miércoles, 24 de septiembre de 2014

Capítulo XIII – Los Olvidados

Eran varios los lugares sobre la Tierra en donde se respiraba toda la miseria humana. Un sanatorio mental de bajos recursos era uno de esos.
El lugar lucía bastante solitario por fuera -que cualquier persona podría colarse, después de todo a nadie le importaba la gente que estaba tras esas paredes- pero por dentro estaba atestado de enfermos hacinados hasta en los rincones.
Discapacitados, los pacientes no podían defenderse de la maldad humana, y los trabajadores que allí pasaban las veinticuatro horas del día no tenían ni la educación ni los escrúpulos como para tratarlos como personas.
Alexander Grayson recordaba su baile en el Bethlem Royal, tan diferente a aquel paisaje, porque el doctor Murray procuraba que sus pacientes vivieran con algo de dignidad. Pero él ya no existía, tampoco habrían más bailes con Mina. Ya no existía nada, sólo una fachada de hombre elegante que era como el ataúd que guardaba un cuerpo podrido.
Tal vez no estaba tan distante de ser como aquellos miserables locos, la diferencia era que él viviría para siempre… "Para siempre y sin Mina"
"Ilona, nunca me perdonaste" susurró a la noche y unos lobos aullaron en la lejanía. Pero nadie lo escuchó, después de todo no era más que un espíritu.
Entonces dejó de contemplar el edificio y el sendero de piedra proyectó su sombra, y era un hombre con capa que se acercaba al sanatorio y proyectaba una sombra. Un hombre en toda su forma, pensaba, pero con la diferencia de que de vez en cuando no se reflejaba en un espejo.

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El doctor Seward era el único a cargo del sanatorio, y el único con un poco de conciencia con respecto a lo que era un enfermo mental. Hacía unos días había descubierto las acciones de uno de sus enfermeros para con una de las chicas internas, y enseguida lo había despedido; y no hacía más de un año que el sanatorio enfrentó una crisis por la muerte de la mitad de los enfermos por desnutrición, maltratos e insalubridad.
Pero él solo no podía controlar cada cosa que ocurría entre aquellas paredes.
Se sentía muy apenado pero nada más podía hacer.
Últimamente no salía siquiera, con el supuesto intruso merodeando por las noches la seguridad de sus pacientes estaba peor. Tal vez no le daría tanta importancia a los rumores de no ser testigo de la extraña curación del paciente Reinfield. Eso era, los locos le decían de todo, pero Reinfield en especial tenía ciertas pruebas que acompañaban sus cuentos de amos sobrenaturales que lo visitaban de noche, que en verdad resultaban inquietantes.
Eran las tres y algo de la madrugada y no se oía nada, hasta que, irrumpiendo en la desvencijado despacho, uno de los enfermeros asusta de tal manera al doctor que se le caen los lentes al piso.
-Doctor- balbucea el hombre –Doctor tiene que ver esto… Yo no sé qué pasó, le juro que nada tuve que ver-
-Tranquilo hombre ¿Qué ha pasado?-
-¡El paciente Reinfield!-
Los dos hombres salen del despacho, y causando alarma entre los locos, se dirigen apresuradamente hacia la celda de al final del pasillo.
Lo que vio el doctor Seward al llegar fue que la ventana de la celda de Reinfield estaba sin barrotes, de hecho era como si algo hubiera desprendido las rejas y parte de la pared sin hacer el menor ruido. Y en ninguna parte estaba el hombre. La cama estaba vacía, la mesa en su lugar, no había nada anormal, y las rejas de la celda estaban intactas. Nadie entró ni salió por allí, y la ventana… era imposible que alguien pudiera salir por aquella ventana, aunque estuviera totalmente abierta.
Un hombre tan corpulento como Reinfield no podría trepar la pared así… A no ser que alguien invisible al otro lado lo hubiera ayudado con alguna cuerda y con alguna fuerza sobrehumana.



