Jonathan Harker era ahora un miembro de La Orden del Dragón.
Su
primer trabajo era ir a Whitby y atrapar al vampiro que aterrorizaba a
la supersticiosa población. Debía irse de Londres y eso lo atormentaba,
para él era como dejarle el campo libre a Alexander Grayson. ¿Amaba a
Mina tanto como creía? Esa noche ahogaba sus pensamientos en alcohol,
ignorando lo que ocurría no muy lejos, en la casa de Van Helsing.
Dejar
a Mina allí sola y completamente libre a otro hombre era algo que su
orgullo no podía hacer. Él no era un hombre malo, en un tiempo su futuro
con Mina era promisorio y feliz. Pero algo había ocurrido, como si el
destino huebira tomado las riendas de su vida y ahora fuera él sólo una
marioneta.
No sabía el riesgo que corría, Jonathan aún era
demasiado novato. Debía volvier a ver a Van Helsing después del
encuentro con Mina, y decirle que ella había visto al "Americano" otra
vez. Que estaba vivo.
Sorbió su último trago de brandy gruñendo para sí mismo y balbuceando "vampiros, vampiros aquí entre nosotros". Eso
afirmaban la Orden y Van Helsing, sin embargo él no había visto nunca
nada. Pero sí había visto a Alexander Grayson andar a plena luz del día,
y mucha gente lo había visto.
No podía ser un vampiro, era simplemente un maldito estafador, pero humano después de todo.
Van
Helsing ya no estaba razonando muy bien. El Holandés se había desviado
demasiado de sus estudios científicos para meterse con lo oculto y lo
sobrenatural, y ahora veía vampiros en todas partes. El profesor y la
Orden estaban obsesionados con esos temas, pensaba Jonathan Harker
demasiado confundido como para discernir algo más. Él no había visto
nunca nada.
Ahora debía irse y dejar a Mina a merced de ese delincuente.
-Londres
llena de vampiros ¡No puede ser verdad!- le dijo al barman al fin
–Vampiros, señor ¿Lo cree? No hay tales monstruos sobrenaturales, lo que
hay son seres humanos bárbaros, locos, desleales y criminales-
El hombre lo oyó pero no le hizo caso y siguió sirviendo a su alegre clientela.
Harker
no tenía idea del peligro que corría. El vampiro estaba sediento de
sangre y venganza, sin embargo esa noche, después de dejar frustrado la
casa de Van Helsing, se fue a vagar por la noche, por los fríos y
nublados bordes del Támesis, como lo hacía desde que Van Helsing lo
trajo de nuevo a su maldita vida.
---*---*---*---
Y ese ser era una figura negra y nada más, triste, solitaria.
Los murciélagos revoloteaban cerca de él, los lobos aullaban, las ratas era sus amigas.
Y tenía hambre, pero Alexander no quería alimentarse, nunca más.
Sólo
tenía el rostro de Mina suplicante y húmedo de lágrimas en la mente, lo
último que había visto de ella, porque quería estar con él y nunca
dejarlo.
Sí, ella era Ilona, pero una Ilona sin saber lo que él fue ni lo que él era ahora.
Los
recuerdos lo atormentaban y quería morir pero no podía, en cambio tenía
su vida eterna para recordar siempre el daño que había hecho y lo mucho
que había herido a Ilona. No quería ver eso otra vez en Mina, Mina que
era la reencarnación de su dulce esposa muerta por su culpa.
Pero
lo último que vio de Ilona estaba allí cada vez que él y Mina estaban
juntos, cada vez que la veía y deseaba convertirla en su esposa.
Cerró los ojos, pero eso no evitaba la terrible visión.
-Vlad ¿Por qué estoy aquí?- oyó su voz otra vez.
La
visón sobrenatural del vampiro lo hacía tener la escena otra vez allí
al alcance de su mano, como si se hubiera transportado al pasado de
hacía cuatro siglos.
-Dímelo tú, porque me condenan por todo lo que tú has hecho- decía con lágrimas en los ojos, y su rostro estaba marchito y amoratado por el sufrimiento y la tortura.
-Yo nunca quise herirte- decía él.
-Pero lo hiciste. Yo no sabía cuán bárbaras eran tus acciones, Vlad- ella no le daba cabida a sus excusas –Ahora yo pago por todos tus pecados-
-Yo…- él
trataba de buscar las respuestas pero en ese momento no las tenía.
Simplemente le hablaba con toda la dureza de un poderoso regente, como
debía ser –La vida es así, Ilona, hay cosas que uno debe hacer-
-No creí que fueras capaz- ella no era la misma persona, su rostro no era el dulce rostro de amor de su última noche juntos –No eres ese hombre que hacía dos noches yacía conmigo en nuestro lecho, cuando esos soldados irrumpieron…-
-Ilona- él quería que se callara, sus palabras aguijoneaban su alma.
-Ahora no sé cómo pude estar en ese lecho contigo- susurró terrible, ahogada de dolor.
-¡No me juzgues tú también!-
Vlad replicó herido y furioso. La muerte estaba a pocas horas, y no
soportaba ahora el juicio de Ilona, un príncipe no podía aceptar eso,
aunque su corazón le gritara que fuera diferente.
No se podía, y
ya era tarde, los pasos de los soldados ya se acercaban, y entonces supo
que la hora llegaba antes de lo que esperaban.
–¡No me juzgues!- gritó.
-Eres un monstruo-
Y
ésas fueron las últimas palabras de su amada. Y no pudo decir más nada,
la arrancaron de su lado y la arrastraron a su inclemente muerte en la
hoguera, por ser una hereje igual a él, por su culpa. Así la juzgaron.
Y Vlad el maldito fue obligado a verla morir, y nunca pudo redimirse.
Lo condenaron a llevar ese peso de consciencia por una vida eterna.
Entonces
el castillo Transilvano desapareció de su vista y ahora estaba allí
otra vez a orillas del Támesis y sediento de sangre, lleno de ira, dolor
y venganza.


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