Ilona. Ella había esperado por eso, aunque no fuera consciente de eso. Y Alexander no le había mentido para seducirla, era verdad que Ilona fue parte de ella.
Pero todavía no podía ver por qué necesitaban ellos dos, los amantes, volverse a ver después de cuatro siglos.

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Ante los gritos del hombre, el doctor Seward no pudo dormir más. Había estado tirado sobre los papeles de su escritorio, y ahora se despertaba. Y sintió un escalofrío.
Era Reinfield que gritaba otra vez y aquel paciente lo inquietaba cada vez más. No era un loco común y corriente, los hombres del lugar decían que por las noches algo lo visitaba.
Torpemente se levantó de su silla y fue hacia la celda del paciente, con cierta impaciencia.
-¿Qué pasa ahora, hombre?- bramó el doctor a través de la rejas.
-Mi amo debe regresar por mí, lo estoy esperando- le dijo Reinfield. Y otra vez salía con lo mismo, el tal "amo". Ya todos sus ayudantes estaban imaginando cosas.
Y el doctor empezó a sentir miedo, porque aquella noche era en especial extraña. Y aquel hombre Reinfield presentía algo.
-Mi amo, algo le ha ocurrido esta noche y no ha regresado- y parecía que Reinrfield quería llorar. El doctor se estremeció.
-¿Quién ha estado visitándote por la noches?- inquirió olvidándose de que trataba con un demente -Reinfield, dime quién te visita, y por qué te curaste tan rápido de un herida como ésa-
No podía negar que era demasiado extraño, el paciente ya tenía la herida curada. Los trabajadores del sanatorio tenían razones en verdad para estarse imaginándose ya historias.
-El amo me ha dado de su sangre- fue lo que respondió y le sonrió serenamente y con cierta sorna, y luego no le habló más.
El doctor hubiera preferido a un loco que se creyera Jesucristo, pero en cambio se encontraba ante alguien cada vez más desconcertante.

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Herida y sola, la sombra permanecía agazapada bajo la gran muralla del puente. Si podía llorar, no se sabía. Había sido realmente herido, pero ya el sol asomaba y debía ocultarse. Su capa negra lo cubría todo, lo protegía, la sombra a la sombra. Así que, impecable, la tela sobrenatural lo cubre y lo lleva a su sueño siniestro hasta la próxima luna, y la próxima víctima, para recuperar sus fuerzas y buscar a su sirviente.
Algo debía hacer, pero no sabía qué.
Su mundo había cambiado cruelmente. Había creído que ya era un hombre normal, con una vida empresarial prestigiosa, y con un futuro prominente a cargo de su compañía Grayson Energy, pero ahí estaba en el mundo de sombras otra vez.


Había creído en Van Helsing y la propuesta de que podría ser un hombre normal, de que volvería a soportar el día, de que no tendría que vivir de sangre, pero nada fue. Había jurado matar a Van Helsing, pero ahora él tenía a Mina de su lado.
Alexander no quería volver a ser Drácula. Pero ahí estaba, su fachada se había derrumbado: ya no más la vida en sociedad, los paseos al teatro, a los clubes, aunque sólo fuera para vigilar y engatusar a los de la Orden del Dragón. Ya ni siquiera era prioridad La Orden del Dragón, Van Helsing estaba solo y su lucha era contra él ahora.
Aunque no lo quisiera, el rostro de Jayne Wetherby se le presentó como en una pesadilla, y extrañaba también el juego del perro y el gato que por meses jugó con ella.
Solamente le quedaba Reinfield, y el ligero recuerdo de que una vez vivió entre los hombres en su mansión Carfax, pero ya estaba amaneciendo, y como criatura de la noche que era, debía retirarse a su nido.

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