Desde que Jonathan Harker se había unido a La Orden del Dragón su
alma se encontraba dividida en dos. La primera noche en Whitby fue
atormentado por incesantes pesadillas y no sabía si estando lejos de
Londres podría estar a salvo del vampiro.
Prefería dudar de Van
Helsing y de todo el mundo antes que creer que Alexander Grayson era una
criatura de la noche que podría muy bien aparecerse allí en su
habitación y matarlo como a una mosca.
Se estaba comportando como el cobarde que Mina había dicho que era.
Y no podía dormir, su maletín descansaba al lado de la cama y no le quitaba los ojos de encima.
Cualquier
criatura de la noche podría aparecerse allí, de hecho, y ni siquiera el
maletín podría salvarlo. A esas horas de la noche cualquier cosa le
resultaba creíble así que el joven prefirió ponerse de pie y tomar el
maletín para estudiar su contenido.
Tal vez era mejor enfrentar la realidad a quedarse allí consumido por su imaginación.
---*---*---*---
El reloj de la plaza marcada las cuatro de la mañana, las calles
exhumaban bruma blancuzca y fría. Las botas de Jonathan Harker hacían
eco sobre las piedras, y resonaron por un largo trecho hasta que tocaron
los
terrenos que bajaban hasta el cementerio.
Estaba loco,
totalmente loco. No hacía mucho sus días transcurría tras un escritorio
bien organizado lleno de papeles y ahora era un vagabundo nocturno que
espiaba cementerios en busca de demonios imaginarios. Sin embargo el
crucifijo que le había regalado la mujer de la taberna no lo soltaba por
nada del mundo.
Se rio de sí mismo, y de todos los locos de La
Orden, y bajó la colina para darse una vuelta por el susodicho
cementerio. Unos perros aullaron en la lejanía pero él no les hizo el
mínimo caso. Pensaba en todo lo ocurrido, reflexionando y poniendo ideas
en orden. Pero aquel lugar no lo ayudaba en lo absoluto… las noticias
de los niños muertos, de las cosas que lo habían llevado a él allí le
enfriaban el alma.
Jonathan intentaba reírse de todo pero no podía, tenía miedo.
¿Estaría
Mina con él? Pensó y se le retorcieron las entrañas, imaginando a su
Mina en los brazos de Alexander Grayson que tenía el aspecto de sus
pesadillas: un monstruo con sanguinarios ojos rojos.
Estupideces de Van Helsing, pensó sacudiendo la cabeza, y ahora estaba poseso por las supersticiones de todo el mundo.
No
caminó mucho cuando se sintió como en un sueño, y entonces en medio del
cementerio se encuentra con una hermosa mujer, que era como una mancha
blanca en el paisaje mortuorio.
No se asustó, al contrario, se sintió muy atraído.
La mujer notó su presencia y suelta una risita traviesa. Era aquel un joven apuesto y eso le gustaba, así que se acercó.
Era
mágico, el joven no podía moverse, no podía huir. En medio de un
tenebroso cementerio se encontraba con una mujer que creía muerta.
Jonathan no podía creer que estaba viendo a Lucy Westenra caminando por
el cementerio en plena madrugada. Las malditas pesadillas se hacían
realidad. Y no podía huir.
La bella señora lo reconoció enseguida y se echó a reír:
-Jonathan Harker ¡Mi querido Jonathan!- rio con una horrible voz–Vaya cosa extraña encontrarte por aquí-
Él no decía nada, debía estar soñando o bajo el influjo de algún alucinógeno.
-Mi amor- ella se le acercó seductora, y estaba realmente muy hermosa.
-Lucy- balbucea tratando de recobrar la compostura –Creí que, de hecho, todos creíamos que… que… estabas muerta-
La mujer se echó a reír.
-Mi amor, eres mío-
Jonathan
retrocede, resistiéndose al impulso de besarla, pero recordó lo que lo
había llevado allí, y llevaba puesto el crucifijo el cual brilló con la
luz de la luna.
Al ver aquella joya Lucy se espanta de tal manera
que su rostro se vuelve una máscara infernal, y los colmillos afilados
demostraron al incrédulo Harker que estaba ante un vampiro.
---*---*---*---
En algún momento de alguna noche, el señor Murray había visto algo
horroroso. Ahora ya no podía distinguir cuál era la realidad y cuál
había sido la pesadilla.
Había visto a un ser espantoso entrar a
su casa de noche para visitar a su hija. Y el ser estaba envuelto en
llamas infernales y se convertía en murciélago.
Otras veces era un
lobo bestial el que entraba a su casa y se llevaba a su hija Mina entre
sus fauces mientras él no podía hacer nada.
