Había amanecido, las aves comenzaban a cantar a lo lejos y la casa
recobraba la vida, ahuyentando así la luz a las sombras tenebrosas. Y
era como si todos despertaran de un sueño, como si lo todo ocurrido
hubiera sido mera alucinación.
Llorando, Mina se aparta de Van Helsing que perplejo intenta sujetarla por el brazo.
-¿Qué
has hecho? ¿Te das cuenta, Mina, de lo que has hecho?- el profesor
estalló, con el rostro enrojecido y el sudor corriendo por toda su piel
–¡Ahora nos matará a todos!-
El hombre temblaba de terror, pero Mina no era consciente de los temores del profesor.
-No- lo enfrentó la joven al fin –No puedo tener miedo-
-¿Por
qué?- le preguntaba él, entonces una chispa de iluminación cruzó por
sus ojos –Oh, claro…Eres ya de él- agregó entendiendo lo que sucedía –Te
ha poseído Drácula-
Las brumas parecían despejarse un
poco de la mente de la joven, y ya se había dado cuenta de que no
importaba lo que hubiera hecho, y lo que fuera, no soportaría que algo
le pasara a Alexander.
-No, él no me ha poseído en el sentido que
usted entiende, profesor Van Helsing- recalcó con la mirada clavada en
él- Pero esto es algo que usted no puede ver-
-¿Ver qué, Mina?-
Ella
no podía decirle la verdad, Van Helsing no sabía la historia de la
mujer de sus sueños, Ilona, la que Alexander conocía. Ahora Mina sabía
que aquella mujer había sido su esposa en su vida mortal, y que esa
mujer en realidad fue ella. Y lo que antes no entendía, ahora lo estaba
viendo, que así como Vlad había regresado de la muerte como Alexander
Grayson… Ilona lo había hecho como Mina Murray.
La joven parecía
un fantasma, dejó a Van Helsing con la palabra en la boca y salió de la
habitación hacia la calle, para ver los tenues rayos del sol aparecerse y
rozarle la piel.
-Mina- él la llamaba inútilmente –¡Mina!-
Las
calles estaban húmedas de rocío y Londres ignoraba lo que acababa de
pasar, lo extraordinario que había acontecido en su seno esa noche.
-Me
dices que él no te ha poseído, pero estás de su lado –Van Helsing la
seguía con insistencia –Acabas de ver lo que es, acabas de ver a Grayson
sin máscaras: ¡El no-muerto! ¿Y te parece algo maravilloso lo que
viste?-
-Lo que vi fue algo que me dio mucha pena. Vi a un hombre
atormentado por una maldición espantosa. Y sé que él ya no es lo que
fue, profesor. Ahora entiendo que Alexander Grayson no es una fachada
nada más, es un hombre nuevo que él quiere ser-
-¿Cómo sabes? ¡Él controla a sus víctimas, controla sus mentes, Mina!- explicaba inútilmente –El no-muerto seduce de esa manera-
-Usted no entiende que yo no soy una más de sus víctimas, que él ya no es lo que ustedes una vez conocieron, al Drácula de las leyendas. No lo es, Abraham-
Van
Helsing reaccionó con un respingo ante el cambio de tono de Mina, que
dejaba de llamarlo profesor, para tomarlo con más familiaridad… como lo
haría Alexander Grayson. Se quedó pasmado, porque por primera vez en su
vida no podía entender el fenómeno que estaba presenciando.
Mina
lloró ante el suave viento de la calle, y poco a poco recordaba cosas
inexistentes hasta hacía minutos. Había esperado cuatro siglos para
volverlo a ver. Ella, Ilona. Ella había esperado por eso, aunque no
fuera consciente de eso. Y Alexander no le había mentido para seducirla,
era verdad que Ilona fue parte de ella.
Pero todavía no podía ver por qué necesitaban ellos dos, los amantes, volverse a ver después de cuatro siglos.
---*---*---*---
Ante los gritos del hombre, el doctor Seward no pudo dormir más.
Había estado tirado sobre los papeles de su escritorio, y ahora se
despertaba. Y sintió un escalofrío.
Era Reinfield que gritaba otra
vez y aquel paciente lo inquietaba cada vez más. No era un loco común y
corriente, los hombres del lugar decían que por las noches algo lo
visitaba.
Torpemente se levantó de su silla y fue hacia la celda del paciente, con cierta impaciencia.
-¿Qué pasa ahora, hombre?- bramó el doctor a través de la rejas.
-Mi
amo debe regresar por mí, lo estoy esperando- le dijo Reinfield. Y otra
vez salía con lo mismo, el tal "amo". Ya todos sus ayudantes estaban
imaginando cosas.
Y el doctor empezó a sentir miedo, porque aquella noche era en especial extraña. Y aquel hombre Reinfield presentía algo.
-Mi amo, algo le ha ocurrido esta noche y no ha regresado- y parecía que Reinrfield quería llorar. El doctor se estremeció.
-¿Quién
ha estado visitándote por la noches?- inquirió olvidándose de que
trataba con un demente -Reinfield, dime quién te visita, y por qué te
curaste tan rápido de un herida como ésa-
No podía negar que era
demasiado extraño, el paciente ya tenía la herida curada. Los
trabajadores del sanatorio tenían razones en verdad para estarse
imaginándose ya historias.
-El amo me ha dado de su sangre- fue lo que respondió y le sonrió serenamente y con cierta sorna, y luego no le habló más.
El
doctor hubiera preferido a un loco que se creyera Jesucristo, pero en
cambio se encontraba ante alguien cada vez más desconcertante.
---*---*---*---
Herida y sola, la sombra permanecía agazapada bajo la gran muralla
del puente. Si podía llorar, no se sabía. Había sido realmente herido,
pero ya el sol asomaba y debía ocultarse. Su capa negra lo cubría todo,
lo protegía, la sombra a la sombra. Así que, impecable, la tela
sobrenatural lo cubre y lo lleva a su sueño siniestro hasta la próxima
luna, y la próxima víctima, para recuperar sus fuerzas y buscar a su
sirviente.
Algo debía hacer, pero no sabía qué.
Su mundo
había cambiado cruelmente. Había creído que ya era un hombre normal, con
una vida empresarial prestigiosa, y con un futuro prominente a cargo de
su compañía Grayson Energy, pero ahí estaba en el mundo de sombras otra
vez.
Había creído en Van Helsing y la propuesta de que podría ser
un hombre normal, de que volvería a soportar el día, de que no tendría
que vivir de sangre, pero nada fue. Había jurado matar a Van Helsing,
pero ahora él tenía a Mina de su lado.
Alexander no quería volver a
ser Drácula. Pero ahí estaba, su fachada se había derrumbado: ya no más
la vida en sociedad, los paseos al teatro, a los clubes, aunque sólo
fuera para vigilar y engatusar a los de la Orden del Dragón. Ya ni
siquiera era prioridad La Orden del Dragón, Van Helsing estaba solo y su
lucha era contra él ahora.
Aunque no lo quisiera, el rostro de
Jayne Wetherby se le presentó como en una pesadilla, y extrañaba también
el juego del perro y el gato que por meses jugó con ella.
Solamente
le quedaba Reinfield, y el ligero recuerdo de que una vez vivió entre
los hombres en su mansión Carfax, pero ya estaba amaneciendo, y como
criatura de la noche que era, debía retirarse a su nido.



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