-Llévame con él- rogó Mina con mirada severa.
Reinfield era una enorme mole que bloqueaba la puerta del carruaje.
-Algo le va a suceder- ella insistió, tratando de moverse hacia la puerta –¿No sientes lo que ocurre esta noche?-
Un viento helado entró al carruaje acompañado por un suave lamento que le puso los pelos de punta.
-No
le ocurrirá nada, se lo aseguro- el hombre parecía no sentir nada de
eso. Tal vez porque él también era parte de ese hálito sobrenatural.
-Destruirá
a Lucy- la congoja le apretaba la garganta como si fuera una mano
invisible, y se dio cuenta de que todavía había un rastro de afecto en
ella.
-Tal vez, pero en realidad no puedo asegurárselo- respondía el hombre mecánicamente.
Mina
soltó un bufido y desistió, volviendo la mirada vacía hacia la ventana
opuesta, molesta con Reinfield o tal vez con nadie en particular.
-Debo
advertirle de Van Helsing- murmuraba con frustración -Él sí está
dispuesto a destruirlo, y se mueve de día. Debo decirle que lo está
buscando y que cuando lo encuentre…- entonces no pudo continuar porque
el dolor le cortó la respiración. La imagen de la estaca en la mano del
profesor… y que si no fuera porque ella tuvo un momento de claridad, esa
estaca estuviera enterrada en el pecho de su Alexander.
-El cazador- gruñó Reinfield torciendo la boca, recordando lo que le había hecho.
-Está
detrás de él- insistía - Debemos advertirle, de todo lo que me dijo.
Habló con la Orden pero aparentemente lo dejaron solo, porque Lady Jayne
jamás pudo comprobar algo. No recuerdo. Algo había entre él y Jonathan…
que ahora está muerto…-
Mina hizo silencio, porque había pena en
su corazón por el desafortunado fin del que una vez fue su amor. Pero el
destino jugó con todos ellos y lo que ocurrió, ocurrió. Ya nada podía
hacerse.
-Claro. Lady Wetherby trataba de probar quién era el amo-
le explicó el hombre que no era más que una sombra oscura en la puerta
del carruaje –No lo logró, y La Orden duda de la existencia de Drácula, pero igual está detrás de nosotros, investigando Carfax después de que Lady Jayne fuera asesinada-
Entonces
Reinfield hace una pausa, y vigila los alrededores de Whitechapel. La
soledad de la calle le aseguraba que el amo lo tenía todo bajo control.
-Van
Helsing posee la estaca sagrada- le revela a Mina - Es un arma
bendecida por el jefe de la Orden del Dragón que lo creó- le explicó
textualmente –Sin duda un arma peligrosa… no sé cómo la obtuvo el
cazador… Pero…-
Ya era demasiado tiempo hablando allí. Los dos comenzaban a impacientarse, se acercaba la hora del amanecer.
Y
era sospechoso, y muy peligroso considerando que había seres demoníacos
como Lucy merodeando. Y la humanidad parecía presentirlo todo, pues esa
noche ni un gendarme, ni un vagabundo, ni un alma perdida por los
alrededores se aparecía. Todo el mundo se escondía cuando era la hora en
que los vampiros dominaban.
-Debemos esperar- dijo Reinfield al fin.
-¿Y
a dónde me llevarán? ¿Dónde irán ustedes?- exigía saber la joven,
porque Reinfield estaba demasiado extraño, casi que podía presentir lo
sobrenatural que había en él también –Alexander me dijo que algo te
había ocurrido… que creía que estabas muerto-
-Así es, pero la sangre me salvó-
"La sangre" Mina se llevó una mano a la boca, pues aunque no comprendía del todo lo que significaba eso, en su alma sabía la respuesta.
Las
calles adoquinadas exhumaban una niebla banca y fría que lo cubría
todo. No había manera de ver el carruaje solitario... Era la siniestra
Londres un laberinto de callejuelas todas apretujadas y listas para
ocultar cosas indesibles.
Hasta que una sombra oscura se dibujó al
final, al pie de un farol. Expectante, Mina presiente que él anda cerca
y se baja del carruaje sin encontrar obstáculos por parte de Reinfield.
La figura al final de la calle no se mueve, pero ella va hacia él y a tientas lo encuentra sin dificultad.
---*---*---*---
-Alexander- lo llama, como una voz perdida en el tiempo.
La figura se perdió entre la bruma, avergonzada pues la última imagen que tuvo su amada de él fue la de un monstruo.
-Alexander, no te vayas- ella alzó su brazo tratando de alcanzarlo.
El silencio fue terrible.
Mina
no se dio por vencida, corrió hacia el farol cegada por la bruma y lo
buscó, por la izquierda, por la derecha, respiración agitada y aliento
blanco.
-Perdóname, Mina- habló él, y la joven lo busca, hallando al fin al hombre con la capa al final de un callejón estrecho.
-Tenemos que hablar, sé quién eres- ella daba pequeños pasos hacia él - Y me refiero a que sé quién realmente eres- aclaró haciéndole ver a lo que se refería.