Estaba extremadamente
preocupado, porque estaba perdiendo a su hija. Las pesadillas
significaban eso, y él no podía hacer nada. Y desde entonces estaba
paralizado y sin voz.
Algo lo había paralizado para siempre.
Lo
que había llegado a su casa, invitado por todos, había sellado su
destino de esa manera cruel para que no pudiera interceder ni evitar lo
que estaba marcado desde el día en que Vlad e Ilona se juraron amor
eterno.
Desde entonces nunca más pudo parase de la cama y su corazón latía cada vez menos.
Y menos y menos.
---*---*---*---
Cuando
Alexander Grayson regresa, encuentra a Mina sentada al lado de la cama
de su padre. Como una sombra entra a la habitación y presiente la negra y
pesada presencia de la muerte.
-Lo siento mucho- susurra.
Mina estaba distante y no se movía en lo absoluto.
-Yo
siempre quise encontrar la cura para la muerte…- al fin murmura en voz
baja, ahogada en dolor. La llegada de Alexander no causaba nada en ella.
-No hay nada que yo pueda hacer- proseguía él sin atreverse a acercarse más –Lo siento mucho, en verdad-
-De hecho, tú sí puedes hacer algo, Alexander- Mina al fin voltea sus ojos y la mirada de ambos se encuentran.
Ante eso, él retrocede como impulsado por algún impacto, pero no dice nada.
-Yo sé lo que eres-
Se quedó estupefacto. Cuando creía que a su edad ya nada lo sorprendía: Mina lo sorprendía.
Tranquila, ella deja de mirarlo y vuelve su atención hacia el hombre tendido en la cama.
-Siempre
supe que eras diferente- agregaba y luego soltó con pesar -Esperaba que
fueras tú quien me lo contara todo acerca de ti, pero tú jamás me lo
dijiste-
-Sabes lo que soy...- él todavía no daba crédito a lo que oía.
-Me lo dijo Van Helsing, me abrió los ojos al fin. Porque yo me negaba a verlo-
Los ojos del vampiro flamearon y sus labios se crisparon de rabia al oír aquel nombre maldito.
-Ese Holandés miserable. Mina, es un desgraciado. No te imaginas lo que ha hecho- masculló.
-Y
resulta que tú también lo conoces bastante bien- Mina le habló con
severidad. De repente, su ira se esfuma y nada más queda la tristeza
–Creí que se habían conocido cuando yo los presenté. Pero ya me di
cuenta que no, que yo era quien vivía en un mundo de mentiras-
-Tenemos
mucho que hablar Mina, mucho- Alexander bajó el tono muy avergonzado
por irrespetar la memoria del señor Murray con su enojo –Pero no es
momento para eso ahora-
-No lo es- entonces Mina se pone de pie y
ya no soportaba tratar a Alexander como un extraño, como a un agresor.
Estaba ante el cuerpo de su padre y la desolación acababa con cualquier
otro sentimiento–Me dejó sola en este mundo-
-No estás sola, nunca lo estarás- él quería abrazarla, pero no podía. No se le acercaba –Yo…-
-Y
dime ¿Cómo crees que yo pueda aceptar a alguien como tú, si estás
muerto desde hace siglos- cuando ella lo miró otra vez, sus ojos estaban
llenos de lágrimas.
Era demasiado cruel, Alexander no se esperaba eso esa noche.
-Eres un monstruo, Alexander- soltó Mina.
¡Las
mismas palabras de Ilona! Alexander retrocedió fulminado por esas
palabras. Era como estar ante Ilona la noche en que fueron separados
cruelmente.
-Yo soy un monstruo cuando no te tengo a mi lado- el
vampiro se acercó al fin -¿No ves que te necesito?
No me dejes, o mi
maldición me hará exterminar a todo ser viviente que encuentre en mi
camino.
Mina estaba demasiado confundida como para sentir algo. Y
Alexander no podía decirle más nada porque enseguida presiente que no
estaban solos en aquella casa.
El vampiro se pone alerta, sus
sentidos se habían quedado aturdidos ante el descubrimiento de Mina.
Pero no estaban solos en la casa y ahora Alexander voltea para ver a la
persona que estaba en la habitación continua y que ahora venía justo por
atrás de él.
-¡Mina!- exclama perplejo, porque ella no le dijo
nada, y ahora era muy tarde, un hombre se aparece por la puerta de la
habitación y desde ese momento una enorme debilidad se adueña por
completo de él.
-Atrás, demonio- dice la conocida voz con inusual tranquilidad y lo que llevaba en su mano brilla en la oscuridad.
Los ojos del vampiro se encienden pues lo que brillaba delante de él era un crucifijo de oro.




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