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-Amo-
El hombre no podía creerlo ¿Cuánto tiempo pasó encerrado en aquel sanatorio? No sabía y no le importaba. Ahora era otra persona y se encontraba en un recinto abandonado, probablemente cerca del alcantarillado que venía de Londres.
Sus pies estaban llagados pues había caminado por el bosque descalzo, pero no le importaba, respiraba un aire libre y abierto. Algo había ocurrido con Reinfield, debió haber muerto pero estaba más vivo que nunca. Su herida había sanado, y a pesar del hambre que sufrió, sus energías parecían nuevas.



-Reinfield, mi fiel Reinfield- Alexander lo recibía como siempre, como si aún estuvieran en Carfax, amo y sirviente. Pero ya no estaban en la mansión, estaban en un escondrijo miserable. Alexander no podía llevarlo al sucio nido en donde cumplía su destierro –Lamento que ya nuestra vida no pueda ser como antes. No más lujos, ni sociedad, ni negocios… ni Van Helsing-
-Van Helsing quiso asesinarme- Reinfield le dijo y Alexander lo que él ya sospechaba.
-Los doctores, mi querido Reinfield, son unos sádicos con licencia y prestigio. Abren cuerpos, acuchillan cuerpos, cortan meten sacan, sangre, carne en sus manos y deben estar acostumbrados a eso- suspiró –No es mucha la diferencia entre ellos y nosotros los vampiros-
-¿Qué debemos hacer ahora, amo? ¿Y la Orden?- el hombre empezaba a organizar sus ideas, a recordar todo. Por un momento pensó que su mente se extraviaría de verdad como la de aquellos desgraciados del sanatorio, pero afortunadamente no era así. Él jamás fue un loco.
La figura de Alexander Grayson se confundía con la oscuridad y un ligero rayo de luna entraba por los agujeros de las paredes derruidas.
-Estamos solos, ni tú ni yo existimos, y La Orden parece que perdió credibilidad en mí… Ahora todo es Van Helsing y yo- susurró –Y te necesito-
-¡Haré lo que tenga que hacer, señor!- respondió firme y le brillaron los ojos. Luego recordó -¿Y Mina Murray?-
Reinfield lo había apuñalado con aquella pregunta.
-Oh, han pasado muchas cosas- respondió melancólicamente –Ella y yo…- añadía escuetamente y su sirviente debía sospechar cuán lejos había llegado el amor entre los dos –Creí que nos amábamos, pero han ocurrido cosas, y ahora no sé-
-Pero señor ¿Sabe ella lo que es usted?- Reinfield estaba sorprendido. Todo le parecía irreal ahora.
-Lo sabe, Reinfield. Ya lo sabe todo-
El hombre sacudió la cabeza. Habían pasado días, pero Reinfield ya olvidada en donde estuvo y volvía a ser el mismo. Pero su amo no, ya no era el mismo, porque había llegado la mujer que no sería una víctima más que poseer.
-Pero…- pensó y al fin dio por hecho de que había logrado entablar una relación con la señorita Murray -¿Y qué hará con ella si no la toma, y tampoco la puede olvidar?-
El bosque no se presentaba nada alentador allá afuera, pero ahí estaban ellos, y eran como los olvidados del mundo. El silencio de su amo le ratificaba que había un amor del que no podría deshacerse nunca.
- Lamento decirlo- continuaba Reinfield - pero Mina envejecerá y morirá mientras usted…-
No dijo más. Los años para los vampiros pasaban como días, y Reinfield era severo pero tenía toda la razón.
-No lo sé, porque ahora estamos los dos atrapados- y tenía la imagen de Mina escondida detrás de Van Helsing - ¡Ella me pertenece!- exclamó rabioso y sus ojos centellaron de rojo –Pero son demasiadas cosas las que se interponen, y ahora no sé si ella pueda aceptarme-



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