-¡Estás recordando!-
-Sí-
-¡Ilona!- exclama la figura entre la excitación y el temor.
-Sí, aquí estoy-
Se quedó mudo, porque pensó que estaría preparado para aquel momento, pero no era verdad.
-Nunca me dijiste la verdad, Alexander, ni ahora ni en aquel entonces-
-¿Cómo esperabas que te dijera la verdad?- él replicó con rabia.
-Y
fui condenada por lo pecados de mi príncipe ¿No fue así, Vlad? No era
más que una mujer, y debía pagar por lo que mi esposo hacía sin que me
dieran la oportunidad de tener un juicio. Como si fuera una mascota y
nada más-
Era terrible, demasiado terrible, pero todo estaba
llegando a su mente como un torrente desbocado de agua. El dolor de las
llamas consumiendo su piel. Era como si se hubiera desatado el nudo que
contenía su vida, en una sola noche.
-Así es el mundo y ojalá
pudiera cambiar lo ocurrido, pero no puedo, y he pagado muy caro por
eso, Ilona- y hablaba con una rabia infernal contenida por mucho tiempo.
-Déjame verte, no te ocultes más- era tierna la voz de Mina, y muy firme permanecía frente a él sin miedo.
La sombra titubeaba, y no se acercaba a ella.
-Quiero verte tal como eres, Alexander-
-Tal
como soy- repetía con desprecio. Y ante aquella voluntad de hierro, de
su amada Mina, él se aparta de la negra sombra y camina hacia la calle,
dejando que la luminiscencia de la bruma y la luna descubrieran su
rostro.
No era el animal atormentado que se reveló en su cuarto
aquella noche ante Van Helsing, era él en verdad: Su bello rostro era el
mismo, pero tenía la marca del infierno en sus ojos, y grandes
colmillos entre sus voluptuosos labios. Pero Mina ya no tenía miedo, era
hermoso, todo él, sin importar su naturaleza. Y sabía que jamás le
haría daño.
-He descubierto mi otro yo, ese misterio que
permanecía dentro de mí indescifrable…se está aclarando- dilucidaba, y
en ella también había un cambio. Era joven, pero ahora el rostro de Mina
había adquirido una madurez de hacía cuatro siglos.
-Yo hubiera hecho lo imposible por evitar lo que ocurrió, pero no podía decirte lo que era porque me avergonzaba de mí mismo-
Mina lo evadió, confundida. A ella no le hubiera importado nada eso.
-Los
dos fuimos víctimas. Pero tú fuiste el ángel que tuvo que pagar por los
pecados de un ser miserable como yo. Perdóname Ilona. Era demasiado
feliz contigo, y me volví arrogante, y la guerra me llevó a cometer
actos indescriptibles. Pero sólo pensaba en protegerte. En que nada te
pasara a ti-
Mina lo escuchaba con lágrimas en los ojos y retazos de imágenes cruzaban su mente, confusas y claras, todas mezcladas.
-Lo único bueno que he hecho en mi vida es amarte, por eso te mataron-
El silencio era peor que un grito. La mirada de Ilona era como la de la noche en que la visitó por última vez en el calabozo.
-Y
yo hubiera dejado pasar por alto todo eso por ti- fue lo que ella dijo
al fin –Porque no me hubiera importado lo que eras, pero tú no fuiste
sincero, dudaste de mí-
Los ojos del vampiro se abrieron y el resplandor lunar los hizo brillar.
-Tal
vez soy un ser horrible como tú- admitía para sorpresa de él –No me
importaba a quién matabas, ni a quién destruyeras. Te amo-
Era
cruel saberlo tan tarde, y darse cuenta de que no le importaba nadie.
Que las personas a quienes había amado ya estaban muertas y que de
resto, a ella nada le importaba un mundo horrible, salvaje, injusto y
cruel.
Mina era capaz de perdonarlo.
-Y aquí estoy otra vez
amándote igual – la figura de Mina en camisón blanco era tal como sus
recuerdos de Ilona, pero ahora era real. Muy real- Tal vez he regresado
para perdonarte…Ahora lo entiendo- su voz era firme, fuerte, las
emociones no la doblegaban más.
Cansada de que todo el mundo la viera frágil y débil, Mina estaba dispuesta a cambiar eso.
-Ya no eres Vlad para mí, no eres Drácula, ya no lo eres. Eres mi Alexander-
Pero
la bruma se disipaba, y la luz empezaba a colarse en el horizonte.
Alexander no tenía tiempo de pensar en las desconcertantes palabras de
Mina, ni de experimentar la felicidad que significaban:
-Lo
siento, no puedo estar aquí- luchó contra sí mismo porque no quería ser
destruido, ahora menos que nunca, y la voz de Reinfield resonaba
enfermizamente en su mente "Tómela u olvídela"- ¡No puedo estar junto a ti!- renegó ferozmente de sus deseos- porque estoy condenado a las sombras-
Ella
alzó la mano extendida hacia él, pero Alexander le dio la espalda.
Amanecía y él ya no podía más estar allí, así que tuvo que dejarla para
perderse de la luz.

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