El carruaje era el mismo en donde Alexander una vez, no hacía mucho,
la había llevado a la universidad. Cuando todo era felicidad y lo
sobrenatural era inexistente. Ahora estaba sucio y descuidado, como si
hubiera estado abandonado.
Reinfield tenían un aspecto diferente a
la última vez que lo vio. Pero era Reinfield sin lugar a dudas, y a
ella siempre le había dado gusto verlo. Porque verlo a él significaba
ver a Alexander.
El hombre estaba afuera, sentado en el asiento
del cochero dirigiendo al único caballo del casquillo que también sería
uno de los pocos recuerdos que quedaban de Carfax y la compañía Energías
Grayson.
-El amo no quiere hacerle daño, el amo Grayson la ama de
verdad, señorita- habían recorrido unas calles y la voz de Reinfield
sonaba clara y fuerte. Pero los nervios no dejaban el cuerpo de la joven
que temblaba de pies a cabeza –Son otros los que quieren hacer daño-
Entonces
el carruaje se detuvo y sintió que Reinfield se bajaba, echaba una
mirada por los alrededores y luego abría la puertecilla para atenderla a
ella.
-Mató a Lucy y la convirtió en eso…- le dijo Mina aún incrédula.
-Lo
hizo por amor a usted- le explicaba el hombre –Porque él haría lo que
sea por usted, y lamento mucho decirlo, pero el alma de Lucy es negra, y
no quisiera pensar qué sería de usted si ella fuera quien la
convirtiera-
-Ahora la destruirá ¿Verdad?- Mina sólo pensaba en el ser que diabólicamente se había adueñado del cuerpo de su amiga.
Reinfield titubeó y luego responde:
-Creo que sí, señorita-
Ahora
no sabía si sentir pena por eso. Después de haber visto lo que era
Lucy… no lamentaría su muerte. Porque había cosas peores que la muerte.
Sin
embargo, no podía creer que pensara eso. Algo estaba sucediendo con
ella, estaba muy dispuesta a comprender a un vampiro. Así que ¿A quién
engañaba? No estaba siendo alguien nuevo, estaba descubriendo su
verdadero ser.
-Yo quiero a Lucy, no puedo permitir que la mate-
susurró –Después de todo... ella es como él- y clavó los ojos en
Reinfield con severidad.
-Lucy no es como el amo, él es el Maestro. No se deje engañar, ella ya no es su amiga y es una criatura maligna-
Mina bufó y le volteó la cara a Reinfield.
-El
amo me ordenó ponerla a salvo- urgió él, haciendo caso omiso al recelo
de la joven -Lamento mucho no tener un mejor lugar a donde llevarla. De
hecho, no tenemos ningún lugar-
-Pero ¿Por qué no regresan a Carfax? ¿No es suya esa propiedad? Nadie tiene derecho a…-
-La Orden del Dragón está detrás de nosotros. No podemos regresar allá-
-¿La
Orden del Dragón?- aún había cosas que necesitaba saber Mina. Pero por
alguna extraña razón su instinto le decía que sí conocía a la Orden del
Dragón, así que repitió con claridad –La Orden del Dragón, Ordo Draconum , Oh Dios mío- se tapó la boca de la sorpresa.
Se
quedaron allí en el carruaje en medio de un callejón de la siniestra
Whitechapel, el más oscuro de todos. Era como si Reinfield supiera que
ése era un buen lugar para ocultarse.
-Dios mío, Alexander...-
exclamaba Mina, como si supiera lo que le había hecho La Orden. Lo sabía
en su inconsciente. Porque había una persona desconocida en ella que
estaba empezando a salir.
El viejo enemigo, Mina recordaba, el
enemigo que destruyó su vida, condenando al hombre que amaba y con el
que era feliz. Ahora recordaba extractos de una desgracia y de su muerte
espantosa por culpa de él…
-De Vlad- murmuró y Reinfield dio un respingo.
Recordaba
un dolor muy grande, el saber que moría por culpa de los pecados de un
príncipe amado. Alexander. Ella condenada por La Orden, como castigo, "hereje" "maldita". Ella jamás hizo nada, fue él, Vlad, el culpable.
¿Lo perdonaría?
-Debo
verlo. Reinfield llévame con él- habló Mina con un nudo en su garganta -
Necesito entender. Algo está pasando conmigo y ya no lo soporto-
---*---*---*---
El hombre estaba parado frente al ser de la noche en mitad de la calle.
La vampiresa había intentado morder a Mina Murray pero ahora él estaba allí, y su presa había escapado.
Lo
odiaba como nunca, entonces el chillido de su derrota desgarró la noche
y preparándose para una cruda batalla, los ojos se le encendieron como
el fuego y el cuerpo se armó con filosas uñas y extraordinaria fuerza.
-"Alexander
Grayson"- se mofó pronunciando cada sílaba con desagrado –¿Por qué no
usas tu verdadero nombre ahora? Ella ya lo sabe todo ¿No es así?-
-Lucy,
vete de aquí, vete lejos porque si vuelvo a sentirte cerca de mi mundo,
te voy a arrancar el corazón y a cortarte la cabeza- él hablaba
calmadamente pero lo terrible de su voz era una sentencia irrevocable.
-¿Crees que Mina te va a aceptar? – rio la mujer, como si fuera una diva en un teatro –Ni a ti ni a mí, querido-
-No sabes nada, mejor te callas-
-Si ella no es mía tampoco será tuya-
La mirada de Alexander era terrible, pero el vampiro no se movía.
-No sabes nada, y no eres más que un animal. Yo no, yo he dejado de ser lo que fui-
-¿Ah sí? – Lucy hizo una mueca -No me hagas reír. Lo que has hecho hasta ahora no es muy civilizado-
Alexander bajó la mirada con vergüenza.
-Algunas cosas no las puedo cambiar, es verdad- lo reconoció con pena.
-¡Monstruo,
te destruiré! Cometiste un gran error al hacerme esto, ahora lo
pagarás- toda la ira de Lucy se reflejaba en su fiereza.
-¡Soy tu amo!- la capa negra del vampiro se alzó como alas de murciélago.
-No lo eres más- lo desafió ella y comenzó a dar pasos amenazantes hacia Alexander.
Entonces
ya no estaban solos en aquella calle, unas sombras se aparecían de la
nada, recortándose entre la bruma blanca. Lucy se detiene perpleja pues
estaba siendo rodeada.
Eran vampiros, vampiros que salían de la noche.
-Lucy, no quiero destruirte. Te ordeno que desaparezcas y jamás te acerques a Mina, porque si no, de hoy no pasas-
La vampiresa entendió que estaban todos contra ella. Drácula había llamado a los vampiros, y los vampiros le obedecían sólo a él.
Sus ojos sobrenaturales brillaron como lámparas, y el orgullo y la rabia se doblegaron.


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