La luna llena brillaba sobre Londres, y los aullidos de los lobos se
alzaban misteriosamente por entre la bruma blancuzca que recorría las
desoladas callejuelas.
Aullidos horribles.
Mina desde su
ventana los oía como si fueran presagios funestos al acecho. Nunca antes
había deseado tanto tener a Alexander allí con ella como esa noche.
Su
cuerpo ardía, no era la misma. No era la Mina tranquila y recatada de
siempre, no, el aullido de los lobos despertaba su deseo. Su deseo y su
miedo. Su miedo de recordar. Porque las noches traían a la mente de
Wilhemina Murray los recuerdos de aquella mujer sin nombre, y si una
cosa ella sabía de su misteriosa visión, era que no quería ser ella.
Mina
no quería ser esa mujer, todo lo que siempre tuvo de ella fue dolor y
pena. Ahora Alexander le decía que era ella, él sabía el secreto y ahora
tenía mucho miedo.
Cerró la ventana pues ya no lo soportaba. Pero
cerrar la ventana no impedía que siguiera oyendo a los lobos. Ni
siquiera sabía si el zoológico de Londres tenía tales animales esos
días.
Pero es que ya la realidad había dejado de ser realidad
desde aquel día de la tragedia. Ella se preguntaba si las otras personas
sentían lo mismo, o era sólo ella. Ahora el mundo era distinto, todo lo
que una vez conoció ya no era: Lady Jayne había sido asesinada, la
señora Westenra también, y posiblemente Lucy; el hombre con el que se
iba a casar una vez era ahora un desconocido, su profesor también, y
ambos le decían que el hombre maravilloso que ahora amaba y era su vida…
era el peligro que agobiaba a toda Londres.
No se conocía, su mente le gritaba la razón "Es verdad. Alexander Grayson es extraño, Alexander Grayson no parece ni humano" pero nada convencía a su corazón.
Quería estar con él y nada más.
Para
colmo de males, aquellos días funestos, su pobre padre había caído
enfermo otra vez y Mina estaba allí en esa casa sintiéndose el ser más
solitario del mundo, como también lo era su amado nocturno. Solamente
cuando él y ella estaban juntos ya no estaban más solos.
Y los aullidos no cesaban. Londres estaba aterrorizada, pero no precisamente Mina Murray.
Se
paró de la cama al fin, llamaba por fuerzas desconocidas, y en vez de
los guturales lamentos de animal, ella escuchaba era su nombre: "Mina… Mina".
Salió
de la habitación con ropa de dormir nada más, una bata blanca fantasmal
flotando a su alrededor y cruzó por el frente de donde yacía su pobre
padre.
Sola, eso le dijo la oscuridad sobrecargada de macabros presagios, totalmente sola.
Afuera no había más que tinieblas, y unas húmedas calles empedradas vacías. Mina salió a la noche y se perdió entre el silencio.
---*---*---*---
El doctor Seward creía que lo había visto todo, pero encontrarse con
su extraño paciente levantado y bien esa noche fue un impacto que no
tenía razón. Creía que el hombre moriría, sin embargo allí estaba.
-¿Se
encuentra bien?- habló con una voz que casi le tartamudea. Él estaba en
la puerta y la cama estaba colocada al fondo bajo una pequeña ventana
que dejaba colar luz en lo alto.
El hombre que tenía la mirada perdida en la ventana se volteó a mirar al doctor.
-Sí, señor, estoy bien- respondió.
El deber del doctor Seward era revisar a su paciente, ver como estaba la profunda herida que casi lo mata, así que se acercó.
-¿Recuerda por qué está aquí?-
El paciente de momento no recordó.
-Está
herido, y por eso está aquí- le recordó el doctor - Soy el doctor
Seward- se presentó con formalidad –Y usted…- quiso saber si el paciente
sabía quién era.
-Soy Reinfield, doctor- el paciente sonrió-Llámeme Reinfield-
El doctor tenía intensiones de revisar cómo estaba la herida de Reinfield, pero algo hizo que se detuviera.
-Estoy
bien, no se preocupe, los poderes de mi amo me han salvado- fue lo que
dijo el hombre con su tranquila sonrisa y mirada extraviada.
---*---*---*---
El río Támesis era como un enorme manchón negro en el paisaje. El
frío abrumador y el hedor que emanaba de todas esas aguas ya empezaban a
molestar a la señorita Murray que vagaba sin rumbo y desprovista de
ropa apropiada.
Estaba desesperada, era una locura lo que hacía,
el haber salido de su casa así. Estaba a merced del maniático que
azotaba la ciudad, sería otra mujer más muerta en las estadísticas, como
Lady Jayne y la señora Westenra. Mina esperaba con resignación el
hallazgo del cuerpo horriblemente atormentado de su amiga Lucy.
-Dios mío- lloró al fin, perdida en ese mundo de tinieblas, pues ya se imaginaba muerta al como Lucy - ¿Dónde estás, Alexander?-
Le hablaba a la niebla, a la soledad de las calles, a la nada.
-Aquí estoy, mi amada-
Y hubo la respuesta, aunque Mina creyó que era su imaginación. No podía ser verdad.
Entonces
apareció la figura, grácil y esbelta apoyada contra uno de los faroles
de gas a su vista. Y ya no hubo más aullidos de lobos. Mina lo vio y
supo que era real, que en realidad estaba allí, y corrió a sus brazos.
Bajo la luna y a orillas del Támesis se encontraron los dos y él la abrazó, su cuerpo frío y desprovisto de protección.
-Sé que has pensado que estás sola- Alexander le habló al oído –Pero yo siempre, siempre, Mina, estoy cerca de ti-
Desesperados
sus labios se encontraron en un beso de amor que secó todas las
lágrimas de ella. El poder de Alexander era embriagador, Mina se sentía
totalmente poseída.
Había dejado incluso a su padre por estar con él, porque lo necesitaba.
-Mina, Mina oíste mi llamado- susurraba su voz tranquilizadora. Él era tan etéreo que Mina creía que estaba en un sueño.
Ella se apretaba a él, con los ojos cerrados, temiendo que si lo soltaba se le desaparecería.
-No
tengas miedo, mi amada. Los Hijos de la Noche…- Alexander sonaba
soñador, y sus ojos brillaban como los de los lobos, pero Mina no podía
verlo-Hacen una gran música. No les temas-
Ella tenía poca ropa, y el frío la hacía temblar. Alexander la cubrió con su capa y así Mina no tembló más.
-Oh
Mina- susurró con una voz parecida a la del viento -¿Recuerdas, Mina?-
necesitaba saberlo, necesitaba saber si Ilona estaba allí.
Pero no
recordaba nada todavía. Mientras la apretaba contra sí, Alexander temía
ahora que Mina recordara quien fue. Tal vez era mejor enterrar aquel
pasado de una vez, y comenzar de nuevo, una vida fresca, nueva … "y sobrenatural" legritó una voz desde el mundo de los espíritus.
Alexander
intentaba callar inútilmente esa voz, pero no podía. Era a veces
incontrolable el vivir siendo un hombre, y un animal a la vez que
luchaba contra una maldición.
Así como estaba Mina no podía ver el
rostro que Alexander, que estaba encendido con una luz voraz en sus
pupilas. La sed de sangre brillaba en esos ojos, y bajo los labios
ocultaba los afilados colmillos que el hambre maldita había hecho salir.



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